Patricia y yo por el Marché Saint-Pierre, caía la tarde.Hacía frío, yo llevaba unos meses en París, Patricia se pronunciaba Patriciá y el Marché Saint-Pierre era -es, supongo, todavía- una calle de Montmartre donde venden telas muy baratas: vaya a saber cómo había conseguido unos francos para comprarme dos retazos y poner una cortina en la ventana de la chambre de bonne donde vivía. Las chambres de bonne eran -son- esas piezas del sexto piso de los edificios burgueses parisinos, sin baño ni ascensor, donde muy antaño habitaban mucamas y, antaño pero no tanto, jóvenes, estudiantes, forasteros. En 1976 yo era casi todo eso y, además, bastante pobre. Ser pobre en París es un lugar común de la literatura mala.
-Ay, cuidado. ¡Pero, señor.!
El tipo la había atropellado y Patricia lo miró con odio. El tipo era un vagabundo asaz borracho y siguió su camino vacilante, pero a mí me pareció, supongo, que un caballero andaluz no permite que se ofenda así a su dama, y lo alcancé:
-Eh, podrías mirar por dónde caminás.
El tipo debe haber pensado que podría pero no quería -como podría tantas otras cosas que había elegido desechar: uno se hace vagabundo porque podría pero prefiere no poder- y me miró cansado: hastiado. Yo traté de prolongar una escena que ya se había acabado:
-Bueno, por lo menos pedí perdón.
Le dije -porque en esas situaciones uno ya no sabe qué más- y el tipo me tiró un golpe que vi venir durante el tiempo suficiente para acordarme de la formación completa de Boca campeón 1962 y un par de estrofas de Verlaine. No llegaba; cuando, por fin, el golpe estuvo cerca de mi cara la corrí hacia atrás lo suficiente, solo lo suficiente: un caballero andaluz no retrocede, solo esquiva. La mano del tipo me rozó la boca muy de lejos; yo lo empujé y le dije que se fuera, que no me gustaba pegarles a los borrachos. Un caballero andaluz no hace esas cosas.
El tipo se fue, tambaleando, y yo me volví hacia donde me esperaba Patricia; su cara me asustó. Patricia estaba blanca, como alelada, y me miraba. Yo le pregunté si estaba bien, si le había pasado algo y ella tartamudeó:
-No, no, vos, vos.
-¿Yo qué?
-Vos, vos.
El diálogo no estaba mejorando; yo, para mostrarle que no tenía ningún problema, hice el viejo gesto de abrir los brazos y bajar la cabeza, como quien se revisa y dice todo bien: fue ahí cuando la vi.
-No, vos, mirá, fijate.
Yo, en efecto, tenía la camisa chorreada de oscuro: debía ser mi sangre, pero no podía entender de dónde había salido. Fruncí el ceño; Patricia consiguió articular:
-Ahí, al lado de la boca, sí, tenés una herida horrible.
-Bueno, no será para tanto.
Le contesté, muy displicente: no solo porque los caballeros andaluces no se preocupan por esas minucias sino, básicamente, porque no sentía ningún dolor.
-Sí, sí, está horrible.
Yo le dije que no -las mujeres, ya se sabe, tan espamentosas- y que siguiéramos buscando mi cortina. Entramos a un negocio: cuando manché la primera tela con dos gotas de sangre pensé que me la iban a querer cobrar y que mejor irse a otro lado. Patricia me convenció de entrar a una farmacia y le pedimos a la farmacéutica que me curara. La señora nos dijo que cómo se nos ocurría, que al hospital: su cara fue toda una advertencia. Me miré en un espejo y no era lindo: me habían crecido labios en un lugar equivocado. (Y ahora, tantos años después, pienso cuánto me habría gustado citar, en ese trance, aquellos versos de Quevedo: arrojar la cara importa,/ que el espejo no hay por qué. Pero no me salió; la próxima vez que lo escriba voy a incorporar esa mejora).
En el hospital público me atendieron una estudiante y su maestra, pero la que me cosió fue la novata. Me había dicho que no valía la pena ponerme anestesia porque eran nada más dos puntos, pero cuando me tuvo en la camilla con la cara tapada le gustó -parece- la lección:
-Mire, si le ponemos un punto más va a quedar perfecto.
Me dijo seis o siete veces: yo la agraviaba en arameo. Después me dieron un par de vacunas y me mandaron para casa: tenía que volver diez días más tarde a sacarme los puntos. Parecía lo más fácil; no lo fue:
-Sí, primero pase por esa ventanilla, tiene que pagar el tratamiento que le hicieron.
Yo pensaba que el hospital francés era gratuito; recién entonces descubrí que lo era para los integrados, los que formaban parte de la seguridad social, de la sociedad segura, de esas cosas: yo no era. Y no tenía un centavo.
-Mire, si quiere puedo pagar el retiro de los puntos, pero el resto no puedo, no me alcanza.
-No, no podemos hacer nada si usted no paga.
-Por eso le digo: le pago esto que me tienen que hacer ahora y el resto en otro momento.
-No, para que lo atendamos tiene que pagar todo.
No hay nada más estúpidamente inflexible que un burócrata francés -excepto, quizás, un burócrata de cualquier otro lado. Mi caso no avanzaba: me senté e hice como que pensaba. Curiosamente -era mi día de suerte- llegué a una conclusión: el hospital municipal estaba obligado a atenderme. Si la ciudad de París no podía garantizar la seguridad de las personas que caminaban por sus calles, que ofreciera por lo menos los cuidados médicos que semejante gesta requería, pensé, y volví a decírselo al burócrata. Mi francés era, en ese entonces, relativo. El cajero me dijo que no, que me entendía.
-No, yo le entiendo, quizás hasta tiene razón. El problema es que yo no puedo decidir esas cosas. Le sugiero que vaya a hablar con la enfermera jefe de esta planta.
Fui a hablar con la enfermera jefe de esa planta: resoplaba, pero me dijo que fuera a hablar con el jefe de sevicios no sé qué. Y el jefe de servicios no sé qué que con el contador y el contador que con el otro. Hablé con cinco o seis personas y a todos les repetí mi idea, cada vez más pulida: que si la ciudad de París no podía garantizar la seguridad de las personas que caminaban por sus calles, que ofreciera por lo menos los cuidados médicos que semejante gesta requería. El sesquicientos me dijo que me entendía pefectamente pero que el único que podía autorizar que no se me cobrara era el director del hospital: que por qué no iba a verlo. Faltaba más: fui a verlo. Yo era un joven tozudo.
-Buenos días, qué se le ofrece.
Me dijo, sin mayor charme, la cacatúa. La cacatúa debía tener treinta o treinta y dos pero a mí, entonces, me parecía la pirámide de Kheops: la juventud es ciega. La cacatúa era la secretaria del director del hospital y estaba, cuando llegué, charlando con otras dos de su calaña. La cacatúa me dijo que el director estaba muy ocupado y que le contara a ella mis razones.
-.y entonces, como le digo, que por lo menos me den los cuidados médicos necesarios. Porque lo que yo no entiendo es esta violencia innecesaria.
Le dije, ya envalentonado: que yo entendía ciertas formas de violencia pero no este tipo de violencia completamente innecesaria que veía en las calles parisinas -y, ahora, en mi cara.
-¿Usted de dónde es?
-Argentino.
-¿Usted es argentino y me habla de violencia?
Dijo la cacatúa y las tres se rieron. En 1976 no había tanta gente que supiera lo que estaba pasando en mi país; la cacatúa resultó, para mi sorpresa, una chica más o menos informada.
-Yo le dije innecesaria, violencia innecesaria.
-¿Y qué sería la violencia necesaria?
Yo estaba muy dispuesto a explicárselo: en esos años yo creía que debía desasnar al mundo. Entonces le dije que si alguien no tenía para comer y ejercía violencia para conseguirlo, esa era violencia necesaria. O que si alguien pasaba frío y ejercía violencia para cubrirse, esa era violencia necesaria.
-¡O si alguien no tiene para curarse y ejerce violencia para que lo curen, esa es violencia necesaria!
Dije, ya exaltado, puñetazo en la mesa. Solo más tarde, ya tranquilo, ya fuera, entendería que lo que dije, tan pedagógico, sonó a bruta amenaza. Lo cierto es que las tres cacatúas lo entendieron enseguida y se aterraron a los gritos. Ante lo cual el director del hospital abrió la puerta para ver qué pasaba. Me preguntó, yo le expliqué que el otro día por la calle me habían hecho esta herida:
-Y mire, doctor, si la ciudad de París no puede garantizar.
Al final el director dijo que bueno, que me sacaran esos puntos. Yo imaginé que había ganado algún combate -y, años más tarde, recibí una factura del hospital de marras: fue la primera vez; desde entonces, la he seguido recibiendo cada tanto. La cicatriz, en cambio, no se ha movido nunca de mi cara.
Una cicatriz es el triunfo del capricho. Establece una marca, la obligación de la memoria: toda mi vida -cada mañana, en el espejo, cuando me contorsione para aplicarme la espuma de afeitar- recordaré un episodio menor que me sucedió hace casi treinta años en el Marché Saint-Pierre. Es, en algún punto, una injusticia: eventos mucho más importantes se me pierden, se me olvidan porque no puedo ver sus marcas. Y es curioso, sobre todo, que el azar de la mano del vagabundo asaz me obligue a recordar ese momento bobo: que la vida se me construya tan de afuera, que no pueda definir mi propia historia.
Un día -uno de esos días en que mi cicatriz me hacía pensar en estas cosas- supuse que sería tanto mejor si uno pudiera hacerse cicatrices a propósito, en los momentos señalados: marcas que forzaran la memoria de lo que nos importa recordar. Me pareció una gran idea durante diez minutos; después me di cuenta de que esas cicatrices existen, y se llaman tatuajes. Son, supongamos, modos de la violencia necesaria.

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