"No es tan fásil escribr de fulbol. Laverdá, para mí no es tan fásil escriví de nada. Pero yo hintento, hintento, le soi un ortimista de las escritura. Entonce cuando puedo desí lo que estaba disciendo voi lo digo, que soi un ortimista rendomado, más rendomado que una baca manza. Incisto, insinto, trato, hinterto y de golpe redepente me sale una media frace que la pega: va y la pega, una frace, que me sale una. Aora nomá quería desir unsuponé que tenemo un jujador que cada vé que le tiene que darle la pelota ha un conpaniero se las da a lo contrarios, uno que la guega de nuebe y no sabe pará una pelota, pegarle huna pelota, meter andentro el harco una pelota, ganvetear un contrario, una espesie de bestia rendomada que de tanto hintentá, como llo, de ortimista nomá, a veze ba y la mete y lo quieren, como a mí tanbien me quieren, digo, hentiendamé, porque a veces sin querer pero queriendo/ una frase concluye en gran estilo/ y palabra a palabra va diciendo/ lo que decía sin perder el hilo o el filo o el kilo de puchero con ueso pero redepente enceguida se me van al zoto porque yo no sé como ce asen esta cosa, soi má bruto que Palermo un suponé, ese tipo que los queremos poque é bruto y a veze ase goles pero quien no hase goles si le tira y les tira como yo con la fraces…". La queja del bostero era sentida, resentida, llena de sentidos: como Palermo, sin los medios pero con fines claros. Como Palermo, un prodigio de la suerte y el tesón, un milagrito.

Llevo más de diez años mirándolo jugar cada domingo. En 1997, cuando llegó, Martín Palermo era un grandote teñido de rubio platinado que empezó a meter goles y que se atrevió a disfrazarse de mujer para unas fotos en Olé, el principal diario deportivo: en un medio machista como el fútbol argentino, esas imágenes requerían el mismo tipo de valor que ponía cada domingo en la cancha, cuando no le importaba enredarse con la pelota, tropezarse con sus propios pies. Eran sus años iniciales en aquel Boca perfectamente espléndido de Bianchi, Riquelme, Barros Schelotto y la patrulla colombiana. Palermo había llegado con 23 años y algún fracaso en la mochila; en 5 años y 99 partidos con su club de origen, Estudiantes, solo había metido 27 goles: una birria. De hecho, cuando Boca lo compró, estaba por irse a un equipo tucumano de segunda división: fue su primer gran golpe de suerte.

El maestro Bianchi lo convenció de que podía y en aquel equipo, donde le llegaban tantas pelotas bien jugadas, hizo más goles que nadie. ‘El optimista del gol‘, lo llamó Carlos Bianchi, que nunca sospechó que, diez años más tarde, Palermo lo superaría en el noveno puesto de los goleadores históricos del fútbol argentino. Martín Palermo era precisamente eso: un optimista, un jugador mediocre que, casi sin medios técnicos, a fuerza de tesón y suerte y cabezazos y coraje, consiguió un lugar de privilegio. Lo llamaban ‘el Loco‘ pero, al principio, mi hijo Juan y yo le decíamos —con cariño— ‘el Muerto‘: era como una momia rediviva que intentaba, en cada movimiento, romper el rígor mortis.

En diciembre de 1998 fue el goleador de Boca campeón —20 goles en 19 partidos— y en marzo siguiente ya era el 9 de la selección argentina. Que lo llevó a la Copa América jugada en Paraguay, para seguir batiendo récords: erró, contra Colombia, tres penales —y dice el libro Guinness que nadie más lo ha hecho. El libro Guinness, en cambio, no habla de aquella vez en que pateó otro penal con las dos piernas al mismo tiempo —porque se tropezó— y el árbitro, atónito, dio el gol. Pero el partido que todos recordamos fue el de una noche fría de mayo de 2000. Boca se jugaba la Libertadores contra River en la Bombonera: el escenario era imbatible. Palermo llevaba varios meses sin jugar, operado de una lesión en la rodilla, y entró en los últimos minutos, cuando Boca ganaba 2 a 0 y Riquelme estaba cerrando uno de sus grandes recitales.

Yo lo conté, años después, en mi libro Boquita: "Esa noche, Palermo entró en medio de gritos que atronaban con los goles que ya iban a venir y los gashinas estaban cada vez más asustados y Aimar deambulaba por la cancha pidiendo perdón sin que nadie se lo diera y los estábamos dejando afuera y ya no hacía nada de frío y de pronto, cuando el partido se estaba terminando y era puro gozo, Battaglia le metió una pelota desde la izquierda y él, parado en el punto del penal, la recibió de espaldas al arco. Había tres o cuatro defensores en los alrededores pero Martín empezó a darse vuelta: tardó un rato. Después siguió dándose vuelta: era un movimiento interminable, descompuesto, que duraba años, y los defensores se quedaban parados, mirándolo como el resto de nosotros. Hasta que terminó de darse vuelta y se acomodó más o menos para pegarle con la izquierda y los gashinas que lo miraban azorados y él que le pega, medio mordido, mal, despacio hacia un costado y la pelota que se despega lenta y lenta, lenta, muy lenta, va entrando en el arco de Bonano, lenta, como si no quisiera, para que todo sea un placer inmenso. "No hubo otra noche así, no habrá ninguna. Todo fue inmejorable. Desde entonces hemos ganado muchos partidos importantes, pero ninguna fue tan gozosa como aquella. Y no lo digo yo: para este libro he hablado con docenas de bosteros y, cuando les preguntaba cuál era su mejor recuerdo de hincha, todos me hablaron de esa noche perfecta".

Después, en noviembre, Palermo le hizo al Real Madrid —en cinco minutos— los dos goles con los que Boca ganó la Intercontinental: su futuro parecía asegurado.

Así que, para ponerlo en el banco, se fue a España: allí cambió tres veces de club y, en tres años y 106 partidos en primera y segunda división, metió 26 goles: otra birria. Entonces volvió a Boca, que es donde sí los mete. Para entonces, Juan y yo le cambiamos el apodo: ‘el Muerto‘ ya no era suficiente, porque su torpeza desbordaba lo individual e inundaba lo colectivo: entonces pasó a llamarse ‘Semáforo‘, porque interrumpía toda circulación de juego del equipo. A veces me entretuve en seguirlo con un papel y un lápiz: entre el 80 y el 90% de las pelotas que toca no van a un compañero sino a cualquier otro destino sorprendente. Gambetea a su sombra, se cae, se traba consigo mismo, mueve sus patas largas como quien mueve un piano, habilita a una paloma fugitiva. Es lindo verlo en medio de la Bombonera: cuando hace un pase y ese pase llega, las tribunas respiran aliviadas; todos hicimos el hercúleo esfuerzo. Y, a fuerza de insistir y de ponerse en el lugar preciso, a veces lo consigue: el optimista sin pudores.

Yo lo detesté durante muchos años; ahora lo admiro como a pocos. Es fácil triunfar siendo Messi; lo difícil, lo meritorio, lo increíble, es ganar siendo Palermo. Palermo es un canto de esperanza, el estandarte de los que nunca hemos tenido ningún talento peculiar: la demostración de que todos podemos. Aunque a veces me preocupa pensar que sea una conspiración pagada por la CIA: los contrarios —a sueldo del imperialismo, por supuesto— le dejan hacer goles para que sigamos creyendo en el mito del logro imposible de algunos afortunados —y esa esperanza falsa sostenga este sistema injusto.

Quién sabe; a veces pienso que la verdad es más compleja. En estos últimos años —que siempre amenazan con ser los últimos de su larguísima carrera— ‘el Semáforo‘ se planteó un objetivo: quería ser el goleador histórico de Boca. Se fue acercando; cada vez cabeceaba menos, no podía controlar una pelota, no podía patearla sin caerse, pero seguía haciendo goles. Un bombazo desde 60 metros, el cabezazo desde 40 que el Guinness —otra vez— aceptó como récord, y, por fin, el retorno a la celeste y blanca. Maradona lo volvió a convocar en octubre de 2009, diez años después. Aquella noche llovía y Argentina empataba con Perú para quedarse afuera del Mundial; Martín Palermo entró a la cancha hacia el final y, faltaba más, metió el gol decisivo —con la nariz rota, en el minuto 94 y en offside— y clasificó a la selección. Era —parecía— su culminación.

Pero él insistía con la historia. Y el 2 de marzo de este año llegó, por fin, a los 218 goles que igualaban el récord de Roberto Cherro, un gordito que jugó en los años veinte y treinta para meterla más que nadie en la historia del club. Todavía le faltaba uno para superarlo, y empatar nunca fue su plan. Pasaron seis partidos, el 219 no llegaba. Palermo jugaba mal y Boca estaba en llamas: perdía muy a menudo, iba penúltimo en la tabla, su director técnico acababa de ser despedido. El lunes 11 de abril, la Bombonera a media asta, un interino se hacía cargo del equipo por un mes y los hinchas y los periodistas no paraban de hablar de la pelea incesante entre los dos referentes de Boca, Palermo y Riquelme, que terminaría, seguramente, con alguno de los dos en otro club. Los hinchas apoyaban a Riquelme; quizás el goleador estaba jugando sus últimos partidos. Martín Palermo no lo decía pero lo carcomía la duda, la sospecha: empezó a pensar que, quizás, había nadado todos estos años para terminar muriendo en la rompiente, justo antes de llegar —y que él, que había hecho tantos, nunca haría el gol definitivo.

Aquel partido empezó bien: el equipo tocaba y tocaba, rotaba, se acercaba. Parecía muy distinto de ese fantasma que había rondado las canchas en las últimas semanas. Hasta que, a los nueve minutos —por supuesto—, una pared elegante con Gaitán dejó a Riquelme solo frente al arquero. Para un jugador de su categoría, meterla era un trámite tedioso. Pero, con ese rabo del ojo que más que ver construye, percibió que el 9 llegaba por el flanco; entonces, en vez de rematar, le alargó la pelota: tomá, hacelo, no es difícil, nene, ya te he dado tantos; te lo doy, hacelo y así no hablamos más de números huevones. Palermo la empujó y salió corriendo, el júbilo, el alivio: había hecho su gol 219 y ya era historia. La historia más inverosímil: la del peor gran jugador del fútbol argentino.



PD: Ese lunes parecía que ya todo estaba dicho, pero no: con Palermo siempre hay más historias. El hecho tan banal de que Riquelme no lo abrazara después de su gol récord desató tormentas de tinta en la prensa argentina. El goleador salió a decir que era el último desplante del armador y que no lo soportaba más. Entonces Riquelme le contestó que si no se había acercado al festejo no era por él sino porque no quería celebrar el gol cerca de la Doce, la barra brava de Boca, que el día anterior había ido a presionarlo para que "le pasara más la pelota al 9". Así que ahora Riquelme está citado en la justicia para declarar sobre esas amenazas, y Palermo ha pasado a ser el protegido de la mafia… (continuará)

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