—¿Y cuál es la revista en la que trabajas? —Pregunta Mateo, de tres años, tan pronto se entera de que yo sería, por ese día, la madre comunitaria de Burbujitas.

—La revista SoHo, Mateo. Qué tenis tan bonitos —digo tratando de cambiar el tema— ¿Quién te los regaló?

—Mi tío, que hoy me trajo en la moto. ¿Y qué es SoHo? —insiste el diminuto Mateo.

—Hummm…Pues es una revista para señores grandes. No para niños.

—Ah, una revista aburrida llena de letras —sentencia con toda seguridad Sebastián, otro de mis ocasionales hijos putativos.

—No, definitivamente, no. Les puedo jurar que no es aburrida. —Replico un poquito herido en el amor propio— Además trae más que letras.

—¿Trae dibujos? —pregunta Sofía, la mayor de todos aunque no la más grande.

—Bueno… no propiamente dibujos, pero sí muchas cosas para ver. —Intento explicar, sin salirme de la verdad.

—Como los cuentos —concluye Jostin (que se pronuncia Yostin) —uno puede mirar los dibujos y, si tiene más ganas, alguien le lee las letras.

—Pues, algo parecido. A propósito, SoHo una vez sacó una serie de cuentos —digo ya rodeado por toda la clase— Recuerdo que Catalina Aristizábal fue Alicia en el país de las maravillas... Natalia París era La Cenicienta y Zharick León, Caperucita Roja.

—Zharick… ¿la de Dora la Celadora? —abre sus extrañados ojazos, el otro Sebastián— Ella es muy grande para ser Caperucita. ¿Qué lobo sería capaz de comérsela?

—Bueno, bueno, vamos a empezar la clase —ordeno, al tiempo que le lanzo una mirada suplicante a Martha Cetina, la verdadera madre comunitaria que generosamente me enseñó cómo cuidar y mantener activos y entretenidos a doce niños por un día. Día que yo presagiaba largo y difícil.

Martha es una joven abuela que arrancó haciendo este trabajo por necesidad y que ahora lo disfruta tanto, que termina llorando cuando los niños salen a vacaciones.

La relación entre ellos y "la profe", como la llaman, desborda el ámbito profesional. Los niños, con edades entre veinte meses y cinco años, pasan más tiempo con ella que con sus mamás verdaderas.

Por eso tratar de remplazarla es casi imposible. Resultó mejor convertirme en su asistente, conocer algo de lo que sientan y piensan los niños y aprender de este programa del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar que funciona a la perfección, al menos en la casa de Martha Cetina.

Cuando las puertas del garaje se abren los niños dejan las calles duras de su barrio, un sector de clase trabajadora en el norte de Bogotá, y entran a un rincón de sueños. Las paredes son los bosques y selvas de los cuentos de hadas. Elefantes, jirafas y leones acampan detrás de las palmeras, recortadas por "la profe".

—Vamos a imaginarnos que esta línea es un riel de la carrilera —dice Martha señalando al piso—. Vamos a pasar haciendo equilibrio.

Cristabella, que aún llora cada mañana cuando su mamá la lleva al hogar, en ese instante no se cambia por nadie. Ella empieza el juego. Yo la recibo al otro lado de la soñada carrilera.

El grado de dificultad de la prueba va subiendo y el entusiasmo también. Ahora hay obstáculos. Un banco, que hace las veces de montaña para escalar. Luego, deben lanzarse desde la cima y caer al mar. Bucear debajo de una mesa y llegar a la meta.

Miguel Ángel resultó ganador del juego. Los niños han aprendido en este rato que hay que vencer dificultades para alcanzar un propósito. Saben que a veces se gana, y otras se llega después del primero, que es necesario respetar las normas y el derecho de los otros. Una serie grande de lecciones que nunca imaginé que pudiera sacarse de la raya de un baldosín.

Son las nueve y media de la mañana y es hora de las medias nueves. El menú para ese primer refrigerio es bienestarina y galletas de soda con mermelada. El complemento alimenticio es bueno para todos los niños y especialmente útil para los que vienen de los hogares más necesitados.

La madre comunitaria controla cada semana el progreso de los niños en peso y estatura. En Burbujitas, con una excepción, todos están dentro de los estándares normales.

Gracias al control de crecimiento, Martha pudo advertirles a tiempo a los padres de la única niña que está por debajo de la estatura deseable para su edad. Felizmente, el pediatra dictaminó que no hay ningún problema y que su desarrollo es normal aunque su talla sea ligeramente inferior a los promedios.

Después de las medias nueves viene la hora de lectura. Cada niño tiene un libro de cuentos y todos quieren que el suyo sea el primero que yo lea.

Juliana, que acaba de recuperarse de una varicela, me convence de empezar por el de ella. El cuento se llama La casita de chocolate y es una versión benigna de Hansel y Grethel. A diferencia de la historia original, los dos niños no son abandonados por sus padres, sino que se pierden en el bosque mientras juegan.

—Y entonces vieron una casita de chocolate —leo tratando de imitar el tono del narrador de cuentos de un disco que me fascinaba cuando tenía la edad de ellos— Las paredes eran de galleta cubierta de chocolate blanco, las tejas eran de chocolatina… La dueña era una viejecita cegatona, vestida de negro…

—Huy, cuidado es una bruja —advierte Laurita, que está sentada a mi lado— que no entren, que no entren.

Quien quiera que haya decidido enmendarles la plana a los hermanos Grimm, no se atrevió a cambiar el final. Hansel y Grethel, de todas maneras, empujan a la bruja dentro de su propio caldero hirviente y huyen montados en un cisne que los lleva cargados de las riquezas de la captora a la mísera casa de sus padres que los reciben felices.

—Casita de chocolate, yo quiero vivir en una casita de chocolate— grita María Fernanda.

—Vamos a mandar por una casita de chocolate para todos— ofrezco, sin saber cómo voy a cumplir la promesa.

Como sea, le pido a una persona que me acompaña que busque una casita de chocolate en alguna parte, mientras sigo leyendo cuentos. Esta vez el turno es para El gato con botas y Pinocho.

—¿Si uno siembra las monedas, le sale una mata de plata? —pregunta María José, absorta en la narración del títere de madera que se convirtió en un niño.

—No, no —sonrío— eso muestra que hay que desconfiar de las ofertas en las que todo suena muy fácil. Casi siempre el éxito es el resultado del esfuerzo. Por lo menos, en los cuentos.

Varios de estos niños vienen al hogar de la madre comunitaria para que su propia mamá pueda cuidar hijos ajenos.

Suena como una paradoja cruel, pero —para mi propio asombro— opera maravillosamente. Por encima del prejuicio que sugiere que nada mejor que pasar todo el tiempo al lado de la propia madre, está el hecho de que conocer otros niños —de realidades sociales y familiares diversas— desarrolla la capacidad de socialización y de tolerancia frente a las diferencias.

En lugar de desventajas, los niños de los hogares comunitarios están mejor preparados para entrar a la escuela que los que siempre han vivido en sus casas.

Eso que suena raro resulta tan evidente para este programa, que Mafe —la más pequeña alumna de Martha Cetina— es hija de otra madre comunitaria que maneja un hogar diferente en el sector. Ella prefiere que su niña conozca una realidad distinta a la que limita con las paredes de su casa.

—Uno llega a conocer los niños mejor que los papás —asegura Martha— Sé perfectamente cuándo hay un problema en la casa o cuándo los padres han hablado de separarse.

Muchas familias disfuncionales encuentran en el hogar comunitario, la seguridad y tranquilidad que, algunas veces, no pueden brindarles a los niños en sus propias casas.

El mediodía nos sorprende pintando con témpera verde. Están aprendiendo a seguir la línea y a no manchar el papel.

Antes de almorzar deben lavarse las manos. Es decir, debo lavarles las manos. La primera en la fila es Juliana. La témpera de las uñas se va por el sifón del lavamanos, mientras ella busca figuras en la mancha.

—Es Mickey Mouse, pero más alto —asegura, mientras muestra el hilo de pintura y agua y finge que no ha visto al fotógrafo apretujado en una esquina del minúsculo baño.

Hoy, el almuerzo es pasta con pollo y ensalada de lechuga y tomate. Casi todos tienen buen apetito, menos Mateo. Él tuvo una larga gripa, que ya pasó, pero le dejó como secuela una tos rebelde. Martha me ordena con la mirada que hay que insistirle.

—Mateito, vamos a comer el almuerzo —le digo, mientras tomo la cuchara— esta por la mamá… esta por el tío de la moto…esta por el hombre araña.

Como la antigua estrategia funciona, cometo el error de apresurarme. Las cucharadas siguientes son más grandes y más frecuentes. De pronto, Mateo se atora y empieza a toser. Transcurre un segundo eterno antes de que vomite lo que ha comido en la palma de mi mano.

Martha pone las cosas en orden. Tranquiliza al niño y le sigue dando la comida.

Es curioso pero, pasada la angustia, y mientras me lavo las manos, me doy cuenta del fuerte lazo que he construido con los niños en unas pocas horas. No siento repulsión alguna por el vomito. Resulta tan natural como si fuera algo que ha sucedido siempre y me doy cuenta —por supuesto en una escala mínima— de lo que puede sentir cotidianamente una madre sustituta.

Mi reflexión es interrumpida por el timbre en la puerta.

—Llegó la casita de chocolate —grita Cristabella, emocionada.

—Llegó, llegó —corean todos, en una algarabía que marca el momento más alto de mi popularidad.

No era lo que imaginé. No es realmente una casita de chocolate como la del cuento. Es solo un ponqué de chocolate, coronado por una minúscula casita en la que Sofía asegura haber visto a la bruja del cuento.

—Pasó corriendo —le cuenta al primer Sebastián— es chiquitica y tiene el pelo blanco untado de chocolate.

Martha dice que es temprano para que los niños se coman la torta. Deben cepillarse los dientes y dormir una siesta, mientras los adultos almuerzan.

Una hora después, cuando despiertan, lo único que quieren es jugar. Sacan peluches y muñecos de dos barriles, pero yo me he convertido en el juguete principal. Me hacen cosquillas, me jalan el pelo y soy el interlocutor de todos los muñecos.

—Hey, tú —me pregunta un transformer en las manos de Jostin— dime dónde está el incendio para ir a apagarlo.

—El incendio está allí, señor, detrás del castillo de Blanca Nieves —respondo, mientras pongo la voz de los muñequitos de mi época— dígame si necesita ayuda.

Se acercan las cuatro de la tarde, la hora de la salida, y Martha ordena partir el ponqué. Los papás empiezan a llegar y yo debo despedirme de cada uno. Siento un terrible nudo en la garganta.

—¿Nos vas a mandar la revista? —pregunta, otra vez, Mateo.

—La… la revista —contestó nervioso— tal vez la revista no… porque es para grandes. Pero les voy a mandar una fotocopia con las páginas en las que ustedes salen.

—Bueno, por lo menos —se despide Mateo con un abrazo.

Y yo me quedo solo. Como solo puede quedarse un hombre que por un día fue —casi— la mamá de doce maravillosos hijos ajenos.

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