Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro, pero no tengo perro. Me encantaría querer a un mi perro —por conocer tanto a los hombres—, solo que no puedo, no soy capaz: no tengo perro, no soporto a los perros.

—O sea, que les pone cara de perro.

—¿Y no sería cara de hombre?

No los soporto. Los perros ladran, lamen, gimen, saltan, demandan atención, se expresan —ay, se expresan—, pierden pelos, ocupan un lugar, molestan. En un mundo donde hay tanto para pensar, no me interesa pensar en sus comidas, en sus pulgas y mocos y moquillos, en sus afanes amatorios —aunque la idea de castrarlo sí me da gustito—, en sacarlo dos veces por día, en oler olor a perro en mis sillones, en temer el desconsuelo de su muerte. El mundo está lleno de cosas más seductoras que un mi perro. Pero no tengo perro, sobre todo, para no participar de una de las escenas más humillantes de la urbanidad contemporánea: la del señor o señora que, tras la deposición de su querido chucho, sacan de sus carteras o bolsillos un plástico generalmente transparente o bien traslúcido y, acuclillándose, de rodillas ante el tamaño de su humillación, recogen la mierda del animal cual si un tesoro. En eso nos hemos convertido: legiones de fulanos y fulanas manipulando la mierda de los perros con una soltura que no usarían para la propia o la filial, genuflexos ante la mierda de los perros, entregados a la mierda perra.

—Huy, Fido, hoy te salió blandita.

Alguna vez se les hará justicia. Las legiones mefíticas son uno de los grandes milagros de nuestra cultura: que millones de personas civilizadas manoteen soretes por mor de corrección política o temor de una ligera multa es un signo decisivo de los tiempos.

—Estoy orgulloso de usted, Chuchín, así me gusta: redondeada y maciza.

No sé, en realidad, si lo que no soporto son los perros o los dueños de perros —pero en general todo perro tiene un dueño y viceversa, así que forman un par indisoluble. Los perros tienen dueños o, incluso, amos: un perro se compra, se adquiere a voluntad, no exige ningún esfuerzo previo, ningún mérito; solo el módico de ganar unos dineros extras o conocer una perra lo bastante perra. Los perros tienen amos, los amos tienen perros: poseer un perro es una de las formas más tristes, más pobrecitas del poder. Un poder que se ejerce sin mérito ni esfuerzo, por mera condición: yo soy un hombre, usted es un perro, yo soy su amo, usted me pertenece. Como poder es triste, poca cosa.

—Salte, Bobby. Siéntese, Bobby. Salude, Bobby. ¡Bobby, le digo que salude, caramba!

Los perros, alguna vez, supieron ser lobos, animales temibles, manadas que competían con los hombres por la carne sangrienta. Después los hombres progresaron, empezaron a comer lechuga y chinchulines y truchas y tronchas de alcachofa, a comer pura gula, a comer cara a cara, y sometieron a los perros. Hace unos diez mil años, los perros vendieron su natural bravío y se volvieron empleados domésticos: a cambio de un poco de comida y de cobijo —todavía no era preciso recogerles la mierda— se pusieron a trabajar como perros. Eran los tiempos en que servían para algo: cuidaban los rebaños, protegían, tiraban de trineos. Después el poder de los hombres aumentó tanto —boeuf bourguignon en porcelana bávara, big mac con queso, viajes a la luna— que ya ni siquiera necesitaron que los perros trabajaran para ellos. O, por lo menos, no de pastores o guardianes; ahora hacen de escorts, compañía tarifada.

—Sí, no me extraña que las llamen perras.

—¿Usted se cree que es por eso?

—¿Y por qué va a ser, si no? ¿Por Lassie?

Los perros son compañía para solos, sumisión para débiles, fidelidad para cornudos rutinarios. Los perros no solo permiten que sus dueños ejerzan un poder barato y se llenen de mierda; también que se vuelvan idiotas, les hagan cuchicuchi como no se lo harían a ningún amante, les peguen coscorrones con los labios apretados como no se lo harían a ningún enemigo —por miedo a su respuesta—, les jueguen horas y horas con pelotas y aros y huesos de plástico como nunca le han jugado a ningún hijo, porque un perro le permite a su dueño no cortarse, descontrolarse sin temor al qué dirán: total, un perro no juzga, ni siquiera cuenta. Los perros —a diferencia de los hombres, o de algunos hombres— toleran cualquier cosa. Los hemos vuelto indignos —y a nosotros con ellos—: los convertimos en estos juguetes desdichados que, muy de vez en cuando, se rebelan y se revelan y se comen a un chico. El perro es, tras tanta humillación, un resentido: un ser plagado de rencor que sabe muchas cosas de su dueño y se muere del odio de no poder contarlas, de la tristeza de seguir tragando: un perro —la relación de un perro con su dueño— es una metáfora demasiado fácil del mundo en que vivimos. Y, por eso, ni siquiera los dejamos defecar tranquilos: en cuanto logran aliviarse un poco les sacamos su mierda, para que no se crean.

PD: espero que nada de esto sea interpretado como una defensa de los gatos y sus dueños. Los gatos son la vergüenza de la familia felina: grandes cazadores convertidos en cojines ronroneantes ligeramente móviles. La diferencia básica entre perros y gatos es que producen excrementos diferentes: en el perro, los soretes tremendos; en el gato, el olor de su orina. Uno es la materia; el otro, los aromas en el aire; estudias o trabajas ya no se usa en los boliches enrollados. Ahora, entre los jóvenes ecololós conscientes amadores de animales, la pregunta es ¿vos qué preferís, amasar mierda u olfatear orines? Pero un gato no es una mascota verdadera: un gato es un suplente vergonzante, eso que tienen quienes no se atreven a tener un perro —y te lo dicen, no, la diferencia es que el gato es tan independiente, está pero no está, no te hace caso—, los que quieren tener un animal para imaginar que no necesitan tener un animal, los tibios y mediocres: la mayoría del mundo. Somos, en general, gatitenientes, es nuestra condición: tanto, que para serlo ni siquiera necesitamos tener uno.

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