Es lunes y voy por la vía de Ibagué hacia La Dorada. "Los camioneros cuelgan sonrisas del parabrisas cuando me ven, soy la princesa de la autopista y hasta los polis besan mis pies". Nunca antes había cobrado tanto sentido esta canción de Cristina y los subterráneos. Me gusta la carretera, me gustan las road movies. Soy algo temeraria cuando manejo y siempre voy cantando. Pero en esta ocasión voy tan concentrada que apenas puedo oír lo que Lucho puso en su radio. Tiene discos de despecho y boleros y una música que suena a quebradita mexicana que no alcanzo a distinguir por el ruido del motor. No. No voy en un coche que robé anoche, como en la canción. Voy en una tractomula y cada cambio que meta es definitivo para no quedarme colgada ni forzar el motor. El oído también es crucial en esto de manejar un vehículo de dos ejes, porque los cambios pueden hacerse sin el clutch si uno lo mete justo cuando está en las revoluciones exactas para que entre. La idea es que los camioneros nos se cansen de andar hundiendo el pedal durante un día entero, que suele ser el tiempo que demoran en atravesar el país hasta llegar a la costa. Pero mi oído, que ha sido educado por varios músicos, parece no dar la talla para tan sencilla tarea, así que cada vez que meto un cambio tengo que hacerlo con clutch. Y el de la tractomula parece más bien un artículo de televentas para afinar y endurecer la pantorrilla.

Vamos con 35 toneladas de cemento desde Ibagué a Barranquilla por todo el Magdalena Medio. La tractomula pesa 16 toneladas sola. Y con carga, 53. Nuestra meta, a paso de tortuga, es llegar a dormir tipo nueve de la noche a Aguachica. No fue fácil que Lucho, que nada tuvo que ver con mi entrenamiento, creyera que yo estaba preparada para manejar su mula. Duramos unas dos horas converse que converse hasta que a la altura de Venadillo me cedió el volante y, oh sorpresa, se dio cuenta de que no era el prototipo de "chofera" que son todas. Pero claro, una cosa es practicar en un parqueadero y otra coger carretera. Las manos me sudan y el aire acondicionado de la cabina no funciona. Después de pasar Honda soy un manojo de nervios adherido a la ropa sudada. Pero sonrío y jalo la pita que tengo en mi ventana para pitarles a otros camioneros que pasan, muchos sin percatarse de que una mujer va al volante. Recuerdo a Thelma and Louise y me siento gigante, más que el primer día que me monté a una de estas bestias.

Retrovisor

Se me partió una uña enganchando y desenganchando el remolque cuando tomé el curso para medírmele a manejar, aunque fuera un pedazo del trayecto que conduce de Ibagué a Barranquilla. Por eso decidí quitarme el esmalte. "No va a poder, le digo". Idalí lo repitió con convicción. Ella es la administradora de la escuela de conducción Mi Coche, una de las cuatro en Bogotá que emite licencias de conducción de sexta categoría. Para manejar un vehículo de dos ejes es necesario tener ese pase, así que, después de mucho caramelearle a Idalí, asistí juiciosamente a una clase teórica de toda una mañana en el barrio Venecia, donde se encuentra la escuela, y a dos prácticas en un parqueadero de Soacha, donde aprendí a manejar los 18 cambios que tiene un monstruo de estos.

Cuando la clase comenzó estaba convencida de que iba a entender rápidamente, pero luego de oír términos como aplicabilidad del bajo, ejercicio de desengache, tren de aterrizaje y problemas del cardan, me sentí como el perro de los Simpsons que no entiende sino bla bla bla cuando le dicen que se siente.

Estos aparatos son tan sofisticados, que tienen sillas hiperergonómicas, frenos independientes entre cabina y remolque, GPS, caja negra y hasta piloto automático. El léxico de Jairo, mi instructor, era más rico que el de un miembro vitalicio de la Real Academia de la Lengua. Después de cuatro horas de términos técnicos como doble troque, winches, malacates, pernos y fugas me estaba quedando dormida. Solo me trajo de vuelta un video ambientado con metal que el profe puso para mostrarnos una tractomula incendiándose. En esta parte nos explicó la clase de materiales que podemos cargar (explosivos, orgánicos, misceláneos, inflamables o corrosivos). Ya manejando la tractomula aprendí otro nuevo término que es lichiguero. Así se les dice a los que transportan alimentos.

Al ruedo

Las cosas fuera de los salones de clase siempre son mucho más prácticas y sencillas. Una vez estuve montada en la tractomula para tomar mi primer curso práctico comencé a entender todo con más claridad. Idalí, sin embargo, insistió en que manejara primero un camión normal (sin ejes) y luego sí la mula. Jairo me miraba desconfiado cuando lo prendí. Dimos unas vueltas y me parqueé aquí y allá. Luego de demostrarle que mi motricidad fina y mi ubicación espacial eran un tris más sofisticadas de lo que enseñan en Plaza Sésamo, aceptó que estaba lista ese mismo día para la tractomula.

Entendí al fin que la caja de cambios no tiene 18 diferentes. Se trata de seis cambios que se convierten en 18 a través de dos botones que tiene la barra. Uno se llama el bajo y el otro se llama el triplicador. Así, cada cambio tiene tres versiones. Primera con bajo, primera sencilla y primera triplicada. Lo de bajo y triplicada tiene que ver con la potencia, mientras que el número del cambio tiene que ver con la velocidad. Lo complicado es eso de meter el cambio sin clutch. Y cuando uno ya aprendió a cogerle el tiro al asunto, viene la explicación de los mil indicadores que tiene al frente. Hay botones, agujas y lucecitas por todas partes. Que la temperatura, que la presión, que el aceite, que el aceite de la caja, que la temperatura del aceite de la caja…mejor dicho: es igual al tablero de un avión.

Lo primero que hay que hacer antes de arrancar es revisar enganche, llantas, cables, tanques, aceite. Es como darle la vuelta a la manzana. Me subí y acomodé la silla, que tiene suspensión independiente y botones que suben y bajan y la gradúan automáticamente hasta que quede perfecta (quisiera una silla así para escribir). Luego arranqué. Las proporciones cambian del cielo a la tierra. Siempre me han dicho que soy una mujer grande. En ese momento me sentí armatrostuda. Y poderosa.

Alicia a través de los espejos

Lo más difícil de entender fue la reversa, porque cuando uno mueve el timón para un lado, el carro normalmente se mueve para el mismo. Aquí, la cabina se mueve para el mismo, pero el remolque se mueve para el lado contrario. Es como el mundo al revés, pero cuando uno aprende a hacer la maniobra por los espejos laterales todo vuelve a la normalidad. Sin carga, el movimiento del tráiler es muy brusco. Con carga la cosa cambia, pero de todas maneras hay que saber parquearse milimétricamente en reversa. "Si no ¿cómo hace uno pal descargue?", preguntó Jairo, que ya me consideraba una conductora decente, excepto porque sacaba muy rápido el clutch.

Aprender a depender solamente de los espejos laterales es toda una proeza, porque descubrí que las mujeres no usamos el retrovisor nada más para mirar qué hay detrás, sino para confirmar cada tanto nuestra vanidad. Por cada dos veces que realmente miramos para ver lo que hay atrás, lo hacemos unas cinco para vernos a nosotras mismas. Espejito, espejito, ¿quién es la más bonita?

On the road

Estoy de vuelta en la carretera. Llevo alrededor de dos horas manejando y hemos avanzado unos 80 kilómetros, lo que indica que vamos a una velocidad promedio de 40 kilómetros por hora. El insulto de camionero no le va de ninguna manera al príncipe que es Lucho, el verdadero conductor de mi mula, que viene de una familia boyacense en donde todos han sido camioneros. Su nombre completo es Luis Alberto Barrera y es tan caballeroso, tan respetuoso, que incluso cuando, por enésima vez, su mula peligra porque yo no meto bien el cambio, me pide permiso para poner su mano encima de la mía y guiarme por los cambios, porque en las cajas de los carros comunes y corrientes se recorre una distancia mucho más larga y definida de cambio a cambio. Acá, en cambio, valga la redundancia, toca tener tacto para hacer la operación con suavidad, porque no es una cuestión de fuerza, como sí lo son las otras miles de tareas que a diario hacen estos hombres, dentro de los que se incluyó una mujer de nombre Ana de Niño. "Si uno no les demuestra que puede montar una llanta o desbaratar el motor, nunca lo respetan", dice esta mujer que duró veinte años como ayudante de su esposo y otros dos como conductora, hasta que abandonó la profesión por sus hijos.

El hambre nos acecha, así que nos bajamos en Rionegrito. Nos traen sopa, luego carne con arroz, yuca, pasta y ensalada… de papa. Me parece inmenso y creo que no voy a poder con toda esa cantidad de carbohidratos. En cuestión de quince minutos estoy acabando con todos sus restos. "La visto, pero no la alimento", me dice Lucho cuando me ve devorando el último pedacito de yuca con ají. Los camioneros llegan como Pedro por su casa. Las mujeres que atienden el negocio ya los conocen bien y no se dejan amedrentar cuando se quejan porque no está rica la comida, pero aplican muy bien el refrán de barriga llena corazón contento y saben que solo así pueden mantener sus clientes permanentes.

Pero estas no son las únicas mujeres que conviven con los camioneros. "En los puntos en donde usualmente paramos a pasar la noche siempre están las mujeres de vida alegre listas a prestar sus servicios", me dice Lucho. No sé cómo hacen para querer sexo en ese cansancio. Yo, que solo llevo dos horas y media manejando estoy fundida y cabeceo durante el trayecto Puerto Boyacá, Puerto Araújo, La Lizama, San Alberto, Aguachica. Hemos cruzado los departamentos de Boyacá, Santander y Cesar. Lucho dice que no todos tienen chicas por ahí, que él es muy familiar y que así como evita enredarse con otras, también evita que las esposas de sus colegas se hagan amigas de su mujer "porque eso se presta para chismes del uno y del otro; es mejor mantenerlas alejaditas pa que cuando uno llegue a la casa pueda estar tranquilo y convivir".

El motel en donde pernoctamos en Aguachica no está terminado aún. Lo atiende un ibaguereño que se enamoró de una mujer de la región y empezó a construir en el lote de sus suegros. El lugar tiene acabados de obra gris y el aire está quieto, quieto. Solo se oyen los ruidos de los mosquitos y un televisor a todo volumen, ubicado afuera, en una choza donde venden cerveza y gaseosa y todos los camioneros están descamisados, con sus panzas al aire, mientras un grupo de cuatro o cinco jovencitas de 17 ó 18 años esperan a que algún camionero las escoja y se las lleve al cuarto. No hay ambiente festivo para nada y es tal mi cansancio, que me doy una ducha breve y caigo fundida, hasta que me despiertan las tonadas de las reversas de las tractomulas, a las cuatro de la mañana.

Nos subimos a la mula y compramos una papaya en el camino para ahuyentar el hambre. Vamos a desayunar en un par de horas, cuando amanezca del todo. Las mujeres de los peajes, que no son pocos, se sonríen cuando me ven. Son en total once peajes desde Ibagué, que varían desde 19.000 hasta 28.700. Los costos de esto y de la gasolina los asume el mulero. El negocio funciona así: ellos tienen que hacer su trabajo a través de una transportadora. Los que están contratados de planta o por contratos de un año (muy pocos, menos del 20%), reciben el mínimo más el 10% del flete sobre la carga. Dependiendo de lo delicado de la carga, les dan unos 80.000 pesos por tonelada de cemento. Si son cargas inflamables o alimentos perecederos, la suma asciende a 120.000 Supuestamente, el gobierno tiene establecidas unas tarifas estándar que ninguna empresa transportadora cumple, porque todas regatean con las generadoras de carga y ofrecen una tarifa más baja por tonelada para llevarse los negocios a largo plazo. El perjudicado es el camionero, por supuesto. A él es al que le toca sacar de su 10% variable, para pagar ACPM, peajes, hospedaje, comidas y demás gastos. "Por eso muchos andan trasnochando y siguen derecho para ahorrarse el hotel y eso es peligroso, porque se pueden quedar dormidos y porque los pueden atracar", me cuenta Lucho. Pero es una relación inevitable, como la de un hijo con un padre que lo utiliza.

El instinto maternal se me pone a mil por cuenta de los terneros cebú que vemos en el camino, sobre todo entrando en el Magdalena medio, y en el Cesar. También recuerdo cuando era niña y cabía parada en la mitad de los dos asientos delanteros del carro. Es alucinante quedarse viendo los campos un rato pensando en nada y en todo a la vez. Esto, por supuesto, no lo pueden hacer los camioneros. Un segundo demás de distracción y zuas. El más leve de los timonazos puede hacer torcer el remolque hasta perder el control y que se caiga la carga o que se salga todo el carro de la carretera, o, peor, que se quede atravesado en toda la mitad y ocasione un accidente que incluya a otros carros. Cada curva es de cuidado extremo. Por eso, las mulas tienen un botoncito mágico que se llama freno de motor, que engrana automáticamente el vehículo, como cuando uno mete segunda para coger una curva.

Monjes zen

Los 110.00 camioneros que generalmente (excepto cuando llevan cargas pequeñas y a distancias cortas) negocian a través de las 850 transportadoras que hay en el país ya tienen suficiente con tener que pagar casi todos los gastos del transporte. La carga, sin embargo, está asegurada por la transportadora. Por esos gastos tan altos de aseguración, los camioneros casi nunca pueden dejar de depender de la transportadora, que es intermediaria entre los generadores de carga y ellos, y se lleva la mejor tajada del negocio. Así las cosas, los camioneros se dedican a rebuscársela. Si están de buenas consiguen tres cargas a la semana. Pero hay meses enteros en que solo sale un viaje semanal porque la sobreoferta de tractomulas en el país es absurda. Hay alrededor de 195.000 mulas y, hace tres años, el Ministerio de Transporte manejaba la cifra extraoficial que calculaba que por cada 2.5 mulas hay una carga real para transportar. Mario Quiroga, secretario general de la Asociación Colombiana de Camioneros, asegura que hoy en día hay 5.5 mulas por cada viaje o carga por transportar y que el ministerio ha matriculado más de 6.800 vehículos nuevos en año y medio. Por eso, algunos muleros tratan de mejorar sus ingresos robándose las llantas nuevas (cada una cuesta alrededor de un millón y medio) o poniendo gasolina en los ductos que encuentran por el camino. De hecho, pasamos por una suerte de patio donde están abandonadas o detenidas las mulas que han sido pilladas robándose el combustible que de manera legal les costaría 900.000 pesos (para llenar dos tanques de 120 galones, cada uno).

El negocio también se ha prestado para lavar dinero, pero eso lo hacen las transportadoras, no los camioneros. Por lo demás, esta es una profesión de gente buena, o por lo menos admirablemente paciente. Ahora que estoy en sus zapatos, entiendo lo zen que puede ser este oficio, en donde, si uno adelanta un carro, es un hampón. Y si va despacio, es un pendejo. Y, como si fuera poco, después de las 26 horas que tienen que manejar a velocidades que no superan los 70 kilómetros, llegan a la planta a hacer fila para esperar al descargue. Que lleguen cinco minutos más tarde puede significar que les toque esperar hasta el otro día y entonces deben pagar parqueadero, hotel y más comida, porque el hambre de camionero es peor que la de un perdido cuando aparece.

Nuestra suerte es otra más penosa, debido a que es martes festivo y detienen a todas las mulas desde las doce del día hasta las seis de la tarde para que el tráfico de los turistas pueda fluir. Si yo fuera en un auto normal, no cabría de la dicha al ver todos esos aparatos gigantes aparcados. Pero estamos a dos horas de nuestro destino, justo antes de la Y que abre dos carreteras, una a Santa Marta y otra a Barranquilla. Decido llamar a la caravana de Invías que supuestamente me iba a acompañar durante unos kilómetros desde Fundación hasta Barranquilla y le pido al coronel encargado que me dé un permiso especial para transitar. Repito el verso de Cristina y los subterráneos de "hasta los polis besan mis pies". Si fuera mulera de verdad no tendría más remedio que esperar, pero mi paciencia no da para perder mi vuelo a Bogotá y devolverme en mula. Además, cuando lleguemos hay que hacer la vuelta del descargue, que seguro serán otras cinco o seis horas. Después de esto me montaré en el avión de vuelta a Bogotá, miraré toda esa tierra que atravesamos en horas eternas y entenderé mucho mejor por qué Da Vinci se obsesionó con volar.

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