-¡¡¡Qué queeeeeééééé!!! ¡¡¡No-puedo-creer-lo-que-estoy-viendo!!! ¿Pero es que usted todavía usa cacheteros?
La dueña, la vendedora y mi amiga se han arremolinado en torno a mí y me miran de arriba abajo con una mezcla de espanto y compasión. La escena transcurre en Sweetheart, la tienda de moda en Bogotá, donde mi amiga me ha arrastrado a comprar pantalones. Adriana está aterrada, alarmada, preocupada. Agarra el celular y llama a toda prisa a Orlando, su chofer, para indicarle que nos recoja de inmediato.
-Esto es más importante que todo lo otro -me asegura con una gravedad en la voz que le conocía.- Orlando, a la 85 con 15. ¡Pero vuele!
Media hora antes, Adriana me había recogido en casa para una sesión de compras, tras haber examinado mi clóset con el ceño fruncido y en medio de un silencio claramente reprobatorio. Había planeado el itinerario de aquel sábado por la mañana con admirable diligencia profesional y yo, dócil y aquiescente, al no lograr recordar cuándo había sido la última vez que había ido de compras, a todo decía que sí.
-Jeans -diagnosticó con autoridad-. Lo primero que necesita son unos buenos bluejeans.
-¿Unos Levi‘s, quizás.? -aventuré con timidez.
-¡¡¡Pero cómo se le ocurre!!! Eso ya no se usa. Tiene que comprar los True Religion o los Blue Code. Ana María los tenía puestos cuando vino de Nueva York. Se le veían espectaculares y seguro que a Carlos Alejandro le encantaron. Es que todas, pero todas, mis amigas los usan. Juli, Juanita, Clara.
-Ahhh.
Y la primera parada había sido esa, en Sweetheart.
-Pero, Adriana, si esto no me entra ni con mantequilla -chillé yo desde el vestier- Y además, se me ve hasta la raya, ¡y no solo por detrás!
-Salga ya.
Acaté la orden con humildad extrema y salí del vestier caminando hacia el espejo como si me acabaran de hacer una histerectomía.
-¡¡¡Pero si se le ven diviiiinos, absolutamente divinos!!! -gritaron al unísono mi amiga, la vendedora y la dueña del almacén.
-Es que ella no es gorda -dictaminó la dueña con una sonrisa de tiburón.
-No puedo respirar. Se me sale toda la grasa. ¡Es que no son descaderados sino desrodillados!
Mis calzones, por supuesto, sobresalían por encima del pantalón más que el chaleco del frac del presidente, y las nalgas se me habían expandido hacia los lados por no tener más terreno hacia donde comprimirse.
-No, francamente yo no me veo. Es que yo. Adrianita, pero si es que tengo la sensación de que me han metido un supositorio de uranio empobrecido.
-Si a los hombres les fascinan así, pendeja. Se ve buenísima. ¡¡¡Espectacular!!! Pero. Pero. ¿qué es ese trapo rojo que se le ve ahí?
Adriana abrió los ojos con espanto y se llevó la mano a la boca abierta de par en par. Las otras dos la secundaron al instante horrorizadas.
- ¡¡¡Qué queeeeeééééé!!! ¡¡¡No-puedo-creer-lo-que-estoy-viendo!!! ¿Pero es que usted todavía usa cacheteros?
Y aquí retomamos el catastrófico instante del comienzo de la historia. Yo no entendía ni papa.
-¿Ca., ca-che-qué? -logré titubear, un poco atolondrada.
-Pues esos calzones que tiene puestos. Qué vergüenza.
-Pero si son lo más de bonitos, de Calvin Klein -afirmé yo en un vano intento por salvar mi honor-. Estaban en oferta, compre tres y lleve cinco.
-No, no y no. ¿Y usted se deja ver así? Qué oso. Parece una loba esteparia.
-Pero es que yo. Oiga, usted ha leído la novela de Hermann.
-Camine. Nos vamos ya para Punto y coma.
Entre las tres me desenfundaron el True Religion mientras Orlando nos esperaba con la puerta de la camioneta abierta. Enfilamos hacia la 85 con 15, donde tuve que pasar revista a unos kleenex de bolsillo que mi amiga aseguraba eran los calzones que debía comprar.
-No ve que todas las modelos los usan. Usted sí viene de otro planeta, mijita. No hay nadie, pero nadie, que no sepa lo de la estrella.
-Adriana, es que esas sedas dentales son muy incómodas. ¿No se rompen si estornudo? ¿Eso no talla por allá.?
-Hhhhhjjjjjj, y eso que importa, boba, no ve que uno se acostumbra. Ahora nos vamos para donde Jacinta Santa Cruz. Se va a morir con lo que hay ahí.
La tienda quedaba en un tercer piso, y nos tuvieron que abrir cuatro puertas con rejas y misteriosos zumbidos automáticos para poder entrar. Mi amiga expuso con paciencia ante la dueña mi dramático caso.
-Es que la tenemos que modernizar -finalizó lanzándome una dulce mirada de compasión.
Salí del vestier con una chaqueta de cuero amarillo bordada con hilos plateados, rematados con pedrería brillante. Me veía perfectamente ridícula.
-Bruuuutas. Se ve de muerte lenta. Se la lleva ya, pero ya.
-Esa la voy a usar en un desfile la semana que viene -remató Jacinta, arqueando las cejas con gesto glacial.- Pero ese color no te queda mal. Pilar Moreno se llevó una parecida.
-Sinceramente. Sí, es muy bonita, pero es que yo no sé cuándo voy a usar esto. Y el amarillo me queda del mismo color de la cara. Es que yo soy cetrina.
-Cómo que cuándo la va usar, pendeja -terció Adriana veloz-. Pues para cuando la inviten a una comida. Y no ve que no se puso base y por eso está pálida.
-Pero es que el precio, y la verdad. Además, yo no tengo cenas tan elegantes.
-Qué es esto, por dios. Se la compra ya. Está pero de requeteúltima moda. Todo el mundo va a jurar que la trajo de Europa.
De ahí pasamos a la tienda de Guillermina de Toledo, para probarme lo último de su colección: unas botas verde limón de tacón puntilla. Abrí los brazos para poder caminar sin perder el equilibrio e intentar desfilarle a mi amiga por el salón sin romper la alfombra.
-Le quedan de película -sentenció Adrianita.
-¿Pero seguro que esta es mi talla? -pregunté en un hilo de voz, al ver que después de tocarme el dedo gordo todavía faltaba casi un kilómetro para llegar a la punta del zapato-. Estoy sintiendo cómo me crecen los juanetes en este instante.
-Tranquila que esos se operan -decretó mi amiga.- Duele un poquito pero pasa.
Ya en la puerta de mi casa, Orlando me ayudó a bajar las quince bolsas que contenían cinturones de gigantescas hebillas metálicas con granos de arroz teñidos de color sandía, collares de dieciocho vueltas con la estampita del Sagrado Corazón y una botellita de aceite Johnson‘s que me había comprado de contrabando para poder meterme los True Religion. Adrianita quedó medianamente satisfecha con su tarea y se despidió con amorosa complicidad:
-Bueno, vamos por buen camino. Ahora me hace el favor de quemar hasta el último cachetero de inmediato. -Y tras un largo suspiro emocionado, concluyó-: ¿Puede haber algo más de ataque que ir de compras?
-No, definitivamente no -contesté yo, con la mano en el corazón.

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