“Bienvenido a Pinkhouse Blooms —me dijo sonriendo una voluptuosa joven de ojos verdes que me recibió a la entrada—. Soy Lauren, una budtender de este dispensario. Pasa, por favor. El dueño bajará en un par de minutos”.

Crucé el umbral de la puerta de seguridad y me detuve en el medio de un salón que parecía ser una mezcla entre un bar y una tienda de souvenirs. Pequeñas luces amarillas colgaban del techo e iluminaban una suerte de barra frente a la cual había cuatro taburetes tapizados en terciopelo rojo. Justo detrás, se encontraba aquello por lo cual había viajado a Colorado: índicas, sativas, híbridos de toda clase, decenas de frascos transparentes repletos de flores y tricomas con tonos rojizos, púrpuras y verdes. Bubba Kush, Yoda OG, Grandaddy Blueberry, Girl Scout Cookie, Super Silver Haze… marihuana en todas sus formas. Estantes de cristal con vaporizadores, aceites, chocolates y colombinas en empaques coloridos. Quizá un vistazo al futuro.

Era mi primer día en Denver, ciudad a la que viajé a finales de septiembre para conocer cómo el país detrás de la llamada “Guerra contra las drogas” lidia con la producción legal de marihuana en su propia frontera. El primero de enero de este año entró en vigencia la Enmienda 64 —la iniciativa popular que modificó la constitución estatal para permitir el uso recreacional de la marihuana—, y Colorado se convirtió en un paraíso para los amantes del cannabis. Hoy, más de 400 dispensarios operan legalmente en el Estado, y la oferta de productos incluye desde centenares de variedades de marihuana hasta pizzas y bebidas gaseosas creadas a partir de esta planta. Es el lugar perfecto para ir de compras.

Mi primera parada fue Pinkhouse Blooms, uno de los mayores productores de marihuana de Estados Unidos. Tomé un taxi, le di la dirección al conductor y me bajé frente a un edificio gris y sin nombre, cerca del centro de la ciudad. No había avisos ni señales que lo identificaran como un dispensario de marihuana. Miré los alrededores, pero no pude ver un solo negocio comercial. De hecho, parecía ser un barrio de oficinas y centros corporativos. Algo preocupado, revisé nuevamente la dirección antes de entrar. Descendí una serie de escalones hasta que topé con el vidrio a prueba a balas y la puerta metálica reforzada que sirven como antesala al dispensario. Más allá del vidrio, alcancé a ver un pequeño vivero y un acuario con peces de colores.

Saludé a Lauren, la budtender, quien finalmente introdujo un código en un panel numérico para abrir la puerta. Cámaras de seguridad vigilaban la entrada y cada ángulo del lugar. En una pequeña mesa flanqueada por dos sillones, revistas dedicadas a la marihuana (Highlife Magazine, 420, Westword) promocionaban los dispensarios y ofrecían cupones con descuentos de entre el 10 % y el 25 %. Camisetas grises y azules claras con el logo de la marca —una hoja de marihuana rosa— colgaban de una pared roja, decorada con arabescos, detrás de la barra principal. Sobre esta, había un computador, una caja registradora y un contenedor plástico para dejar propinas a las budtenders.

Joe Rothberger, uno de los dueños de Pinkhouse Blooms, bajó algo apurado un par de minutos más tarde. Tiene 31 años, es originario de Wisconsin y podría ser un clon del documentalista Morgan Spurlock. Su cabello rojizo y su bigote de actor porno le confieren un aire de bromista que contrasta con su manera de hablar sobre el negocio de la marihuana. Pinkhouse Blooms fue fundado hace casi cuatro años por su hermano mayor y dos de sus amigos. Empezó como una pequeña tienda de marihuana medicinal que empleaba a nueve personas. Hoy cuenta con cuatro locales, cerca de 70 trabajadores y un centro de cultivo donde se produce poco más de una tonelada de cannabis cada año. Allá se manejan aproximadamente 140 variedades diferentes de marihuana, entre índicas, sativas e híbridos.

“El comercio de la marihuana podría compararse al del vino —me dijo—. Somos como sommeliers a la hora de seleccionar y manejar la genética de las plantas”. Sus mejores variedades se venden a 55 dólares por 3,5 gramos, y sus ganancias se han disparado desde comienzos del año. Cada vez hay más clientes, me dijo al ver que la puerta se abría una vez más. Mientras hablábamos, por lo menos media docena de personas entró al lugar. Una enorme mujer afroamericana en vestido largo multicolor llegó cantando y saludó efusivamente a Lauren. Un hombre joven de aspecto militar envuelto en un saco de capucha gris escuchó atento los beneficios de una variedad llamada Harlequin —un híbrido 75 % sativa y 25 % índica—, que en lugar de producir efectos psicoactivos sirve para reducir el dolor y las secuelas del trastorno de estrés postraumático. Otro joven, también envuelto en un saco de capucha, compró unos chocolates luego de debatirse entre un vaporizador y un comestible. Todos enseñaban un carné para que los dejaran entrar y luego se dirigían directamente a la barra, donde Lauren los esperaba con una sonrisa.

“El dispensario en el que nos encontrábamos solo podía vender marihuana medicinal —me dijo Rothberger—. Para poder comprar algo, cada cliente debe mostrarnos un carné que lo acredita como usuario de marihuana medicinal. Las cámaras de seguridad que ves alrededor están conectadas directamente a la Marijuana Enforcemente Division (MED), un grupo creado por el Estado para vigilar y controlar el producto, así que tendrás que ir a otro lugar si deseas comprar algo”.

Le agradecí su tiempo y me fui. Una fuerte lluvia oscurecía la ciudad. Por ley, todos los dispensarios deben cerrar a las seis de la tarde, así que algo molesto tuve que posponer las compras para el día siguiente.







Temprano en la mañana, bajo un fresco sol de otoño, salí hacia un barrio industrial de bodegas y amplias casas de madera. Debía encontrarme con Tim Cullen, fundador de Colorado Harvest Company, un negocio que este año proyecta facturar más de 11 millones de dólares, prueba del boom que actualmente vive una industria que hasta el momento ha ayudado a crear más de 10.000 nuevos empleos. Según el gobernador del Estado, John Hickenlooper, se estima que las ventas de marihuana en 2014 superarán los 600 millones de dólares. La cifra podría incluso llegar a los 1000 millones, de acuerdo con cálculos de algunos analistas. En este panorama, los impuestos percibidos podrían alcanzar los 200 millones de dólares.

Cullen, exprofesor de Biología de 42 años y pelo gris, comenzó a cultivar marihuana en 2002 para ayudar a su padre, que sufre de una enfermedad crónica cuyos síntomas parece aliviar el cannabis. Dos años más tarde, cuando le diagnosticaron la misma enfermedad a él, sembró más plantas en su sótano para aplacar sus propios dolores. Luego, en 2009, adquirió el lugar donde nos encontrábamos y aplicó para una licencia de marihuana medicinal. “La bodega está diseñada como un casino, hay varios niveles de seguridad y cámaras por todas partes”, me dijo Cullen, luego de ingresar un código de seguridad que nos permitió entrar a un cultivo en la parte de atrás de su dispensario.

La Casa Blanca gasta anualmente más de 1000 millones de dólares en la “Guerra contra las drogas”, y el control del cannabis juega un papel importante en esa estrategia. Según varios estudios, se estima que más de 40.000 personas se encuentran en prisión por crímenes relacionados con el uso, tráfico y posesión de la droga, lo que le supone al país un costo anual equivalente al PIB de San Marino. En 1970, la marihuana se incluyó en la Clasificación 1 de la Ley de Sustancias Controladas. Esto quiere decir que es considerada una droga con alto potencial para el abuso y que no tiene ningún uso médico.

“Mientras la marihuana siga en esta clasificación, las medidas de seguridad son necesarias”, me dijo Cullen mientras señalaba varias cámaras a nuestro alrededor. “Actualmente, cualquier banco o entidad financiera que preste sus servicios a personas involucradas con este negocio puede ser penalizado por participar de manera indirecta en tráfico de estupefacientes —continuó—. Todas las transacciones financieras deben hacerse en efectivo. Ahora, imagina tener que manejar 11 millones de dólares en billetes”.

Entramos a una amplia habitación repleta de plantas de cannabis de más de 1 metro de altura. Bajo intensas luces amarillas, filas y filas de flores repletas de tricomas opalinos adornaban las puntas de cada rama. En esta sala, me explicó Cullen, las luces se prenden y se apagan cada doce horas, en un esfuerzo por imitar el otoño, la temporada en que la marihuana florece naturalmente en el exterior. En otra parte de la bodega, luces blancas iluminan las plantas más jóvenes durante 18 horas al día para promover el crecimiento que tiene lugar en primavera y verano. En total, el proceso que lleva desde la semilla hasta los brotes que se venden en la tienda tarda casi cinco meses. Colorado Harvest Company maneja una producción perpetua: cada semana se siembran nuevas plantas, lo que garantiza que cada siete días hay nuevos brotes listos para ser empacados. “El Estado monitorea cuidadosamente todo el proceso —me dijo—. MED puede rastrear cada gramo producido por medio de unas etiquetas plásticas amarillas y azules, con códigos de barras situadas en las bases de las plantas y en los empaques finales”.

Recorrimos corredores estrechos hasta regresar a la entrada. En el camino, pasamos frente a un cajero automático convenientemente ubicado a menos de diez pasos de la caja registradora. En la tienda, Cullen me dejó con Beej Jackson, una atractiva hipster afroamericana con lentes gruesos y un tatuaje en el cuello. Era la budtender que se encargaría de asesorarme. Dado que está prohibido fumar en lugares públicos y en la mayoría de hoteles, no podía comprar ninguno de los brotes cuidadosamente organizados en contenedores de vidrio. Los comestibles o un vaporizador eran, por tanto, las únicas opciones.

Le pedí a Beej que me aconsejara y, con una sonrisa, me preguntó por mi nivel de tolerancia. “Es bastante bueno”, mentí. Pasando frente a dos enormes tableros con los nombres de las variedades disponibles, cruzó la tienda y tomó un pequeño cilindro envuelto en plástico. En ese caso te recomiendo estos dulces ácidos, me dijo. Me encantan, sobre todo los azules. Me entregó unas gomas marca Gaia’s Garden, de 18 dólares, y me dejó para atender a otro cliente. Antes de pagar, me distraje detallando la oferta a mi alrededor. En un espacio no mayor a 20 metros cuadrados había una selección de colombinas, gaseosas, chocolates, píldoras para dormir, mentas, 50 variedades de marihuana y todo tipo dulces con nombres como Mountain High Suckers y Mad Mint.

No tenía más citas ese día, así que decidí visitar un estrecho de avenida conocido como el Green Mile, el área con la mayor concentración de tiendas de marihuana en el mundo. A pesar de la posición del gobierno, no es extraño que este lugar exista en Estados Unidos. El cannabis florece en este país. En 2012, más de 112 millones de estadounidenses mayores de 12 años admitieron haber probado alguna vez en su vida la marihuana. Alrededor del 58 % de la población apoya la legalización del cannabis recreacional, de acuerdo con una encuesta Gallup de finales de 2013.

Con la Enmienda 64, Colorado apostó a que en un futuro no muy lejano la marihuana será regulada de manera similar al alcohol. El Green Mile encarna el primer paso hacia esa visión. Más de una docena de establecimientos con cruces de neón verdes y hojas de cinco puntas se encuentran esparcidas en poco menos de una milla. Por ley, la publicidad de la marihuana está prohibida, así que no hay avisos.

Me detuve frente a un dispensario llamado Evergreen Apothecary y toqué un timbre. Un corpulento guardia de seguridad armado con una pistola automática me pidió mi identificación. Al igual que el alcohol, la marihuana solo se puede vender a mayores de 21 años. Le entregué mi cédula y se la pasó a la recepcionista, que me pidió que esperara detrás de una línea a que me llamaran. Un par de segundos después intentó pronunciar mi nombre. “Espera… ¿Eres de Colombia? Ven conmigo”, me dijo. El guardia no reaccionó, así que la seguí con relativa tranquilidad. Me llevó hasta un mapamundi en una pared repleto de alfileres de colores. “Pon el tuyo en tu ciudad de origen”. Debía haber más de 400 alfileres, distribuidos en casi 50 países. Clavé el mío en Bogotá y continué hasta una barra de madera con estantes de vidrio.

Mike, el budtender que me atendería, utilizaba una gorra verde clara, shorts y tenis blancos. Terminaba todas sus oraciones con la palabra “man” y parecía no lograr enfocarme. Me sugirió comprar todo lo que había en la tienda, pero aceptó que los parches de Mary’s Medicinals, de 10 dólares, eran unos de sus favoritos. “Funcionan igual que un parche de nicotina —me dijo—, así que los puedes usar en el trabajo o en cualquier lugar. Te los pones en la muñeca o, para ser más discreto, en el pie”— dijo señalando sus tenis, y empezó a reírse mirando hacia la entrada del lugar—. Estarás trabado durante ocho horas seguidas”.

Compré un parche y un chocolate oscuro marca Bhang, de 20 dólares. El mercado me debía durar por lo menos tres días y, dado su contenido, era más que suficiente. Cada uno de los productos que compré tenía 100 miligramos de THC, el principal compuesto psicoactivo del cannabis. Aunque suene como poco, 100 miligramos es una cifra bastante alta, si se tiene en cuenta que una dosis moderada para alguien sin experiencia puede ser de alrededor de 10 miligramos. Tras Evergreen Apothecary, regresé al hotel y me encerré el resto de la tarde.







Durante los siguientes dos días, visité otro par de dispensarios. Recorrí 3D Cannabis, la tienda donde el primero de enero de 2014, a las 8:00 a.m., se realizó la primera venta de marihuana recreacional en Estados Unidos. Fue 1 onza de una variedad llamada Juicy Fruit. James Smith, el exmarine de cabeza rapada que administra el lugar, me dio un tour por el establecimiento, un antiguo salón de baile que ahora funciona como tienda, bodega y centro de cultivo. Un grupo de hombres de negocios entró a la tienda mientras conversábamos y compró varios cientos de dólares en diferentes productos. 3D Cannabis recibe en promedio 200 clientes al día. Es el primer dispensario que se ve si uno viene desde el aeropuerto, por lo que muchos turistas en excursiones privadas se detienen aquí. En lo corrido de año, el turismo en Colorado ha crecido un 10 %.

Mi última parada fue Ganja Gourmet, un dispensario que hace un par de años funcionó como un restaurante donde solo se servían platos hechos con cannabis. Llegué tarde a la entrevista, pero el dueño me recibió emocionado. Se llama Steve Horwitz y es un hippie de 56 años, con pelo de monje, que fue diagnosticado en la niñez con trastorno de déficit de atención. “Durante tres meses fui dueño del restaurante más increíble de América”, me dijo con los brazos abiertos. En 2009, la ciudad de Denver ordenó cerrar su local después de que una nueva ley prohibió el consumo en lugares públicos.

Horwitz me contó que cocinaba lasañas de carne y verduras, hummus, pizza y tamales a base de cannabis. Los clientes solo podían pedir un plato, pero no era extraño que la gente fumara una dosis extra durante el postre. Me enseñó los space cakes que hoy vendía para los pacientes con carné de marihuana medicinal y la bodega con sus plantas, decorada con un grafiti de Alicia en el país de las maravillas. En el momento estaba trabajando en una bebida energética a base de marihuana, una especie de Five Hour Energy de cannabis.

Antes de irme, le pregunté cuándo creía poder abrir nuevamente su restaurante de marihuana. “Veremos restaurantes en menos de diez años y nueva legislación en menos de cinco”, respondió. “¿Por qué está tan seguro?”, le pregunté. “Bueno —dijo, al lado de un afiche de la Mona Lisa, fumándose un porro—, tal vez se requiera más tiempo. Es posible que aún falte bastante para que el gobierno federal regule la marihuana de una manera diferente. Pero estoy seguro de que sucederá: la marihuana ha salido del clóset”.

Al día siguiente, mientras esperaba mi vuelo, busqué un bar para sentarme a leer. Paseando, descubrí en el medio del aeropuerto un pequeño festival de cerveza artesanal llamado Beer Flights. Diez compañías locales vendían cerveza en un área acordonada que ocupaba gran parte del ala central de uno de los terminales. El festival cerraba temprano, pero había dos bares abiertos a menos de 10 metros. Todos los dueños de dispensarios de marihuana con los que hablé creen firmemente que en una o dos décadas el cannabis se consumirá en público de la misma manera que el alcohol. Se venderá (legalmente) en centros comerciales, restaurantes, a domicilio, en tiendas especializadas. Se encontrará, en una u otra forma, en salones VIP, en tiendas de pueblo, en el supermercado al que vamos todas las semanas. Sentado en el bar del aeropuerto, bebiendo mi segunda cerveza, no pude evitar sonreír al imaginar esa posibilidad.

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