Con Beter Mauricio Barrera, gran amigo y colega, decidimos presentarnos. Nosotros somos de Pereira y la convocatoria era en Manizales, así que arrancamos en el carro hasta allá. Cuando llegamos al centro comercial Parque Caldas, había una fila la berraca para entrar a una pequeña carpa en la que los de Caracol hacían una entrevista de la que dependía la inscripción.

Entre la gente de la fila se filtró la información de que estaban repitiendo las preguntas y que una muy recurrente era “¿por qué quiere ir a esta expedición?”. A mí no se me ocurría nada, pero a Beter sí. Su respuesta sería “quiero ir para superar mi mayor obstáculo que soy yo mismo”. Todos aplaudimos su respuesta inteligente. (La broma que le hicimos a Martín de Francisco)

Yo iba antes que él en la fila y me llegó el turno. Me hicieron la pregunta esperada y lo único que se me ocurrió decir fue “me llamo Julio César González, soy de Pereira y quiero ir a la expedición para superar mi mayor obstáculo que soy yo mismo”. Beter, que estaba espiando detrás de la carpa para burlarse de mí, empezó a echar humo, más aún cuando le preguntaron lo mismo y no supo qué responder. A la salida me insultó, pero ya en el camino de vuelta nos dio ataque de risa por lo sucedido.

Hasta ahí llegó el tema, solo que, un año después, volvieron a abrir la convocatoria. Beter no quiso ir, así que yo me fui con otro amigo, esta vez para Cali, a presentar la entrevista. Al cabo de unas semanas me llegó una carta, con sobre y hoja membretados de Caracol, en la que muy formalmente se me informaba que había sido preelegido como uno de los 40 representantes de la zona occidente del país. Me anunciaban, además, que debía presentarme en Buenaventura un mes después para realizar unas pruebas físicas y psicológicas y, finalmente, me exigían llevar botas de trabajo, vestido de baño, estar vacunado contra la malaria y tener pasaporte vigente. El tiquete iba por cuenta de ellos y debía reclamarlo el día del viaje en el counter de Aces, en donde el señor Luis Ignacio Arias Restrepo me atendería.

Beter, con quien compartía oficina, dice que yo tenía cara de haberme ganado el Baloto, que decía que era el día más feliz de mi vida, que empecé a llamar a todo el mundo a contarle. Me acuerdo, incluso, que peleé con mi esposa de ese entonces porque teníamos un bebé recién nacido y a ella le parecía que no podía dejarla sola por esos días.

Pasada la euforia de la noticia, me puse manos a la obra pues no podía llegar hecho un langaruto al programa. Lo primero que hice, entonces, fue comprarme unas aletas, un snorkel y unos tenis para ponerme en forma. Además, conseguí un entrenador personal que me puso a nadar por las mañanas y a trotar por las tardes. Un entrenamiento casi militar por el lapso de un mes.

También tuve que ir a sacar el pasaporte, y Beter, que me vio tan entusiasmado con el tema y que además conocía mis finanzas, me ofreció prestarme la plata para el trámite, que costaba como 150.000 pesos. No se los acepté porque, cuando me dijo, yo ya había hecho la vuelta.

El caso es que, llegado el día del viaje, me fui para el aeropuerto. En el counter de Aces pregunté por el señor Luis Ignacio Arias Restrepo y le expliqué a la señorita lo del reality. Todos los de la aerolínea estaban felices de conocer a un famoso en potencia. Sin embargo, no sabían del tal señor Arias ni tenían tiquetes guardados para mí.

Me devolví para mi casa ya con la sospecha de que había caído en una trampa. Sin embargo, quedaba un halo de esperanza: en la carta había un teléfono de los que empiezan por 1800. Marqué y me pasaron de una persona a otra hasta que, uno de los encargados de televisión, acabó con mi esperanza: “Es Teleset la que hace las convocatorias, no Caracol. Y el señor Luis Ignacio Arias Restrepo no trabaja en ninguna de las dos compañías”. “Hijueputa”, fue lo único que pensé al colgar ese teléfono. Hijueputa no sé quién, porque no sabía de quién sospechar, tenía varios amigos que podían estar vengándose por bromas que les había hecho en el pasado.

Esa noche no dormí de la ira pensando en quién podría ser: si un amigo al que le chuzamos un condón y la novia quedó embarazada ese día, u otro al que le metimos una boa constrictora en una caja de regalo, entre otros. Pero se me prendió el bombillo y pensé: “Tengo que esculcar en los computadores de mis amigos hasta que encuentre la maldita carta”. Y el primero al que podía revisar, por ser mi socio de oficina, era a Beter. Bastó una simple búsqueda para que la prueba del delito apareciera ante mis ojos. (La broma para cagarse (literalmente) de la risa)

Lo quería matar. Cuando el autor intelectual y material del delito llegó a la oficina yo estaba transformado. ¿Cómo era posible que el caradura me hubiera tenido un mes entrenando? Me veía todos los días y, sin cambiar un ápice la cara, me alentaba a seguir en la lucha. ¡Dizque prestarme plata para el pasaporte!, y yo tan huevón pensando que qué bacán tan generoso. Nunca me di cuenta, aunque no resultaba tan obvio, que las iniciales del tal señor Luis Ignacio Arias Restrepo eran un acróstico: LIAR (mentiroso).

Pero la rabia solo me duró unas horas y después nos dolía el estómago de la risa. Eso sí, la venganza es dulce y, dos años después, me saqué la espinita. Cuando SoHo haga un especial de venganzas estaré complacido en contar la mía.

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