Pienso que fueron las suertes las que me ayudaron a salir vivo del Holocausto nazi cuando era muy pequeño, pues era la única manera de sobrevivir a esa terrible etapa de la historia. Y, también gracias a las suertes, viví para contar en primera persona la historia de los ataques terroristas de los Olímpicos de Múnich, cuando miembros de la delegación de mi país, Israel, fueron rehenes del grupo palestino Septiembre Negro, un episodio que terminó en la muerte de once de mis compañeros.

Me venía preparando para los Olímpicos desde hacía rato. Ya había representado a Israel en las competencias de marcha atlética de México 68 y, esta vez, me había ganado un lugar en los Juegos del 72. Cuando recordaba que ese año competiría en Alemania, me daban ganas de ser el mejor y demostrarles a los alemanes mayores, quienes habían sido testigos de la Segunda Guerra Mundial, lo que los sobrevivientes del Holocausto éramos capaces de hacer.

Al llegar a Múnich, todo parecía perfecto: las calles estaban llenas de color y había flores por todas partes; hasta los uniformes de los guardias eran alegres. Se notaba el esfuerzo que hacían los germanos para mostrarle al mundo que su país había cambiado. Me sentía seguro en la Villa Olímpica, pese a que había pocos guardias. Bastaba decir que uno pertenecía a alguna delegación y podía entrar fácilmente.

Pero todo eso cambió el 5 de septiembre de 1972, cuando los miembros de Septiembre Negro entraron súbitamente en la mitad de la noche a uno de los edificios donde se alojaba mi delegación. Apenas empezaban los actos terroristas cuando entró un compañero al apartamento donde yo dormía y nos dijo a mí y a otros miembros del equipo que hombres armados habían asaltado la residencia de los entrenadores y de los pesistas. No sé qué impidió a esos terroristas entrar al apartamento donde me alojaba. Una de las teorías es que se mantuvieron alejados porque dos de mis compañeros de cuarto eran del equipo de tiro olímpico y guardaban pistolas en la residencia. Sin embargo, nadie sabe qué pensaban los terroristas, todo lo que digo son solo teorías.

Siempre he sido calmado y, por algún motivo, no estaba muy nervioso en ese momento. Apenas me enteré, me empecé a cambiar la piyama por mi uniforme de entrenamiento. Mientras tanto, veía a mis compatriotas correr hacia la puerta de vidrio, mirar hacia afuera y salir corriendo del edificio. Cuando terminé de vestirme, todos habían salido, estaba solo.

En medio de mi estupidez, y quizá porque no había entendido muy bien lo que sucedía, decidí ir a otro de los apartamentos a ver qué pasaba, pero cuando llegué allí, me encontré con el cuerpo de un entrenador al que habían fusilado y tuve que salir. Fui el último. Bajé al parqueadero sin saber todavía lo que estaba sucediendo y unos policías me llevaron con los otros sobrevivientes a la sede de la Villa Olímpica. Allá nos interrogaron.

La mayoría de israelíes que lograron salir con vida se quedaron en ese lugar. Estaban traumatizados. Yo, en cambio, decidí acercarme al edificio donde varios de mis compañeros seguían de rehenes. Hablé con los periodistas que me encontré. Trataba de reconstruir los hechos como creía que habían pasado, pero nadie lo sabía muy bien. Más adelante, mis compañeros murieron cuando los iban a subir a un avión que les había dado el gobierno alemán y que supuestamente los llevaría a Egipto, pero que en realidad era un engaño para intentar un rescate. Los terroristas exigían la liberación de algunos palestinos que estaban en cárceles de Israel.

Después salí del complejo y me encontré con unos atletas de la delegación de Estados Unidos que me dieron crema de afeitar. Entonces me afeité y traté de llamar a mi esposa para decirle que estaba bien, pero las líneas telefónicas estaban ocupadas. Cuando por fin me pude comunicar con ella, en la noche, se tranquilizó pues mi nombre figuraba en la lista de los muertos.

Recibimos instrucciones de dejar los Olímpicos. Yo me opuse a esa decisión, pero no tenía voz ni voto en el asunto. Me parecía que irnos era como ceder a los deseos de los terroristas y castigar a los atletas del mundo que nada tenían que ver con lo que había pasado. Las competencias solo pararon un día, pero después la programación continuó como estaba planeada.

El caso es que llegamos al aeropuerto el 7 de septiembre. Nos recibió el ministro de Relaciones Exteriores de Alemania del momento, quien después sería presidente, y nos dio la mano a cada uno de los pocos sobrevivientes. Fue muy triste. Llegamos a Israel y había una ceremonia especial, con los carros fúnebres listos para llevar los ataúdes al lugar donde serían enterrados los cuerpos. Una vez allá, me encontré con amigos que me abrazaron muy fuerte, pues pensaban que estaba muerto. Incluso un amigo me envió tiempo después una foto del minuto de silencio que hicieron en mi nombre ese día.

Esa era la segunda vez que llegaba a Israel después de una experiencia amarga en Alemania. Me había mudado con mi familia a la recién fundada nación israelí en 1948, después de que el líder comunista de Hungría les permitiera la salida a los judíos bajo una condición: que renunciaran a su ciudadanía y entregaran todos sus bienes raíces al Estado. Mi familia llegó con algunos muebles, un piano y una escultura que habíamos heredado de los abuelos maternos que habían fallecido en Auschwitz. Yo también había estado en un campo de concentración, Bergen-Belsen, que quedaba en tierra alemana.

Desde el 72 procuro no perderme ninguna de las ceremonias que se hacen una vez al año, en la fecha aproximada de la masacre, para recordar a los once atletas fallecidos. La escultura que honra su memoria se encuentra en una de las avenidas principales de Tel Aviv y estimo que he ido a rendirles tributo unas 40 veces.

Hoy celebro mi vida marchando en kilómetros el número de años que cumplo… y este año recorrí 76 kilómetros.

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