Si yo fuera la primera dama de Colombia, el Presidente necesariamente tendría que ser mi esposo, Óscar Acevedo, un músico de jazz experto en composición. Este detalle tan aparentemente nimio, significaría que Óscar, con su nadadito de perro santandereano, habría llegado de manera colosal a la cima de la política colombiana sin necesidad de pedir comisiones ni de cambiar de partido, sino tocando las teclas de su viejo piano japonés. Y el hecho de elegir a un presidente experto en componer y no en descomponer habría sido considerado por deformadores de opinión de la talla de José Obdulio Gaviria una hazaña casi heroica, casi tanto como aquella en que se refundó la patria.

Si fuera primera dama de este nuevo gobierno colosal, tendría que seguir los pasos de mi marido sin musitar, como les corresponde a las primeras damas. De seguro, Óscar les habría quitado los subsidios a los terratenientes y se los habría dado a los músicos. En lugar de cooperantes habría orquestas de barrio y los que no tocaran un instrumento serían considerados automáticamente sospechosos y auxiliadores del terrorismo.

El gremio poderoso no sería Fenalco sino Sayco y muy seguramente bajar música de internet de manera ilegal sería penalizado de la misma forma que hoy se penaliza la dosis mínima. Obviamente se hubiese abierto una licitación para componer la música de un nuevo himno nacional, la cual probablemente también se la habrían ganado los Nule en compañía de William Vélez. A estas horas no tendríamos himno porque los Nule habrían utilizado el anticipo para comprar un costoso Stradivarius y tendrían el trabajo de composición a mitad de camino.

Ahora bien. Tengo claro que no haría todo este esfuerzo solo por amor. Tampoco me convertiría en una primera dama fantasmal y triste como lo fue Lina Moreno, ni en un objeto ornamental, discreto pero elegante, como hasta ahora lo ha hecho Tutina. Semejante sacrificio solo lo haría si mi marido me prometiera que después de él, me toca mi turno, al igual que lo hicieron Hillary Clinton, Cristina Kirchner y Dilian Francisca Toro, tres mujeres que han sido recompensadas por sus maridos de manera generosa y democrática: luego de tantos padecimientos y silencios forzados, han terminado elegidas por sus esposos, quienes las han convertido en herederas de sus fortines políticos. Enhorabuena. ¿No es este un acto del amor más puro y limpio? ¿Qué mejor evidencia que esta para demostrar la fortaleza con que ese gobierno lucharía por la emancipación de la mujer y por impulsar la participación de las féminas en política?

Las que no tengan un marido poderoso que les ponga toda la estructura política a su servicio para que ellas puedan cumplir sus sueños de ser las ventrílocuas del poder de sus maridos, tendrían que hacer la cola y estar atentas a coger su marrano. Ese gesto traería de nuevo el romanticismo a la política y volvería el sexo débil a ser débil, como bien lo pregona nuestro máximo adalid del cartel de la moral, Alejandro Ordóñez.

Las mujeres se convertirían en lo que nunca habrían tenido que dejar de ser: en ventrílocuos de los hilos del poder que manejan sus hombres. La fórmula sería tan buena que hasta nos podríamos ahorrar la reelección porque el primer periodo sería para el marido y el segundo para la esposa. Es decir, se preservarían y fortalecerían las instituciones democráticas y se dispararía el recambio en las élites políticas tradicionales.

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