Eran casi las diez de la noche del viernes 18 de agosto de 1989 en el Hospital de Kennedy. Abrí sin permiso los cajones de un escritorio de la oficina del director del hospital, saqué unas hojas blancas de papel mantequilla que encontré al fondo de la última gaveta y empecé a escribir el discurso que pronunciaría en el Cementerio Central de Bogotá, enterrando a mi papá casi 48 horas después de su asesinato en Soacha. Frente a la hoja en blanco pensaba en lo lejano que parecía el comienzo de ese maldito día que nunca hubiera querido vivir.

Comenzó muy temprano como cualquier día de colegio, aunque el viernes era diferente. Era el mejor día de la semana, mi favorito. La víspera del fin de semana, el día de hacer planes con mis amigos, así el único plan para mí fuera soñar con una salida que, por la restricción total que vivíamos, era imposible. Durante ese año no pasó una sola semana en la que no faltáramos uno o dos días al colegio por el asesinato de un miembro de la Unión Patriótica, un juez, un periodista o cualquiera de los héroes valientes y olvidados de este país que cayeron uno tras otro asesinados por mafias de narcotraficantes, políticos, paramilitares y sus aliados infiltrados en los organismos de seguridad del Estado. Asediados por constantes amenazas que mi papá y mi mamá se esforzaban por ocultarnos a Claudio, Carlos Fernando y a mí, nuestros únicos desplazamientos eran de la casa al colegio.

El bus del Pedagógico pasaba a las 5:45 de la mañana y, como de costumbre, después de bañarme y vestirme a las carreras, me acordaba de que había dejado los zapatos del uniforme en el cuarto de mi papá y mi mamá, donde todas las noches me los quitaba para recostarme en un sofá frente a la cama que daba justo al televisor. Siempre me quedaba dormido y al pasarme a mi cama los dejaba. Ese viernes entré a las 5:20 tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a mi papá, que ese día no se pudo levantar para acompañarnos a desayunar. Se esforzaba por hacerlo, pero el jueves anterior había llegado exhausto después de una jornada agotadora. Tenía puesta la última piyama que mi abuela Cecilia le había regalado en su cumpleaños 45. Pantalón carmelita y camisa a cuadros. Desde el umbral de la puerta lo vi acostado de medio lado y de espaldas. Su pelo crespo despeinado y acomodado en el centro izquierda, donde no solo se sentía cómodo para dormir sino para hacer política también. En ese instante me detuve a observarlo unos segundos, sin presentir que sería la última vez que vería a mi papá con vida.

Salí del cuarto e inmediatamente pitó el bus en la puerta del edificio Berna, en la calle 87, al frente del parque El Virrey. Estábamos recién trasladados a ese edificio construido por Efrén Perdomo y su hermano, donde mi papá compró un apartamento, que esperamos ilusionados durante los seis meses de su ausencia cuando las amenazas arreciaron a tal punto que, para salvar su vida, decidió viajar al Reino Unido. A su regreso, mi mamá le tenía de sorpresa el nuevo apartamento terminado y amoblado. Todo le gustó menos su estudio donde escasamente le cupo media biblioteca. Decidió emprender la obra de ampliación que apenas alcanzó a disfrutar una semana.

Sin desayunar, abordé el bus con destino a la 127. Un día soleado con el típico viento bogotano de agosto. Mi jornada era todos los días más extensa que la de mis hermanos por el bachillerato pedagógico o normalista, como antiguamente se denominaba. Desde el grado octavo había escogido esa opción que ofrecía mi colegio y que en el grado décimo y once me permitió ejercer la docencia con niños de segundo y cuarto de primaria. Disfrutaba preparando meticulosamente cada clase y me inventaba cómo hacer más atractivo el aprendizaje. Tal vez mi papá gozó aún más que yo, y en una oportunidad para la celebración del Día del Idioma nos fuimos a la Plaza de Bolívar y junto a la maltratada estatua de Pietro Tenerani, preparamos en equipo la clase. Gracias a él entramos con los niños al recinto del Senado y realizamos un simulacro de posesión presidencial. Mi mamá, que dirigía el telenoticiero del mediodía, me prestó una cámara con la que filmamos una nota que después presentamos en el colegio, y fue la sensación.

El viernes terminaba para mí a las 4:00 de la tarde con clase de Química, con la que tenía poca química, y por lo mismo me parecía una eternidad. No sospechaba que precisamente ese día en la mañana mi papá recibiría la noticia que había esperado durante toda su vida política. Le entregaron una serie de encuestas que lo daban como seguro triunfador de la Consulta Popular Liberal Presidencial que meses antes había acordado con el presidente Turbay para cancelar la personería jurídica del Nuevo Liberalismo y reintegrarse definitivamente al Partido Liberal. La felicidad le duró muy poco. De inmediato, los medios dieron el extra informativo con la noticia del asesinato del coronel Valdemar Franklin Quintero, quien unas semanas antes le había salvado la vida en Medellín. Como solía hacer con cada acto de barbarie cometido por la mafia, mi papá le dictó una declaración a su secretaria, Lucy Páez. Su última declaración al país repitiendo en el desierto y por enésima vez el peligro que representaba el narcotráfico para las instituciones democráticas y la libertad política de los colombianos.

Finalmente llegaron las 4:00 de la tarde. A la salida del colegio me esperaba uno de los conductores, a quien no sé cómo convencí de desatender las instrucciones expresas de mi papá de dirigirnos directo a la casa. La idea era visitar a Andrea Nieto, hija del cineasta Gustavo Nieto Roa, a quien había conocido en la celebración de los 50 años de matrimonio de mis abuelos Mario y Cecilia, en el hotel El Duruelo de Villa de Leyva. Más que las bodas de oro, para mis abuelos fue la despedida de su tercer hijo, quien 15 días después caería asesinado. Nieto Roa había realizado para la ocasión un documental con entrevistas a los doce hijos sobre los 50 años de matrimonio. Esa entrevista la guardamos como el testamento familiar que nos dejó mi papá. Después del viaje de regreso a Bogotá, Andrea me escribió una carta que le mostré a él. Cuando terminó de leerla, me miró y me dijo: “Viejo, esto es dinamita, guárdala”.

Estaba en plena visita cuando entró una llamada de mi mamá que en tono perentorio me dijo que los había desobedecido, que mi papá estaba furioso y que ya me iba a llamar. Dicho y hecho, a los pocos minutos llamó mi papá y en una voz serena como nunca la había oído me dijo: “Viejo, vete para la casa y no salgas, por favor. Debemos tener mucho cuidado”. “¿Para dónde vas?”, le pregunté. “Voy a una correría política”. Esa fue mi última conversación con él. Gracias a Dios, el último recuerdo de mi papá no fue un regaño como me había vaticinado mi mamá.

De regreso a la casa, nos sentamos a ver el noticiero de las 7:00 de la noche y la novela de las 8:00, que en ese momento era Calamar. Sonó el teléfono, y mi mamá contestó. Era Lucy diciendo: “Dicen que acaba de ocurrir un tiroteo en la manifestación de Soacha”. Buscamos las noticias y, efectivamente, la radio informaba de un atentado y de heridos que habían sido trasladados a centros de salud cercanos. No confirmaban ni negaban que mi papá estuviera herido. De pronto dijeron que los heridos habían sido remitidos a Cajanal. Se me ocurrió decirle a mi mamá que tomáramos la patrulla de policía que prestaba guardia en la entrada del edificio, un Renault 9 en el que partimos hacia el lugar indicado por las noticias.

Allí nos quedamos esperando mientras por el radioteléfono informaban la inminencia de la llegada de los heridos. En silencio, le pedía a Dios un milagro. Después de una espera infinita, llegaron Santiago Cuervo y Pedro Nel Angulo, los dos escoltas de mi papá heridos durante el atentado. Santiago murió dos semanas después y Pedro Nel se salvó. En Cajanal había estado mi papá meses antes visitando religiosamente todos los días a Ernesto Samper, quien por semanas se debatió entre la vida y la muerte. No pudo convencerlo de que encabezara el Senado y se animara a respaldarlo en su precandidatura. No sabíamos en ese momento que Jacobo Torregrosa, nuevo jefe de escolta nombrado por el general Maza del DAS, había decidido llevar a mi papá al puesto de salud de Bosa en lugar de dirigirse directamente al hospital de Kennedy. Minutos preciosos para intentar salvarle la vida que se perdieron para siempre. Finalmente nos informaron que mi papá estaba llegando al hospital de Kennedy.

Partimos hacia allí en una carrera frenética en la que los policías se abrían paso entre el tráfico esgrimiendo revólveres, pistolas y ametralladoras. En la puerta del hospital nos encontramos con el policía de la moto que acompañaba el escolta a quien mis hermanos y yo cariñosamente llamábamos “Polocho”. Le pregunté sin rodeos: “¿Es grave?”. Él bajó la cabeza y mirando al piso me dijo: “Sí”. Empecé a prepararme para lo peor. Entramos por pasillos interminables, llenos de gritos, gente corriendo que pedía el tipo de sangre de mi papá, A negativo. Llegamos a una pequeña sala donde nos sentamos los cuatro. Entró el director del hospital, nos pidió sentarnos y le dijo a mi mamá: “No hay nada que hacer”. Mi mamá instintivamente le dijo: “¡Como así que no hay nada que hacer!”. Mis hermanos irrumpieron en llanto con mi mamá mientras yo me quedé suspendido en una especie de limbo emocional, congelado sin poder reaccionar. Nos propusieron pasar a ver a mi papá. Mi mamá lo hizo con mis hermanos. Yo no me sentí capaz de verlo sin vida inmediatamente después de la noticia.

En segundos había una multitud en esa pequeña sala hasta el punto en que ya no podíamos respirar. Pasamos a la oficina del director del hospital, me senté en el escritorio y empecé a redactar el discurso para mi papá en el que con un final, improvisado en el cementerio, sorprendería a mi mamá, a mi familia, pero sobre todo a César Gaviria y al país, que en homenaje a su esperanza asesinada terminó eligiéndolo presidente de la república.

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