Hice turismo. Hace tiempo que no lo hacía pero acabo de hacerlo —Cairo, Luxor, Dahab, Jerusalén, Venecia— y sigo impresionado. Para entendernos: cuando digo turismo digo viajar sin otra justificación que el viaje mismo. No viajar para contarlo, no para hacer negocios, no para ver amigos o amores o enemigos o amores enemigos, no para perorar subido a algo, no para escuchar a quien canta o perora, no para ver a un médico o un brujo o uno de tantos monjes; no, turismo es viajar para nada en particular y tanto al mismo tiempo. Viajar para viajar: el viaje, digamos, en su forma más pura.

El turismo es uno de los grandes inventos de la civilización contemporánea. No porque sea un gran invento; lo es porque se ha desarrollado tanto que cada vez influye más en nuestra vida. Para empezar, es un negocio decisivo: con el 10 % del PIB mundial, con 1000 millones de practicantes cada año, el turismo da trabajo a multitudes, se lo quita, cambia nuestras ciudades, campos, costas, consigue que personas muy lejanas se conozcan o desconozcan más.

El turismo es una gran metáfora de la civilización contemporánea: una actividad impetuosa, omnipresente, que podría no existir y no pasaría nada. Salvo, por supuesto, para los millones que se quedarían sin empleo. Y millones, quizá, sin ilusión. El turista es un ser contradictorio, ejemplo de la cultura actual: la cultura de masas con pretensiones de exclusiva. Todos desdeñamos al turista; todos lo somos, en algún momento. Todos, cuando estamos en nuestras ciudades, hablamos pestes de esos gringos que vienen a arruinar nuestros paisajes, vaciar nuestros barrios de sí mismos, molestarnos. Todos, cuando estamos en ciudades ajenas, ejerciendo nuestra condición, nos herniamos el índice haciendo fotos que deben mostrar el decorado y nuestras sonrisas, y evitar cuidadosamente la evidencia de que el entorno rebosa de turistas. Por eso para un turista no hay nada mejor que la sensación de que ha llegado a un lugar “donde no hay turistas”, ese rincón escondido donde los turistas —los otros turistas— no consiguen llegar. El turista suele creer que no lo es: que él no es como esos. El turista, cuando lo es y cuando no lo es, detesta a los turistas.

Pero lo somos, y serlo es un esfuerzo ímprobo. No solo porque hay que caminar como un poseso, ir de acá para allá cual bola sin manija, pasarse horas y horas ejercitando músculos perdidos; lo es, sobre todo, porque el turista debe maravillarse todo el tiempo. Ser turista es aceptar la obligación de la maravilla permanente: oh, ah, cáspita, guau. Para eso uno se esfuerza, ahorra, lee guías, pispea Wikipedia, vuela, duerme en camas ajenas, come lo incomible, paga lo impagable, se deshidrata, aguanta. A cambio, nos sentimos destruidos pero satisfechos por tanto arte y tanta historia y tanto momento irrepetible y tantas experiencias. En la jornada del turista todo debe ser increíble, genial, instructivo, sublime; el turista que no se maravilla está perdiendo plata —e ilusión y trabajo y un buen relato para los largos meses de abstinencia.

Entre esa obligación y el tormento de las selfies, el turista no tiene muchas oportunidades de ocultar los dientes: la sonrisa constante es su cara y su cruz. Salvo, quizá, cuando practica esas variantes extremas, que se tocan: el turista religioso, también llamado peregrino o gringo en Benarés, que puede reemplazarla por la boca medio abierta de la adoración; el turista sexual, también llamado compañero o huevón en La Habana, que quiere reemplazarla por la boca medio abierta del deleite.

Pero aquí, en Venecia, el turismo es un gran oh. Venecia es tan bonita y es el epicentro del turismo del mundo, una ciudad de 60.000 habitantes que recibe, cada día, otras tantas visitas: 5000 toneladas de carne de turista todas las mañanas, avalanchas de cuerpos decididos a maravillarse sin descanso —y de ser posible en góndola—. Venecia es, en todos los manuales, el ejemplo de los efectos del turismo: la vanguardia de ese parque temático en que se van convirtiendo cada vez más ciudades.

El turismo está cambiando el mundo: obliga a los lugares a parecerse más y más a la imagen que sus visitantes tienen de ellos, a volverse más típicos, más tópicos, más tontos —a declinar sus peculiaridades para amoldarse a la postal—. Culturas que se pierden, que se banalizan, poblaciones que ya no inventan sino maneras de servir. Es, en última instancia, aterrador. Y sin embargo, a veces, me gusta ser turista: no hay actividad más desprendida, menos pretenciosa. Consiste en entregarse: dejarse llevar por el saber de otros —guías escritas, guías humanas, los lugares comunes, las postales— y descansar de sí mismo por unos pocos días. Por eso, supongo, las llaman vacaciones.




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