"Abejita linda, dame la miel, dámela toda", le decía el payaso Bebé a su hermano Tuerquita o a su padre Pernito en el programa Animalandia. Y aunque supiéramos lo que iba a ocurrir a continuación —que le iban a escupir un buche de agua—, todos soltábamos una carcajada. Porque el humor de este grupo era simple pero infalible: así conquistó al público —no solo infantil— que lo convirtió en el programa de mayor sintonía de la televisión colombiana y todavía lo recuerda con cariño aunque haya salido del aire hace ya casi treinta años.

Fernando González Pacheco, su primer y mejor animador, lo evoca de esta manera: "Hace treinta años hacer televisión era como un juego. Yo hice Animalandia durante doce años, la mayoría de ellos en blanco y negro. En esa época fue uno de los primeros programas que se hizo en la calle y en vivo y en directo con la gente. Trabajábamos con dos cámaras. Estaba dedicado a los niños y sus mascotas. En él participaban los payasos Bebé, Pernito y Tuerquita y era muy simpático porque aunque ellos me respetaban uno no sabía qué se les iba a ocurrir: a veces yo tenía que seguir el programa lavado, empolvado y vuelto una miseria. Pero nos divertíamos mucho".

Humor elemental de agua y maicena, de juegos de palabras, de breves escenas cómicas. "La gota de agua", que en realidad era un baldado traicionero; "la carta a Beba", un dictado para anunciar el regalo a Beba de una torta y una gaseosa que nunca llegarían a su destino por el equívoco mensaje que recibía el escribiente: "beba", "coma". Sketches: eso fue lo que trajo el empresario chileno Alberto Noya Carrol, Pernito, a la Colombia de los años cincuenta con el circo Royal Dumbar, cerca de la Plaza de toros de Santamaría y fue la sensación en un país que no sabía de payasos profesionales, y que fue invitado poco después a la naciente televisión. En los idas y vueltas entre Chile y Colombia, fueron naciendo los hijos: Mirta (Pelusita, en Animalandia) en la Serena, Bebé (Miguel) en Ipiales y Tuerquita (Alberto), el menor, en Santiago. Ellos nacieron y crecieron en el ambiente circense; ese fue su destino señalado de antemano. Aunque Bebé siempre soñó con estudiar efectos especiales.

Pero fueron felices como payasos. Y Bebé realmente amaba a los niños. Esos niños que tanta falta le hacen hoy, a sus 60 años cumplidos, sin el pie izquierdo, con 56 kilos de peso, viviendo en un hogar para la tercera edad, más vulnerable, diabético y necesitado de tres diálisis semanales. Ese es el Bebé casi irreconocible con el que hoy me he encontrado. Con su célebre gordura —llegó a pesar 120 kilos— Bebé fue un payaso feliz y reconoce que tuvo sus días de gloria en la época de Animalandia. Que se acabaron abruptamente cuando —según cuenta— su productor Germán García y García, en 1979, cambió el formato del programa para imitar uno que había visto en Chile. Salió Pacheco y luego Pernito, Tuerquita y Bebé. "A lo último se arrepintió, pero ya era tarde". Gregorio Peñaloza, quien participó en el programa (ver edición 80 de SoHo), narró muy bien el desafortunado cambio: "El Animalandia que me tocó era muy diferente. Corría el año 1985, yo tenía 9 años y cursaba tercero de primaria en el Colegio de la Contraloría. A las grabaciones del programa asistí gracias a una invitación que Gegar Televisión le extendió a mi colegio. El carisma de Pacheco había sido reemplazado por la sobriedad de Álvaro Ruiz, el ‘hombre feliz‘; la trilogía Pernito-Tuerquita-Bebé desapareció para darle paso a Miki, un payaso de dudosa tendencia sexual que hacía repetir a los niños un coro detestable: ¡ahaaaaaa!, ¡eheeeeeé!. Del loro Gel‘Hada no se volvió a saber nada, pues para entonces el show se lo robaban los perros gozque del staff de Gegar Kennels, y del esmoquin negro e impecable de Lorgia pasaron al rojo y ya un poco desteñido por el uso del mago Fabriany".

Después de Animalandia nada fue igual que antes, empezó el triste ocaso, aunque tuvo otro programa en televisión, Ojo Pelao Bebé, y viajó al Perú a trabajar con la comunidad chalaca. Los Noya empezaron a recorrer el país con diversos circos y finalmente recalaron en El Fabuloso Circo de Bebé (una ironía, porque según Mirta nunca le reconocían derechos por explotar su nombre). Hasta que Pernito, viejo y enfermo —tenía antecedentes de alcoholismo—, se fue a vivir con su hija a Bogotá. Tuerquita, que siempre se había sentido atraído por los vicios y la mala vida, cayó en el infierno de la droga y terminó en la calle del Cartucho. Sin embargo, la fe religiosa lo redimió y logró salir y radicarse en Santander donde se llevó a su padre a vivir con él, hasta que murió a consecuencia de una diabetes. Y donde le hicieron un funeral en el circo de Bebé, del cual Mirta no tiene muy gratos recuerdos. Le parece que Tuerquita se dejó convencer por el dueño del circo, y por eso cuando escuchó al dueño decir "se nos va a llenar" no aguantó más: "Le mandé un puñetazo y le rompí la nariz para que respetara". No se arrepiente de lo que hizo.

Unos años antes, el 16 de mayo de 1997, la noche de un debut en Cereté, Bebé sintió una gran debilidad por el fuerte dolor en su pierna izquierda que le venía molestando desde Arboletes. Como "el show debe seguir", regla de oro de los circos, siguió actuando. Pero no pudo salir para la segunda parte; se desmayó. Haciendo de tripas corazón, sus 18 compañeros tuvieron que seguir actuando durante 90 minutos. Terminada la función, corrieron a visitarlo al hospital y se encontraron con la mala noticia: le habían amputado una pierna 20 centímetros por debajo de la rodilla. La diabetes, marca de familia, detectada hacía diez años, le pasaba la cuenta de cobro por el largo descuido y le anunciaba que en adelante se convertiría en su karma.

El payaso estrella con una pierna amputada. El golpe fue muy duro para sus socios, pero Bebé afrontó la tragedia y no perdió el sentido del humor: "Estoy tan feliz que bailo en una pata". "¿Quién quiere tomarse una foto con el mocho Bebé?". A pesar de la adversidad, sentía la fuerte solidaridad de la gente: llamadas al hospital, promesas de rehabilitación, viejos amigos que aparecían. A sus 49 años, podía seguir luchando, no estaba derrotado. En silla de ruedas, podía seguir trabajando, ser el partenaire, el payaso pasivo objeto de las picardías. Era todavía un Bebé robusto el que decía en los periódicos: "Ja, ja, ja. Así me van a ver hasta que me muera, los voy a hacer reír, a los niños y a la gente grande". El que pensaba: "Le digo con sinceridad: me tiene joven la energía de los niños, la sonrisa que siempre da la juventud". Si bien la prótesis nunca llegó, ese entusiasmo le alcanzó para dedicarse a viejas pasiones: los efectos especiales y la elaboración de muñecos. Un talento que, como muchas veces, supo aprovechar mejor su socio que él, siempre un niño confiado y generoso.

Hace tres años, la enfermedad empezó a doblegarlo. Según Mirta, en el último circo que trabajó, al verlo en mal estado, literalmente lo dejaron tirado. Con llagas que hedían, sin un peso y a punto de perder la única pierna que milagrosamente le salvaron. Desde ahí, ha estado en varios hogares de ancianos. Ahora se encuentra en la Casa Nostra, ubicada en el Tunal, una fundación creada por el sacerdote español Sebastián Bonjour, que recibe ayuda económica de la Secretaría de Integración y donde actualmente residen 103 personas.

Allí vamos a visitar a Bebé un domingo en la tarde. El domingo es un día especial para él: va a verlo su hermana Mirta, quien regularmente lo lleva al centro comercial a comer espaguetis, comida china o le trae algo que le gusta. Comer le fascina. Ha perdido muchos kilos, no su apetito pantagruélico. Este domingo, Mirta le ha traído alcachofa con vinagreta. En el patio de la casa —en realidad un edificio—, concentrado en su almuerzo, nos ignora por completo. Por supuesto que lo entendemos: la alcachofa se ve deliciosa. Después de la tercera, Mirta le dice: "Ya no más, suficiente mi gordo, te va a hacer daño. Ahora tienes que atender la entrevista". Protesta, pero se lo llevan en la silla de ruedas para cambiarlo y dejarlo listo para la foto. Lo traen de vuelta 20 minutos después. Acerco una silla a su lado y le digo: "Me alegra verlo, Bebé, yo lo veía en Animalandia". Me mira sin verme y cuando pienso que va a responder, voltea la cara y le implora a su hermana: "¡Mirta, quiero más alcachofa!".

Nada que hacer: alcachofa mata entrevista. "¡Mirta, quiero más alcachofa!" Hay que darle su cuarta alcachofa. Y hay que respetar su derecho a hablar cuando quiera aunque haya consentido la entrevista, aplazada para hoy porque el viernes llegó muy cansado de la diálisis. Le gusta que lo que visiten, que se acuerden de él, pero está un poco molesto con un diario de Bogotá que le hizo una nota con motivo de sus 60 años, donde se decía que Bebé se estaba muriendo y que Colombia lo había olvidado. Y con un programa de televisión que le prometió una torta que nunca llegó. Termina de comer su cuarta alcachofa. Nos regala una sonrisa de los tiempos de Animalandia y recita: "Abejita linda, dame la miel, dámela toda". Luego se calla. Hoy definitivamente no quiere hablar. La que habla es su amiga Anatilde, que nos cuenta que ella le compra pan francés y crispetas. Bebé despierta la ternura de las mujeres: todas las mujeres en la Casa Nostra lo consienten y él se deja consentir. Pero la depresión es el gran fantasma de los hogares de ancianos, contra el que hay que luchar haciendo actividades y trabajos manuales. Lucía Arango, la psicóloga, dice que una vez le pidió a Bebé que pintara algo relacionado con su oficio. Al principio fue renuente, pero terminó haciendo un bello dibujo de Charles Chaplin y el niño de la película El vagabundo.

Al otro día se encuentra más animado. Le van a tomar una foto de estudio en compañía del Flaco Agudelo. Ir desde la Casa Nostra hasta el Antiguo Country es todo un paseo. Lo entusiasma volverse a ver con él y el encuentro resulta muy emotivo. Después, vamos a almorzar al centro comercial El Tunal: espaguetis y comida china, sus platos preferidos. El que come de esa manera, creo, no se quiere morir. Le pregunto: "¿Le gustaría ver a Pacheco?". "Claaaaro", me responde. Empiezo a descubrir la forma de comunicarme con él. No sostiene una conversación fluida pero responde de inmediato a las cosas que lo mantienen vivo, que le iluminan los ojos: la música de Barry White, las novelas de Agatha Christie, el vino tinto chileno, el recuerdo de María, una barranquillera de pelo ensortijado, los domingos con Mirta, un día distinto entre tantos días largos y tristes. "¿Le gustaría volver a trabajar de payaso?". "Claaaro". ¿Le gustaría vivir con Mirta? No le hago esa pregunta tan obvia: Mirta tiene que trabajar y no le puede dar la atención especial que necesita y que le brindan en la Casa Nostra. Es claro: si llegas pobre y enfermo a la vejez el asunto es más jodido. Ten cuidado, no seas amarillista: no es un problema exclusivo de payasos. Pero Colombia no te olvida, Bebé.

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