Debíamos estar como a tres grados bajo cero. Dentro de una carpa de 1.80 m por 90 cm, debía coordinar con agilidad los movimientos de mi cuerpo. La explosión había logrado ponerme de pie en un segundo. Quería ser ágil para salir a repeler lo que a todas luces era un ataque. Pero por la cantidad de prendas pesadas que me vestían y revestían, moverme era casi imposible: dos camisetas térmicas de manga larga y una verde oliva de manga corta. Uniforme camuflado talla 38, chaquetilla acolchada inmensa y encima un feedjack impermeable. En los pies, un par de medias de lana gruesas y botas militares de cuero número 39 prestadas, de medio kilo cada una. Sobre todo eso, ajustado en la espalda y la cintura, un chaleco con cuatro bolsillos llenos de carajadas. En la cabeza un gorro de lana y encima, un casco blindado. (Desminado con el equipo de mujeres del ejército)

Me preocupaba mostrar torpeza frente a los 50 hombres que esperaban ansiosos saber algo de mí. Tenía segundos para salir, así que empecé por encontrar el cierre del sleeping bag en el que me había acomodado dos horas antes. Después busqué una bolsa plástica en la que empaqué las botas. Aprisa, desaté el nudo, las saqué y me las puse. Alcancé el casco y abrí la carpa. Ya habían pasado más de cinco minutos desde que se oyó el estruendo de la bomba y aun se oían disparos. Por lenta, ya estaría muerta.

Por fin, logré resolver el enredo y me di cuenta de que había olvidado el fusil. Volví la cara de nuevo hacia la carpa y me metí de cabeza. Sabía que estaba a la mano, pero la culata se enredó en las tiras del morral. No podía cometer la burrada de prender la luz que tenía sobre el casco, logré alzar el morral, lo zafé y salí gateando en reversa, como lo hace mi hijo de 16 meses.

Una vez afuera, sentí el hielo en los cachetes y el peso de 100 ojos que me observaban. Me quedé tiesa sin saber para dónde coger. Justo esa noche a la luna le dio por iluminar el monte y estaba ahí como un fara iluminado por la luz de un carro en la carretera ¡Mierda! Me acurruqué, miré al frente y respiré resignada. Empuñé el fusil con decisión y me dispuse a enfrentar mi destino incierto.

Ese fue mi primer paso para llegar hasta donde usted me ve en estas fotos. Luego vinieron otros, que me dolieron más que la vergüenza. Este curso es uno de lo más exigentes entrenamientos de combate que existen en el mundo (eso dicen). Y al que nunca antes había asistido una mujer.

Por su puesto que de lancera, poco. A pesar de que el espíritu me alcanzó en la niñez para la aventura mística de los scouts y de que el oficio periodístico me ha llevado al monte muchas veces, no me había dado por probar estos trajines militares. De hecho, no una vez, sino varias, califiqué de ridículos a los civiles que les da por "jugar" a los soldados. Recuerdo sobre todo a los ministros de Defensa que al otro día de nombrados se ponen un camuflado para ganar puntos entre la tropa. Pero ahí estoy yo. Yo, que odio la guerra y quiero la paz, metida entre militares con la irremediable circunstancia de no poder echar para atrás y con la conciencia sucia que me restregaba mi lamentable estado físico. (Así viven la guerra contra Isis los soldados colombianos)

Antes de llegar hasta ese momento, pasó algún tiempo para transformarme y asumir mi nuevo rol. Ocho horas atrás habíamos salido desde el Comando del Ejército en Bogotá hacia una base militar en el páramo de Sumapaz, en Cundinamarca, conocida como La Cabaña. Nos acomodamos en una confortable camioneta de un mayor-ranger del Ejército de los Estados Unidos, que iba al volante, y un cabo que lo acompañaba.

El Sumapaz fue la gran puerta que tuvieron las Farc para entrar a Bogotá y acariciar la idea de golpear a la gran ciudad. Desde los tiempos de Juan de la Cruz Varela en los sesenta, los de Jacobo Arenas en los ochenta, hasta los de Romaña, a finales de los noventa, estas tierras majestuosas, de frailejonales y montañas, fueron impenetrables. Una hora desde el centro, rumbo al sur, pasando por Usme, conduce al páramo.

Confieso que en ese momento tenía más escepticismo que ganas. La milicia, en general, me parece tan recargada de símbolos, prepotencia y orgullo, que suele asfixiarme. Sin embargo, el entusiasmo con el que el Ranger y el cabo Arce narraban sus hazañas de fuerza y resistencia consiguieron despertar mi curiosidad.

"Para el Lancero no existe la palabra imposible", repetía el mayor gringo en un español con acento paisa. Y lo hacía para subrayar que los lanceros son hombres entrenados para soportarlo todo. Según él, es más duro aprobar el curso de Lancero en Colombia que el de ranger en los Estados Unidos.

La Escuela de Lanceros, fundada en Tolemaida en 1954, tiene la misión de convertir soldados en combatientes de alta calidad. Es algo así como una fábrica de Rambos. Son estos tipos que atraviesan ríos a nado de noche, con armas sofisticadas y que andan con visores nocturnos mimetizados en la selva, que soportan días y noches sin comer, ni dormir, ni hablar, ni respirar. En el fondo aprenden a ir hasta el límite de la humanidad para ser mejores armas de guerra. Paradójico. Cada día, el hombre crea armas más avanzadas, pero aún él mismo es la mejor de todas. (El Instagram de la subteniente Rojas (la del reality Soldados 1.0))

Las diez semanas de entrenamiento son lo más parecido al infierno y los que lo sufren saben que es el único camino para lucir el distintivo de lancero. Eso es suficiente. Ya son militares, esa es la vida que escogieron o que les tocó escoger, así que lograrlo es un orgullo para sí mismos y para la institución. El sacrificio no se traduce en un peso más de sueldo, ni en un descanso con su familia, ni mucho menos en un ascenso, pero tienen ganado el certificado de calidad que alguna puerta les abre. Así sea la de su misma muerte. Estos son los comandos del Ejército que mandan a ganar esta guerra.

Este es el punto de vista "civil" desde donde se ve el asunto. Pero una vez dentro de su mundo, uno entiende que es auténtico. Para ellos, bonito. Para otros, no. Es simplemente un mundo distinto, en el que viven hombres que creen en su misión.

El fotógrafo, David, a quien conocí ese día, resultó ser experto en alta montaña y su reloj marcaba el ascenso metro a metro y medía la temperatura, grado a grado. "3.545 m. y tres grados", sentenció cuando la camioneta se detuvo. Ya era de noche.

Con los pies en tierra, vimos cómo una pequeña cabaña de madera se delataba en medio de la nada. Sus ventanas destellaban una cálida luz ámbar que me trajo aliento. "¡Umhhh!", me dije. "Ahí estaré calientita". Pero no se trataba más que de un deseo mental alimentado por el machismo que todas también llevamos dentro. "¿Serán capaces de dejarme afuera, con este frío?".

Entré a la cabaña y encontré 14 hombres, los instructores del curso. Miraban televisión es un estrecho salón de sala y comedor. Unos sentados, otros de pie. Advertidos de mi llegada, saludaron con naturalidad. Aún con el complejo machista presente alcancé a pensar en forzar un poco mi voz para decir un "buenas noches", grave, rápido y seco. Pero me di cuenta de mi tontería y me limité a sonreír y con mis brackets metálicos, mi pelo de niña y mi voz, dije: "Buenaaas".

Pasé sin mirar a una habitación que me dejaron para cambiarme. Pensaba solo en ponerme el uniforme y listo, pero me detuve de pronto. ¿Me quedaría grande o pequeño? ¿Me vería gordísima o no tanto? Y recordé la dieta que pago todas las semanas y que aún no surte efecto. La preocupación fue cosa de segundos. Abrí la puerta sin más y ante el auditorio pedí ayuda para meter el pantalón en la bota. (Las modelos que pasaron por SoHo y serán soldados)

A muchos se les notó el esfuerzo por disimular lo que les dictaba el pensamiento, pero la disciplina los mantuvo prudentes. Ni idea qué les pasó por la cabeza, pero sería algo así como que se les apareció Betty la fea, de camuflado, en semejante lejura.

Media hora más tarde poco quedaba de la civil. El mayor Murcia, un hombre amable al que se le nota que ama lo que hace, dispuso todo para atalajarme con lo necesario para unirme a los otros 90.

Alistaron para mí un morral que podía pesar unos 15 kilos, la mitad de lo que pesa el de ellos. Yo no cargaría ni munición, ni raciones de comida. "Le damos comida caliente por esta noche", me explicaron. Y después el fusil. Importante saber dónde está el seguro, cómo se le quita, revisar que no haya munición en el cartucho. La trompetilla hacia arriba y listo. ¿Usted es zurda o derecha, preguntó el mayor Amaya. "No sé", respondí. Y es que en verdad no sabía. Porque nunca he cargado un fusil y a veces soy derecha y otras, zurda. El mayor probó en uno y otro hombro y mi mente me mandó un dato innecesario producto de la incontinencia verbal. "Juego billar con la izquierda" dije, pero la conclusión fue la derecha.

Uniformada, con el equipo sobre mi espalda y mi fusil terciado, me despedí de los instructores y salí al campamento, en los alrededores del refugio, en el que pasaría la noche.

Fueron unos 5 minutos de camino, como 300 metros de monte. Empecé a caminar recta y a seguirle los pasos al teniente Cifuentes, el táctico de esta subfase del curso. Pero comenzaron los charcos y una cuesta empinada y en un segundo me pudo el peso del morral y me fui de jeta contra el planeta. "¡Hijueputa!", grité. Me levanté como pude y me acomodé el casco, el morral, el arnés, los guantes, y las botas.

Unos metros adelante aparecieron las carpas. Mis compañeros lanceros dormían. Era la última noche de páramo que pasaban después de tres semanas de practicar lo que aprendieron en la primera subfase de adaptación y teoría. "Comandante de curso, ¡levante a todos sus hombres ya!". La voz de Cifuentes se oyó como un disparo. "¿Para qué los despiertan?", pensé yo. "Me van a odiar". El comandante dio parte de 45 hombres ahora formados frente al oficial que enseguida les explicó que la señorita periodista de la revista SoHo, venía a hacer un reportaje entrenando con ellos, como una lancera más. "Villamizar" de ahí en adelante.

Por eso esa madrugada en medio del ataque en el que me quedé paralizada, ya ellos me trataban como su "lanza". Los hombres del equipo de base de fuego uno que cuidaba la ametralladora M-249, me acogieron en su seno. "Pssss, Villamizar", oí susurrar a la derecha. Una mano me llamaba con afán. Corrí agachada, como debe ser, y me arrimé a de uno de los hombres. (La guerrillera y el soldado que se enamoraron)

Me señalaron una piedra en la que debía recostarme boca abajo apuntando el fusil hacia el cerro de enfrente. Torcí los pies para acuñarme en el pasto. El frío nos congelaba las manos, los ojos, los cachetes, la nariz, las orejas y por reflejo respirábamos para adentro para atrapar el calorcito que conserva el cuerpo. Nada pasaba, así que pregunté: "¿Y ahora qué hacemos?". El lanza que compartía piedra conmigo solo atinó a decir: "Quedarnos aquí quietos hasta las cinco y media". Faltaba como una hora para eso. No pude más que maldecir en silencio.

Cometer una infracción a las normas del curso es arriesgar el distintivo. No pueden comer más que lo permitido a la hora autorizada. Ni tener comunicación con sus familias, amigas o novias durante los dos meses y medio. "¿Señorita, si yo le doy un papel con un teléfono y una carta usted la llama y se la lee?". Cómo le decía que no a su arrebato de amor. "Amor. Hoy te extraño tanto, tanto como el número de recuerdos maravillosos que de ti tengo. Hoy extraño tus dulces y tibios labios; mañana será diferente y extrañaré tus frías manos que siempre anhelan ser calentadas, pero lo que no cambiara será ese personaje de mis sueños, anhelo de mis sentidos y compañera de aventuras. Te amo". Del otro lado del teléfono una jovencita emocionada me decía "gracias, gracias", una y otra vez.

Amaneció y parecía que el enemigo se había retirado. Debíamos cerciorarnos. Mis siete lanzas me indicaron que nuestra misión consistía en asegurar al equipo de vanguardia que buscaría contacto con los cosacos en el cerro. Así se bautizan los que hacen el papel de malos. Cárdenas, Carrillo o Carreño, no supe cual de ellos, me explicó que a la ametralladora tocaba cuidarla por encima de todas las cosas. Por primera vez nos veíamos a la cara. De hecho, por un largo rato no supe quién había sido el enamorado compañero de la piedra.

Nunca había caminado entre el frailejón. Sentí que estaba metida entre una pintura de Van Gogh, como en la película de Kurosawa. Montañas inmensas iluminadas a la perfección y una paleta de colores verdes, grises, amarillos y blancos. Esa sensación de estar encima del mundo te aleja de la realidad. Si te dejas llevar, puedes volar con las águilas que aparecen en los filos de los cerros. Como un péndulo, mi atención se movió entre el paisaje y la misión militar. (Así es un enfrentamiento en una base de contraguerrilla)

Volvimos sin novedad a la BPM ( Base de Patrulla Móvil). El ejercicio del hostigamiento terminó y fue un alivio, aunque yo ya estaba animada y extrañamente lúcida a esa hora de la mañana. Me quité el casco, descolgué el fusil. Saludé a todo el que me dio la cara y tomé el agua de panela caliente que nos habíamos ganado.

Lo peor, sin embargo, no había pasado. La agitada noche de guerra parecía cosa de niños al lado del terrible anuncio que de pronto oímos: "La marcha es de 23 kilómetros. Iremos por la carretera y se prevén cinco horas para llegar hasta Pasca. Esta es la última prueba de la subfase. Preparen el equipo, salimos en una hora".

¿23 kilómetros? Camino dos calles en Bogotá para ir a almorzar y hasta ahí llega mi atletismo. ¿Y a más de tres mil metros, y con botas, uniforme, etc. etc.

Bueno. Qué puedo perder. No tengo que ganar el distintivo, volveré a mi sedentaria vida a escribir sobre el rotundo fracaso de esta prueba y ya. Así lo tomé, con calma y buen humor.

De primera en la fila izquierda de mi grupo de base de fuego puse el paso. Era obvio que tenerme a mí en el grupo podía ser una desventaja. Ni yo podía calcular un número de kilómetros aproximado para mi resistencia. Recogí impresiones entre los muchachos y ellos no se atrevieron tampoco, por el contrario, animaron mi espíritu con tan buena energía que me convencí de que llegaría al final.

Por supuesto que no fue así. El paso firme me duró hasta que vi venir la muerte. La inclinación de la montaña aumentaba y aumentaba y aumentaba. Un dolorcito apareció en la ingle del lado derecho. Y los pulmones se quedaron chiquitos. El sargento García me retiró el fusil para aligerar el peso y arreció los gritos de aliento: "Todos salimos, todos llegamos", "Nadie se queda botado", "El lancero trabaja en equipo, Vamos Lancera, vamos, Alejandrita".

En ese punto, Alejandrita no podía más. Las apuestas empezaron a subir. Los instructores que recorrían en carro la marcha me esperaban en un cruce con las cuentas del recorrido. "Lleva 10.5 kilómetros, ¿quiere seguir?". García insistió en que sí y ellos decidieron que sin el arnés, y sin el fusil podía alcanzar la meta. Yo estaba perfectamente segura de que no, pero me le medí. (Mujeres a caballo el pelotón más extraño del Ejército colombiano)

La sorpresa vino cuando alcé la mirada y vi la peña que se levantaba lejana, infinita, imposible. Y hasta allí llegó mi voluntad. García me cedió su hombro para remolcarme, pero yo ya me había entregado. De mí no quedaba nada, solo el anhelo de encontrar un carro para subirme. Si me tiraba en la carretera, todo el grupo se retrasaba. Empecé a preocuparme por lo que para mí ya representaba un exceso y apelé a la prudencia como argumento de retirada.

Mis lanzas pasaban de largo, yo me disculpaba por mi flojera. Me daban aliento. "Para nosotros usted ya cumplió, tranquila, es una dura". Es ahí, en los momentos difíciles, cuando la solidaridad aparece y el corazón se arruga. En verdad quería seguir y no defraudarlos. Paso a paso mi aliento se extinguía. Lejos de la burla éramos un solo cuerpo. Mi cansancio no se comparaba con su valor y en voz baja declamaban en mi oído los versos medicinales de Alma fuerte: "No te des por vencido, ni vencido, no te sientas esclavo ni aun esclavo, trémulo de pavor piénsate bravo y acomete feroz, ya mal herido".

"¡Vamos lancera, vamos! No existe la palabra imposible!". Con las manos en las rodillas me detenía cada dos pasos a respirar. El grupo de la retaguardia pasó a mi grupo y ya en esas condiciones, les dije que me quedaba para que ellos siguieran su paso. Y me tumbé.

Desde que volví a la civil no dejo de pensar en ellos. Sé que están ahora en Leticia, en el fuerte Amazonas, donde pasarán por experiencias más duras que estas. Allí se habla de la crudeza de la marcha de la muerte que exige 36 kilómetros de fuerza. Quiero que consigan lo que buscan y que calmen su desasosiego. Y sobre todo, que no mueran en la guerra.

No los volví a ver. Solo de lejos me despedí tras un día de entrenamiento en la gigante base militar de Tolemaida. Les había llegado la hora de pegar una pieza más en el banderín de los lanceros. Formé a su lado, sin distinguirlos ya muy bien y nos fotografiamos por última vez. Se fueron riendo así como me quedé yo. Y cuando ya no tenía ni uniforme, ni botas, ni casco, ni fusil uno de ellos apareció con una nota.

"Apreciada Alejandra: el grupo de base de fuego uno quiere darte las gracias porque fue tu arrojo, tu coraje y tu aliento el que permitió que lográramos el mejor tiempo en la marcha de 23 kilómetros. Que Dios te bendiga. Para siempre, tus lanzas".

No sé por qué no lo abracé. Solo vi que se alejó. Y sin saber qué hacer, me limpié dos lágrimas que me escurrieron de los ojos.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.