1.

El problema no era el sexo en sí, esos deseos traperos que se le colaban de noche entre piernas y almohada, el problema era la fatigosa repetición de aquel sueño. El presidente Nicolás Maduro empezó a soñar cada noche, y a veces dos veces en cada noche, con el Difunto. O no, aunque para ir pensando daba lo mismo —y así se lo hizo saber a su psicólogo cubano— no era el Difunto en toda su anchurosa condición humana, sino más bien un enjambre, una mancha gorjeante de pajaritos.

Soñaba que iba por un campo de girasoles más perdido que un presidente sin asesores, y poco a poco iba descubriendo aquellos deslizamientos. Fugas, movimientos que se delataban en el temblor de los tallos más tiernos, gorjeos y trinos. Y de entre los muchos ruidos ornitológicos se destacaba, como queriéndolo guiar, un silbido familiar. Nicolás Maduro se orientaba por el silbido y conseguía abrirse paso entre el nutrido campo de girasoles. ¿Abrirse paso? O no, que para ir pensando aquello era lo peor —y así se lo hizo saber enfáticamente a su psicólogo cubano— no sabía si el silbido lo guiaba en aquel laberinto o terminaba por intrincarlo más, por perderlo.

—Me despierto, chamo —concluyó palmeando a su psicólogo cubano—, vuelto loco, ¿me entiendes? Loquísimo.

Claro que entendía, los psicólogos marxistas siempre entienden, sobre todo si son cubanos. Sobre todo si el paciente no es capaz de estarse quieto en su ángulo gubernamental y procede a palmear, zarandear y salpicar de tan cerquita que le pone la cara. Aunque, para ir pensando, el psicólogo cubano no tenía ni pajolera idea de a qué se refería el presidente cuando hablaba de despertase ‘loquísimo’.

—Loquísimo… —dijo el psicólogo a manera de búsqueda, así, con puntos suspensivos, y al ver a su paciente expectante, volvió a repetir—: loquísimo…

—¡Sí, chamo! Que me despierto loquísimo con el rabo hecho una yuca.

—Ah… —y el psicólogo pensó en el tieso tubérculo asociado a la figura bodeguera del presidente.

Después de convertir el dilema en una peonza y darle más vueltas que a una estrategia electoral populista, ambos concluyeron que tenían que llegar a alguna conclusión cuanto antes. Y decidieron meditarlo a todo lo largo y ancho de la noche que ya empezaba a cubrir las fachadas de Caracas.

Durante la noche el psicólogo no pensó en nada y durmió como un cubano sin responsabilidades; sabía que en la cabeza de Nicolás ‘maduraría’ alguna solución disparatada que tendrían que seguir al pie de la letra, o, más exactamente, a paso iletrado, porque en asunto de letras y palabras no podía decirse que Nicolás tuviese muchas luces.

Esa noche el presidente durmió peor que nunca. El priapismo, desbordado en la triple repetición del sueño, lo volvió más loco que nunca. Pero como muy bien había considerado el psicólogo cubano, en la mañana Nicolás ya tenía ‘una idea’.

—¡Chamo! —irrumpió en la habitación del psicólogo— ¡Ya sé lo que tengo que hacer!

El psicólogo, lánguido, casi se muere del susto.

—¡La única solución posible es ir a Irán!

¿Ir a Irán? ¿Aquello era una rima, una inusitada exhibición del uso ingenioso de la palabra por parte de quien no sabía usarla? No, y para ir aclarando, Maduro precisó que la única manera de curarse de aquel sueño que lo excitaba hasta el dolor era tirarse a alguien durante una sabrosa noche. Pero no a cualquiera, no, compañero, a Nicolás Maduro se le había metido entre ceja y ceja efectuar una incursión recreativo-presidencial en el hermano país islámico con el propósito público de ajustar maniobras petroleras, hablar mal de los gringos y, de paso, conseguir los favores sexuales de una joven virgen iraní. Tal y como solía hacer su predecesor.

Nicolás redondeó la idea con una pincelada mística:

—¡Eso es lo que quiere mostrarme el silbido del pajarito! Que estreche lazos con el hermano pueblo de Irán.

Claro, por supuesto, cómo no se te había ocurrido una cosa así, compañero psicólogo cubano; es evidente que cuando el presidente de Venezuela comienza a sufrir un sueño priápico lo que tiene que hacer es irse a Irán a consumar abundante cópula con una virgen local.

—¿Y por qué a Irán? —se atrevió a preguntar el psicólogo.

—A ver, chamo —lo palmeó Nicolás de la misma manera en que se alecciona a un alumno escaso de entendederas—, ¿no se te ocurre pensar que es el único lugar donde no corro peligro?

—¿Peligro?

—¡Claro! ¡Peligro de que la tipa sea una agente de la CIA y me joda!

Ah, claro, por supuesto, psicólogo desidioso, aquello era un plan redondo, ‘maduro’. Y hala, ya estamos camino a Irán, galopando en un avión presidencial donde Nicolás rumia anticipadamente los escarceos con una chamaca de cabello frondoso y pubis estrictamente depilado. Acaba de recordar que su predecesor una vez le dijo que las iraníes se lo depilaban todo. Y si eran chicas progresistas se volvían locas por dejar de ser vírgenes, en plan rebelde.





2.

La visita, como toda visita presidencial, tuvo su aspecto público y sus intrincados diálogos secretos. Las versiones se multiplican y la especulación se desborda intentando abarcar el desastre que sobrevino. Forenses y escándalo aparte, ¿qué fue lo que ocurrió realmente en aquella alcoba iraní de invitados del más alto nivel? La versión oficial, difundida hasta el hartazgo en todos los periódicos del mundo, habla de un cataclismo cardiaco. La versión prematura blandida por los chavistas habló, por supuesto, de una maniobra de la CIA.

He aquí lo acontecido en aquella secreta alcoba para invitados del más alto nivel.

Maduro se acercó a la virgen precedido por una pequeña excitación. “Ya ves cómo estoy, mami”. Entonces la virgen, encogida sobre sí misma, supo que no podría salir de allí si no se encomendaba a algo desesperado. Algo fundamental y antiguo como un culto persa preislámico donde la ley de Alá no tuviera nada que decir. Permaneció sentada en la cama, apretó los labios, y en cada paso del hombre la virgen conseguía convertir aquella mínima distancia en una plegaria secreta. Nicolás ya estaba parado a la altura de su rostro; su miembro, pensó la virgen, reproducía sus facciones: una punta lisa y dividida, algo achatada como el propio rostro del presidente, el fuste estaba encorvado como sus hombros, los testículos colgaban apesadumbrados como una papada y el pubis semejaba un bigote sobre la pequeña nariz erecta. Entonces la chica pensó que aquel miembro era un auténtico miembro del partido, y cuando pensó aquello, simplemente soltó su carcajada en farsi. Y ya el bigote comenzaba su descenso hacia las piernas cuando Nicolás se encontró con la inoportuna risa en la boca de ella. La chica vio cómo el miembro del partido, más traidor que nunca, se ablandaba de vergüenza. Entonces, como si saliera al otro lado del túnel, la virgen persa supo que alguien había respondido a sus plegarias. Escuchó una voz interior que le dijo: “Soy Aredvi Sura Anahita, que significa ‘húmeda, fuerte, incontaminable’, diosa de las aguas, la fertilidad y la sanación. Y vamos a joder a este cabrón”.

Y comprendió lo que tenía que hacer para salvarse.

—No te preocupes —le dijo en repentino castellano al presidente—, suele pasar, pero ya verás cómo enseguida estás listo. Además, tenemos toda la eternidad por delante, ¿no es cierto?

Nicolás, de pronto, se había vuelto idéntico a su miembro, reblandecido e inútil.

—Ven —le indicó ella pasando la mano sobre la cama—, siéntate aquí a mi lado.

Nicolás obedeció. La virgen, poseída por la diosa Anahita, cerró los ojos imaginando un campo de girasoles y un enjambre de pajaritos que gorjeaban entre los tallos, y comenzó a acariciar. Rozó las rodillas del presidente, respiró en su nuca como si se estuviera ahogando y luego sus manos comenzaron a bajar y subir por la cara interior de los muslos. El miembro del hombre se abrió paso como un corcho rígido saltando de una botella. Entonces Maduro quiso tomar el control, pero la chica quitó el cuerpo hacia un lado y en un instante lo guio por los hombros y lo fue acostando. “Déjame ponerme encima”, le dijo, abrió mucho sus piernas, pensó en el campo de girasoles y fue tragándose el miembrito del hombre. Nicolás intentaba moverse pero ella permanecía quieta, sembrada y quieta, aprisionándolo como si masticara una brizna de hierba. “Tranquilo, no te muevas, quedémonos quietos y verás que nunca has sentido nada igual”. Y se quedaron así, respirando hasta el fondo. Y ella se concentró en el campo de girasoles. Entonces comenzó a borrarlo todo. Primero borró minuciosamente un pétalo, luego otro siguiendo sus contornos desde el perímetro hasta el centro, y un tercer pétalo de girasol, trazo a trazo. A continuación empezó a borrar el círculo hasta que solo quedó un tallo descabezado. Tenía que repetir el procedimiento uno a uno a través del campo infinito, empezando por cada uno de los pétalos, luego los rostros redondos de los girasoles, luego cada una de las nervaduras de las hojas, los tallos oscilantes, la hierba que se tejía en la base de los tallos, hasta que el campo de girasoles se transformó en páramo homogéneo. Entonces quedaron al descubierto todos los pajaritos y la virgen comenzó a borrarlos uno a uno. Cuando no quedó ningún pajarito en aquel páramo supo que su tarea casi había concluido. Alzó el rostro más quieta que nunca sobre el hombre sudoroso, y sin abrir los ojos imaginó un sol perfecto como una yema de huevo sobre la tierra baldía, y comenzó a borrarlo. Con cada trazo con que borraba el sol, el cielo se iba transformando en un parejo tono gris creciente, hasta que un último trazo lo volvió todo negro. Negro vertiginoso. Respiró profundamente, sintió llegar el orgasmo, abrió los ojos clavándolos contra los ojos del hombre y dejó que el orgasmo huyera de su cuerpo y entrara en el hombre. Un segundo después la virgen supo que el presidente ya estaba muerto. No era más que un pingajo blando y caliente.

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