Yoora y Mikela tenían 10, 11 años: nenas de mundo dispuestas a hacer todo lo necesario para parecerse a los modelos que el mundo les propone. Yoora y Mikela tenían faldas, un aro, un anillito, sonrisas, pelos alborotados, y estaban escuchando música de radio en un claro con un árbol de pan que podía ser una plaza o el patio de un colegio o un claro con un árbol —de pan—. Yoora y Mikela me decían que Majuro nunca es muy divertido, pero que si quería podían llevarme a ese lugar.

—Es un poco lejos, pero podemos ir.

En Majuro, un poco lejos nunca es demasiado lejos —aunque Majuro es sinónimo de lejos—. Majuro es la capital de las Islas Marshall, el lugar más lejos que conozco. Seguramente nunca vuelva a estar tan lejos: no lejos de casa, lejos de un continente, lejos de mis míos, lejos de nada en especial; lejos, perfectamente lejos, un lejos que no precisa especificación ni complemento.

—Vamos. Te llevamos.

Las Islas Marshall son un archipiélago de la Micronesia: 1200 islas e islotes y 70.000 habitantes en el justo medio de la nada, a miles de kilómetros de cualquier otra cosa, en el océano Pacífico. Y Majuro es su isla capital.

—¿Vamos derecho por acá? —les pregunté. Yoora y Mikela me miraron como si fuera tonto —y solo era recién llegado.

Majuro es un atolón: los atolones son coronas de coral que se formaron hace millones de años alrededor del pico de un volcán que asomaba de las aguas. Después se hundió el volcán y quedó solo el coral: un anillo de coral y tierra que rodea al vacío —ahora lleno de agua— donde el volcán estaba; el mar adentro, el mar afuera. La tierra en Majuro tiene 50, 100 metros de ancho: siempre se ve el mar a los dos lados, y en el medio esa calle que va de una punta a la otra, el único camino.

—Sí, claro, derecho por acá.



Caminamos; la ruta era un puente largo y torpe. A los lados, cercadas por el mar, las casas, y entre ellas más árboles de pan, los flamboyanes, cerdos, gallinas, el barullo del mar, los olores del mar, la amenaza del mar, las tumbas de los parientes —que descansan en sus pequeños huertos al lado de los vivos, junto al mar—. Las Islas Marshall existen muy poquito. Son uno de esos cuatro o cinco países que no están afiliados a la Fifa, porque —me explicaron— en sus tierras angostas no cabría una cancha de fútbol. Y solo tuvieron, en toda su historia, 15 minutos de fama cuando los americanos explotaron la bomba atómica más bestia en uno de sus atolones, Bikini, que se convirtió rápidamente en una forma de mirarse.

—¿Ustedes saben lo que es bikini?

—¿Cómo no vamos a saber?

Me dijo Mikela, y le pregunté si sabía de dónde viene la palabra y me dijo que claro, del inglés. Muchos chicos de Majuro hablan inglés porque solo sueñan con irse a Estados Unidos antes de que su isla se hunda. Si alguna vez se cumple la profecía apocalíptica del calentamiento global, esta isla, con una altura máxima de 3 metros sobre el nivel del mar, va a ser la primera en desaparecer. Yo estaba allí por eso: trabajo de buscar dramas por el mundo.

—¡Es acá, es acá!

Acá no era nada, o algo muy parecido a nada. Después, de a poco, la fui viendo: otra playa llena de basura, solo que en este caso la basura eran coches. Coches muertos, golpeados, oxidados, con un nivel de violencia que parecía de otro lugar; entre los coches, una banda de chicos entre 10 y 15 jugaban a punk, a rock star, a superhéroes.

—¿Viste que era increíble? —me dijo Yoora, y me explicó que las tardes, después de la escuela, los chicos más cool de Majuro venían a encontrarse con sus amigos en el cementerio de los coches. Que jugaban, bailaban, se inventaban videoclips que nadie miraría, se inventaban amores que tampoco. Mikela abarcó todo el lugar con un gesto magnífico del brazo:

—¿No es igualita a Nueva York?

Me preguntó o me dijo, y yo no supe qué decirle o, mejor, cómo decírselo. Entonces ellas me miraron con un poco de pena, porque entendieron —digamos que entendieron— que me moría de envidia.

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