Coincidieron en el bar. Más que por el azar, por intenciones reprimidas de tiempo atrás. Ya hacía mucho que se conocían, que iban a cenas juntos, a paseos, fiestas. Ella con Ben, su esposo. Él con su prometida, Jane. Los cuatro, como buenos amigos que eran. Pero un día, sin pensarlo, sin prepararlo ni esperarlo, entre Nina y Patrick empezó una atracción inexplicable.
Fue esa vez en la cena de los White, cuando estaban sentados a la mesa. Todos hablaban, Nina comía su postre con crema batida y en cuanto levantó la mirada, Patrick, al frente de ella, la observaba. Era la primera vez que el novio de su amiga la miraba de esa forma. Él sonrió y le hizo una seña para que se limpiara la comisura del labio donde aún le quedaba un poco de crema. Ella se sonrojó. Pasó su lengua por la boca y en ese segundo, sin saber por qué, imaginó cómo serían los besos de Patrick. Ahí empezó todo. Luego vinieron otros días, como la vez de la fiesta en el club, cuando Patrick la agarró por la cintura para saludarla y la apretó con dulzura o, más tarde, cuando en la pista de baile y ante la mirada de todos sintió su respiración en el cuello y sus manos fuertes siguiendo el compás de sus caderas. También el día en que los cuatro, en el cine, vieron Un tranvía llamado deseo; Patrick se sentó junto a ella y no dejó de pensar en el perfume de Nina que olía a rosa y lirio mezclado con algo de ámbar.
Y empezó lo peligroso. Pasaron a rozarse con disimulo las rodillas debajo de la mesa, a pasarse el salero y a tocarse las manos mientras se miraban por el rabillo del ojo, a probar la comida de sus cucharas, a encenderse el cigarrillo solo para tocarse, los accidentales movimientos que Nina hacía para mostrarle sus piernas debajo de la falda y así, poco a poco, la empatía que tenían fue creciendo más allá de lo habitual. Ben y Jane, aunque no decían nada, ya empezaban a lanzar dardos cargados de doble sentido e ironía ante la evidente cercanía de sus parejas. Pero lo inevitable era lo inevitable. Hubo más risas, cartas escondidas, mensajes escritos en papeles, en ventanas, en la arena y, por tanto, cada vez más la necesidad de pasar tiempo juntos. Y entonces llegaban esos días de terror. Esos en los que una enorme culpa los atacaba y no podían sacársela de sus cabezas; la angustia, la deslealtad, lo débiles que se sentían ante esa situación tan excitante, pero a la vez tan triste. Lo hablaron y decidieron que eso, que ni siquiera había comenzado, tenía que parar. Y así lo hicieron. Pero les duró una semana porque de manera inconsciente, Patrick o Nina inventaban planes para hacer los cuatro los fines de semana. Verse, aunque fuera un instante, se había convertido en una obsesión. Esa atracción los sacó de sus cabezas, de sus valores, de su rutina, de su confort. En sus últimos encuentros en esas reuniones de amigos, habían iniciado un intercambio de miradas provocadoras y tácitas, juegos más atrevidos y regalos sutiles que hablaban por sí solos. Hasta que una noche, una o dos semanas antes, se besaron por primera vez. En la cocina de la casa de Nina, mientras Ben y Jane charlaban en la sala después de una cena, les pudieron las ganas y la calentura y terminaron de manera peligrosa contra el lavaplatos. Entonces, cegados por las excitación y olvidándose por completo de su culpa y sus impulsos desleales, decidieron verse a solas así tuvieran que correr con los riesgos de un encuentro clandestino.
Nina lo esperaba en el bar con un atuendo que no se atrevería a usar con nadie más sino con Patrick. Él se lo había pedido. Fumaba ansiosa, con ganas de verlo, de que sucediera todo lo que en sus momentos de soledad había imaginado. Ese encuentro que parecía imposible ahora se convertía en realidad porque Patrick ya atravesaba la puerta del bar y sus ojos buscaban con ansias los de Nina.
Ahí, sentados uno al lado del otro, estaban para salir de una vez por todas de la duda, de la confusión en la que los tenían sumidos —como a un par de adolescentes— esas ganas incontenibles. Así, con la voz de Etta James que se escuchaba de fondo como testigo, nerviosos, hicieron un pacto. Esa sería la primera y la última noche que pasarían juntos.
Patrick rozó la rodilla de Nina con la suya y un temblor le recorrió todo el cuerpo. Se sintieron cercanos. Con la copa en la mano, Nina le clavó la mirada. Un ligero nerviosismo la hizo regar un poco de trago sobre sus manos. Se llevó los dedos a la boca y los paseó con suavidad sobre sus labios. Luego sintió un impulso y los chupó sin dejar de mirar a Patrick, quien ya tenía una erección. Se los sacó de la boca y los puso sobre los labios del hombre para que los chupara de la misma manera. Después sonrió con esa sonrisa sinvergüenza que le quedaba tan bien. Tomaron otro trago. Nina se desapuntó disimuladamente la camisa que dejaba entrever sus pequeños senos, miró a su alrededor para cerciorarse de no ver a nadie conocido —aunque en el fondo disfrutaba y deseaba que los miraran ser lo sucios que planeaban ser— y puso las manos debajo de la barra. Las llevó hasta la entrepierna de Patrick y acarició su sexo duro mientras se acomodaba en la silla para abrir un poco más las piernas. Se le acercó insinuante y le dio un beso corto y húmedo. Patrick extendió también su mano debajo de la barra. Remangó el vestido de Nina y se encontró con unas piernas firmes y un liguero que sostenía las medias. Empezó a acariciarla con suavidad, poco a poco y sin afán, como queriendo comprobar que todo lo que había imaginado de ella era real. Subía y bajaba la mano, apretaba esos muslos con las ganas que le desbordaban el pantalón y le agitaban la respiración. Buscaba llegar a ese lugar secreto, idealizado durante tantas noches, y sabía que Nina también lo deseaba, incluso más que él. Por eso jugaba con su impaciencia, con su excitación. Cada vez que estaba cerca de ese lugar, cuando veía que a Nina se le entrecortaba la respiración y al mismo tiempo apretaba la mano que permanecía aún en su entrepierna, se devolvía hasta llegar a la rodilla. Dos veces hizo esto, pero a la tercera, cuando esperaba tocar su ropa interior para primero palparla y luego descorrerla, se encontró con que Nina no tenía bragas ni nada que se le pareciera. La miró y ella, entregada al placer que le producía esa mano, expulsó un gemido que Patrick silenció con un beso. Nina le mordió el labio y se fundieron en un beso apasionado con manos que se restregaban húmedas por debajo de la barra. Al fondo, sentados en una mesa, una pareja disfrutaba el descaro de los recién llegados y ya empezaban a calentarse.
Nina, para jugar, se apartó de él y se recompuso el peinado y el vestido. Patrick, caliente todavía, la miró sorprendido. Entonces ella se acarició el coño con su mano por un momento, luego se puso de pie y le pasó los dedos húmedos por la boca para que los chupara y supiera a qué sabía. Le susurró al oído algo y se encaminó por el corredor como si fuera hacia el baño. Patrick, unos segundos después, tomó un sorbo de dry martini y la siguió, no sin antes echar un vistazo al resto de la gente que estaba en el bar. La pareja, de lejos, aún los observaba con curiosidad.
Se encontraron en el corredor y en un segundo, de manera violenta la agarró de la cintura y la arrinconó contra la pared para besarla. Nina sentía la evidencia de la excitación de Patrick entre sus piernas y él, entre sus manos, sentía sus tetas y la dureza de sus pezones. Se tocaron sin importar quién estuviera a su alrededor. Había una puerta. Nina, en un acto reflejo, estiró su mano hasta la chapa y comprobó que estaba sin asegurar. Cuando la abrió, se encontró con una pequeña oficina que tenía un sofá de cuero. Tomó a Patrick de la camisa, lo haló hacia adentro y cerró la puerta con seguro. De pie, al lado de la puerta, empezó a desvestirla. Quería verla, no imaginarla como lo había hecho en sus noches de desespero. Ella lo empujó contra el sofá. Caminó con su liguero y su culo redondo hasta el escritorio y se sentó en el borde, con las piernas completamente abiertas, ofreciéndole todo. Se chupó los dedos y empezó a tocarse sola, dando pequeños gemidos de placer. Le hablaba con obscenidades mientras él, en el sofá, se tocaba también.
Cuando Patrick no soportaba más estar lejos, se puso de pie y fue hasta el escritorio; ella lo esperaba con las piernas abiertas. En ese momento tocaron a la puerta. Pero no les importó. Su excitación era fuerte y ella le pedía que le hablara sucio, que la tocara, que la chupara. ¡Abran la puerta! ¿Quién está ahí? Patrick la acariciaba y la chupaba y ella se retorcía, y los golpes y los gritos detrás de la puerta —¡ahí no pueden estar!, ¿qué están haciendo?, ¡voy a llamar a la Policía!— se mezclaban con los que exhalaba Nina mientras llegaba al éxtasis total. Con el culo de Nina entre sus manos, Patrick quiso penetrarla, pero justo en ese momento se escuchó el sonido de unas llaves y la chapa que se movía con insistencia. Con una tranquilidad pasmosa, Nina se recompuso el peinado. La puerta se abrió y con esa altivez que la caracterizaba, Nina salió caminando sin darle explicación alguna, sin siquiera mirar a ese hombre furioso que quedó pasmado y sin palabras apenas la vio. Patrick, aún con una excitación evidente, miró la escena y sonrió. No conocía ese descaro de Nina. Salió del lugar, le puso un billete en el bolsillo de la camisa al hombre y le hizo un gesto en señal de silencio.
Al salir del bar, Jane y Ben, la pareja que antes los observaba, los esperaban en el auto para irse a casa.
Así sucedió esa vez, esa única vez. Tal y como lo habían prometido, nunca más volvieron a verse a solas; esa había sido la condición. Pero con esa promesa vino el infierno. Nada nunca volvió a ser igual y Nina, varios años después, confesó que todavía se masturbaba pensando en esa noche, en la única en la que había podido ser la Nina que verdaderamente es.

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