En 1974 María Emma y yo estábamos estudiando y queríamos ir a Inglaterra: ella a estudiar Cine y yo a aprender inglés. Por esa época yo llevaba algún tiempo trabajando en Coltejer como modelo de sus diseños, y como el modelaje en ese entonces no existía como carrera, lo que hacían era contactar a ciertas personas para que desfilaran y fueran la imagen de la marca. Fue así como contactaron a María Emma, quien no estaba buscando la posibilidad de modelar pero que convencieron porque la propuesta económica era buena (en ese entonces pagaban un salario básico de 3.000 pesos y un pago adicional de 1.500 pesos por desfile). Desde que ella llegó trabajamos desfilando sobre pasarelas en eventos de moda que se organizaban en las plantas manufactureras de Coltepunto, en hoteles, en galerías de arte, en estadios y viajábamos por todo el país promocionando cada colección. Hacíamos entre dos y cuatro desfiles al mes y para eso nos preparábamos con la directora del Departamento de Modelaje de Coltejer y otras veces ensayábamos solas. Esa práctica hizo que María Emma se destacara como una muy buena modelo de linda figura, y de caminar seguro y elegante. Nunca se tropezó y, por el contrario, sus cualidades —y su carisma— le sirvieron para que apareciera en anuncios de revistas de la época. Finalmente cuando le pusimos fin a esta esporádica etapa en el modelaje viajamos las dos a Inglaterra, donde ella finalmente se quedó cuatro años hasta terminar sus estudios cinematográficos. Tiempo después, cuando ella se lanzó a la política, nadie la cuestionó por su pasado como modelo porque casi nadie sabía que ella había trabajado en esto, porque el modelaje es un trabajo tan respetable como cualquier otro y porque ella demostró ser buena para el servicio público. Hoy día guardamos una gran amistad que existió desde siempre y hablamos cada vez que podemos.

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