Y a medida que fui metiendo goles y superando barreras, supe que en algún momento terminaría en el Guinness. Lo que jamás imaginé es que lo haría por la puerta grande: ¡errando tres penales en un partido! Nadie lo había hecho hasta ese momento y nadie lo repetiría, al menos hasta ahora.

Fue una noche rara aquella contra Colombia, por la Copa América del 99. Era mi segundo partido oficial en la selección argentina. Tenía 25 años, no era un pibe. Había vivido mi gran explosión con Boca en el segundo semestre de 1998: fuimos campeones invictos y terminé como goleador del campeonato, con 20 goles en 19 partidos, una cifra que aún es récord.

Para esa Copa América no pudieron estar ni Batistuta ni Crespo, así que la 9 fue para mí. Mi estreno oficial fue ante Ecuador, y ganamos 3-1 con dos goles míos. A los tres días, nos tocaba Colombia. El paraguayo Ubaldo Aquino era el juez, que sería presa de una ‘penalitis’ aguda: ¡pitó cinco! Apenas se convirtió uno.

A los cinco minutos, pitó el primero. Yo era el encargado, así que no hubo dudas. Le pegué un zurdazo fuerte, alto y al medio. La pelota dio en el travesaño y se fue para arriba. Cinco minutos más tarde, penal para Colombia y lo convirtió Iván Córdoba. En el segundo tiempo, hubo otro penal para ellos. Pateó Ricard y atajó Burgos. Faltando 15 para terminar, Aquino otra vez marcó penal a nuestro favor. “Esta es la mía”, pensé. Agarré la pelota y me la puse bajo el brazo. El Ratón Ayala me preguntó si estaba bien para patear y le contesté que sí. Para asegurar, disparé cruzado. Calero se tiró para el otro lado, pero mi remate se fue por arriba. Enseguida me agarré el pantalón y me lo subí casi hasta el pecho. La foto de ese instante quedó para la posteridad. Me da un poco de vergüenza.

Después del segundo yerro pasé a ser un fantasma: no escuchaba lo que decían mis compañeros ni lo que gritaba la gente. Aunque no era la primera vez que erraba un penal, siempre lo había podido revertir en el mismo partido. Encima, poco después Colombia metió el 2-0 y el 3-0.

Me hicieron otro penal en el último minuto. Agarré la pelota, miré al banco y no vi ninguna indicación. Tampoco ningún compañero vino a pedirme patearlo, porque se lo habría dado. No pasaba por un capricho. Estaba solo con mi alma. No quería que se me fuera por arriba, así que le di a media altura, de nuevo cruzado… Calero adivinó la dirección y me lo atajó.

Jamás había sentido algo así. Cambié mi camiseta con Bermúdez y me fui al vestuario. Mis compañeros me dieron una palmada de aliento. Sabía que se me venía una complicada. En la concentración, el clima era de velorio. Recibí 1000 mensajes de apoyo, pero no quería atender. Sí hablé con Bianchi y con Maradona. “Hasta yo erré dos penales en un partido, así que tranquilo”, me dijo Diego, un fenómeno.

Ese domingo no pude dormir. Al día siguiente, Bielsa me llamó. “Usted fue un egoísta”, me dijo sin vueltas. Le contesté que yo era el encargado de patearlos y que nadie se había ofrecido. Y me mataron los diarios: “El tronco de América”, era lo más suave que decían. Incluso se llegó a anunciar que las acciones del Fondo de Inversión de Boca habían caído 5 % por mi culpa. Me la tuve que bancar.

Pensé que Bielsa me iba a limpiar para el partido siguiente, pero me puso. Aclaró que si había un penal, lo patearía Ayala. Ganamos 2-0 contra Uruguay, metí un gol y clasificamos a cuartos. Ahí nos eliminó Brasil. También tuvimos un penal a favor y lo erró Ayala. En esa Copa de penal no la íbamos a meter.

No volví a jugar un partido oficial con la selección hasta 2009, esa noche me costó diez años de exilio. Bielsa no me llamó más y Pékerman tampoco. Basile sí tuvo intenciones, pero justo me rompí los ligamentos, y fue Maradona el que me permitió la revancha. Me puso en el segundo tiempo contra Perú, cuando la clasificación a Sudáfrica se nos complicaba, y metí el gol de la victoria en el descuento. Y cuando menos lo esperaba, casi a los 37 años, pude disputar mi primer Mundial. Había unos delanteros impresionantes, por eso solo jugué diez minutos contra Grecia y me alcanzaron para meter mi gol más importante: fui el debutante más viejo en convertir en un mundial, con 36 años y 277 días. El camerunés Milla metió uno con 42 años, pero no era debutante. Así cerré el círculo de mi carrera. La recompensa justificó la noche trágica de los tres penales y los diez años de exilio.

Como si eso no fuera suficiente, el destino me tenía reservado otro espacio en el Guinness: días antes del Mundial, tuve el honor de romper una marca histórica en Boca que databa de 1938, o sea una marca de 72 años, al convertir mi gol 219 con esa camiseta y superar al máximo anotador de Boca, Roberto Cherro. La cifra llegó al final hasta 236, quedé arriba de todos. A los que vienen, les dejo un lindo desafío.

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