Mi abuelo es un tipo sencillo. Crudo hasta la médula. Poseedor de un humor tan oscuro como sus ojos. Pequeño. Vanidoso. De sonrisa grande y dolor profundo. Mi abuelo es el reflejo de su vida. Piel trigueña con algunas manchas sobre las arrugas que surcan su rostro. Juguetón, alegre y solitario. Mi abuelo es un buen conversador. De dotes remarcables en la cocina y con una mirada serena. Mi abuelo es muchas cosas. Pero hoy, acá, mi abuelo es mi amigo.

Estamos sentados en la sala de su casa, esa misma en la que corrí descalzo desde que tengo memoria. Esta vez no me cuida a mí, sino yo a él. Hacer una lista con los males que lo aquejan sería interminable, desde diabetes, artritis y un trasplante de rodilla, hasta una molestia en la cadera que no lo deja tranquilo. No se queja, no es su estilo, pero cada vez se le nota más al andar que el dolor es demasiado grande. Ha ido a varias consultas, le dicen que es algo normal. Que es la edad. Que intente con terapias. (Lea también: Visita a las monjas marihuaneras)

Hace varios años vive solo, duerme poco y camina bastante. Desde que mi abuela murió, después de casi una década en la que el alzhéimer la convirtió en una extraña ante su propia mirada, él duerme con un vacío al lado. Nos visita muy de vez en cuando, llega caminando lerdo, subiendo escalones lentamente y haciendo chistes cada vez que puede. Hace un año su hermano murió de cáncer y desde ese entonces solo sale a la calle para llevar el teléfono a arreglar, comprar plátanos, escabullirse en alguna panadería o ir al médico. Mi abuelo vive una vida sencilla.

No lo visitaba hace meses. En algún punto entre la enfermedad de mi abuela y mi salto a la adultez dejé de pasar tiempo con él. Creo que es normal. Después de que mi abuela murió todos nos alejamos, dejamos de reunirnos para comer y los cumpleaños se convirtieron en la única excusa para levantar el teléfono. Nunca supe qué sentía mi abuelo y tampoco quise preguntar. Este año viajamos un par de veces con él. En Navidad solíamos comer juntos y en mi cumpleaños nunca falta su regalo.

Hace un par de días mi madre entró al cuarto y me dijo, extrañada, que mi abuelo quería probar marihuana. El tramadol no hizo efecto. Estaba preocupada, lo pude sentir en su voz. Le aterraba la idea de que mi abuelo viviera en dolor constante. Lo discutí con mis padres, les dije que yo podía conseguirla, que un amigo cultivaba y que si mi abuelo quería lo podíamos intentar. Era lo mínimo que podía hacer por él.

Antes de hacerlo investigué bien. Hice un par de llamadas, leí varios artículos y busqué en la Asociación Nacional de Industrias de Cannabis Colombiana (Asocolcanna) algún experto. Conseguí unos gramos de ‘índica’, los molí y empaqué cuidadosamente en una hoja de papel.

—Abuelito, ¿qué sabes sobre la marihuana?

—La marihuana es tremenda. Pero creo que el pisco que quiera consumir tiene que tener la fórmula médica. Pero en todo el mundo dicen que eso es... ¡mejor dicho!

—¿Quieres probar? Te traje un poco.

—Pues… desde que no me vuelva adicto, no hay problema— dice riendo.

—¿Nunca has fumado?

—No, no. Pero tengo mucha tolerancia a las drogas. No creo que me haga.

La primera bocanada es abundante, la marihuana se quema rápidamente y las ascuas que vuelan de la pipa encuentran su final sobre la mesa de la sala. No siente nada. Aspira una vez más. El humo le sale de la boca y se dispersa por el apartamento. Le sugiero abrir una ventana. Mi abuelo dice que no. Está en su casa y no le importa que el olor quede encerrado. Cuando era niño recuerdo verlo escabulléndose a la cocina después de comer y fumar escondido detrás de la lavadora para que mi abuela no se diera cuenta. Ahora nadie puede pelearle. (Lea también: Fumando marihuana con mi papá por primera vez)

Le muestro cómo llenar la pipa. Lo intenta, pero sus dedos torcidos por la artritis dificultan la tarea. Llenarla le toma un minuto. Un minuto más encenderla. Aspira un poco y se atora. Estoy aquí, viéndolo, enseñándole algo que no sabía. Es como ir detrás de la bicicleta en la que está aprendiendo a pedalear.

—¿Cómo te sientes?

—Bien, bien. A mí las drogas nunca me han hecho efecto.

—Bueno. Esperemos unos minutos y me cuentas. ¿Cómo está la cadera?

—Molestando, como siempre —dice apretando los labios.

No pasan más de diez minutos cuando, al intentar levantarse, se tambalea. Le ofrezco mi mano como apoyo y suelta una carcajada que rompe con el silencio sepulcral que habita su apartamento.

—¡Uy, juemadre, estoy como mareadito!

—¿Sí te cogió?

—Sí, sí, uy. No. Mentira, sí.

Lo acompaño al sofá más grande de toda la sala, me acomodo a su lado y empezamos a hablar. Le pregunto por su vida. Me cuenta que se le dañó el teléfono, hablamos de mi trabajo, de mi hermana y de mis papás. Me pide un poco de agua. Siente la boca seca.

—Ya puedes decir que fumaste marihuana, abuelito.

—A los 83 años —dice riéndose.

—Pero bueno, ha sido una vida bien vivida.

—Ya, ya cumplí.

—No, aún te falta. Te queda rato.

—Pero para terminar. Ya los últimos pasos.

Él no lo sabe, pero está tan relajado que sus dedos se enderezan. Coge con facilidad el pocillo de peltre en el que está el agua, bebe y lo vuelve a dejar en la mesa. De su boca escurren con torpeza un par de gotas y le mojan el buzo verde que combina con la cojinería del lugar. Tiene una sonrisa impresa en el rostro. Está tranquilo. La conversación sigue durante varios minutos.

—Abuelo.

—¿Ah?

—¿Cómo sientes la cadera?

—A ver —de repente empieza a levantar la pierna mientras sigue sentado, la agita, se la lleva al pecho y se toca la espalda. La baja. Hace un par de círculos con la cadera y sonríe— ¡Ya no duele! No siento nada de dolor.

Por la ventana de la sala se puede ver el parque. Un hombre pasea a su perro. El border collie agita la cola hiperactivo y voltea a mirar cada dos segundos a su amo. Sé que mi abuelo también lo puede ver porque tiene la mirada clavada en el animal. Sigue sonriendo. Le tomo la mano y le pregunto en qué piensa. Se acomoda en el asiento y con una mueca suave me responde:

—No, no pienso en nada, solo estoy muy relajado.

Acomoda de nuevo la cabeza sobre el espaldar del sofá y mira al techo. El tiempo pasa rápido, mi abuelo me pide un poco de jugo de piña y un banano. Según sus indicaciones, la fruta debe estar encima de la nevera. Voy a la cocina y busco lo que me pide. En el camino me doy cuenta de la cantidad de portarretratos que tiene. En casi todos está mi abuela. Le llevo el banano y el jugo en el mismo pocillo de peltre en el que tomó agua.

—Ahhh, qué jugo más refrescante.

Deja el pocillo en la mesa y empieza a pelar el banano delicadamente, como si temiera hacerle daño. Baja una tira. Dos. Tres. Cuatro. Lo muerde. Lo saborea.

—Y el banano. Es el mejor banano que me he comido en la vida.

—Sí, los sabores se van a resaltar un poco más cuando fumes.

—Ah, no. Mejor. Esto está muy sabroso.

Masculla un poco y sigue mirando al techo. Pone su mano sobre la mía. No dice nada pero sé que eso significa algo. Mi abuelo confía en mí y yo en él. Siempre ha sido así, incluso cuando mi abuela enfermó, cuando se convirtió en un viejo arisco cansado de ver al amor de su vida desvanecerse, cuando bajó más de diez kilos producto del estrés, cuando le reemplazaron la rodilla por un pedazo de metal y no podía caminar sino apoyado en un bastón, cuando los dedos empezaron a torcerse y la espalda a encorvarse, cuando mi abuela murió en una soleada mañana de noviembre y él lloró y echó enfurecido a mi padre de la casa cuando intentó entrar, cuando la cremaron y tuvo que volver a su casa a dormir solo. Él confía en mí y yo en él. Porque eso hacen los nietos con sus abuelos. Porque no sé qué más podría hacer. Y porque eso es lo que su mano me hace sentir.

Cuando era niño solía alternar entre las casas de mis dos abuelos en vacaciones. La del sur era la del padre de mi madre, allá aprendí sobre el Che Guevara y Gabriel García Márquez. También vendí limonada y fui al Parque Ciudad Montes a perseguir a mi abuelo en mi carro naranja arrastrando los pies. La del norte es la del padre de mi padre, en donde estoy hoy. Acá veía caricaturas y me tocaba ir a misa los domingos. Le pido a mi abuelo que me mire, que abra los ojos. Están un poco rojos.

La sonrisa que tiene estampada en la cara no tiene precio. Está feliz. Ya no quiere hablar más, solo quiere escuchar. Le cuento sobre los últimos viajes que he hecho. Siempre que hablamos es sobre eso. Él me cuenta que recorrió Colombia en tren con mi abuela, que llegó muy lejos. Me dice que siempre trabajó y nunca faltó comida en la casa. Que era un gran futbolista. A veces me cuenta cómo fue el Bogotazo. Mi abuelo siempre ha querido lo justo, nunca fue ambicioso y jamás tuvo más de lo que necesitaba. Solo recuerdo las risas en la infancia, su bigote que aún intenta pintar creyendo que nadie se da cuenta, la peinilla que cargaba en el bolsillo para no estar despeinado y los concursos después de almuerzo para ver quién podía sacar más barriga.

Le pregunto una vez más por su dolor. Responde que no siente molestia alguna. Sus dedos no están inflamados y camina con tranquilidad. No ha fumado más marihuana, no está pasmado.

—¿Cómo vas, abuelito?

—Bien. Bien. Todo está perfecto.

Creo que no lo había escuchado decir que todo estaba perfecto desde hace más de diez años. Su vejez no ha sido traumática, pero ha tenido momentos complicados. Cuando le diagnosticaron diabetes la vida le cambió. Los dulces, las gaseosas, el pastel. Cuidarse no era algo que le interesara, pero tuvo que aprender a lidiar con eso. Siempre ha sido despistado. Me lo he encontrado en la calle caminando con las gafas sin un lente. Alguna vez llegó a la casa y le escurría sangre del brazo porque no se había dado cuenta de que tenía un corte profundo. Cuando fuimos a una piscina se metió con las medias en un bolsillo y la billetera y el celular en otro. Quemones, cortadas, moretones.

Mi abuelo no es precisamente cuidadoso. Por eso vigilo cada paso que da como si estuviera aprendiendo a caminar. Se sigue riendo. Le pregunto cuánto tiempo cree que ha pasado.

—No sé. Quince o veinte minutos.

—Tres horas, abuelito.

—¡Ave María! —responde abriendo los ojos y riendo.

El hambre pasa. El mareo ya no está. El dolor no vuelve. Nos levantamos del sofá y seguimos riéndonos de la experiencia. Caminamos por la casa. Limpiamos un poco la sala, recojo las cenizas y le dejo la pipa limpia. Le dejo un poco de marihuana envuelta en el papel sobre un cenicero de cristal. Busco mi chaqueta y vuelvo a revisarle los ojos. (Lea también: Mi historia con la marihuana (las mejores anécdotas de Fanny Kertzman))

Antes de irme le digo que me llame si algo pasa y si siente que la marihuana le sirvió. Al otro día lo hace. Está contento. Vuelvo a contactar a un experto en el tema, que accede a visitar a mi abuelo para hacerle un seguimiento médico utilizando marihuana como tratamiento para su dolor. Le cuento de la experiencia con mi abuelo y se emociona. Me explica que los efectos que vi son producto de los componentes del cannabis. Menciona términos como anandamida, THC y CBD. Me cuenta sobre varios pacientes que tiene, algunos con cáncer, otros con esclerosis múltiple y un par de epilépticos. Debatimos un poco sobre la dosis mínima y la satanización de la planta. También menciona que se puede utilizar en pacientes con alzhéimer. Me gustaría haberlo sabido antes.

—Abuelita, ¿fumarías con nosotros?

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