Una vez sacó un libro. Fue hace diez años apenas, y diez años vienen y van, pero en edad de caricaturista es mucho más. Quiero decir —y no voy a decir mucho más para que el protagonista empiece a hablar lo más pronto que pueda— que esta compilación tiene mucho de primera vez: porque, reunidas en este volumen, convertidas, ya que están juntas, en un bestiario fabuloso de personajes públicos que contra todos los pronósticos también son personas a punto de venirse abajo, estas entrevistas dibujadas que nadie había hecho antes en Colombia no solo son una obra de arte en chiste que pasma y despierta y maravilla, sino que son la prueba incontestable de que en el peor de los casos los extrañados de oficio (que nunca podemos creer lo que está pasando aquí) tenemos de nuestro lado, lejos, muy lejos de los poderosos, a un tal Julio César González que un día de suerte decidió nombrarse a sí mismo Matador.

Matador (Pereira, 1969) es un caricaturista, un cronista de esta sociedad en este tiempo, un sociólogo sin título que se niega a ver villanos maquiavélicos en donde solo hay nombres infelices. Esto me dijo el primero de septiembre de 2014 en un café:

¿Cómo, cuándo, por qué empezaron estas entrevistas?

Hermano: la idea de hacerlas se le ocurrió a Luis Carlos Cifuentes a finales de 2010 —el artista que diseña SoHo— porque si no estoy mal alguna vez vio un par de conversaciones dibujadas por el caricaturista argentino Liniers, y pensó que aquí podría hacerse algo parecido. A mí no se me hubiera ocurrido ni en mil años una cosa de esas. Yo no soy periodista ni nada de esa vaina: yo soy más bien agüevado. Pero sí hacía caricaturas para SoHo desde hacía un buen tiempo. Y, cuando Daniel Samper Ospina, el director de la revista, le dio un par de vueltas a la idea, de puro lengüilargo les dije “listo: hágale”. Cuál era el planteamiento: que los medios crean una serie de personajes que no solo fueron personas, sino que aún lo son. La cuestión era conocer al güevón “como usted y como yo” que hay detrás de la figura pública. No sé por qué pensé que iba a ser fácil.

Eso le iba a preguntar: ¿qué tan duro fue pasar de caricaturista a periodista?, ¿de caricaturizar en el cuarto a estar cara a cara con los caricaturizados?

Pues a ver: la primera de todas estas entrevistas fue a comienzos de 2011 con Antanas Mockus. De SoHo me dijeron “tenemos a Mockus”. Y yo me vine para acá, para Bogotá (porque toda mi vida he vivido en Pereira y allí quiero seguir), dizque a entrevistarlo con una grabadorcita como esta y una libretita para ir pensándome un guion. Y el man es un bacán, claro, que todavía se aguanta regaños en lituano de la mamá. Y la verdad es que la conversación salió muy bien. Vine a entender que él no es un político, sino un pensador. Que después de decirle a uno “¿quiere la respuesta corta o quiere la respuesta larga?”, no responde, sino que se remonta. Pero después, cuando me senté a trabajar en el cómic de la entrevista, me di cuenta del lío en el que me había metido. El problema no era que no fuera periodista. Era que no sabía cómo dibujar la charla que acababa de pasar.

Pero superó la crisis, claro, porque esa fue la primera entrevista de Matador.

Casi me saco los ojos: no sabía ni qué fuente ni qué diagramación ni qué ángulo darle a la vaina. Definitivamente, no tenía adentro esa concepción. Ya no era trabajar en la viñeta que dominaba. El cierre era un jueves, que iba a ser al otro día, y yo ya no sabía para dónde agarrar. Llamé a reconocerles “no, no soy capaz”. Y ahí mismo me llamó Daniel, que ha sido siempre un apoyo y no se deja decir que no, a decirme “hermano: la solución es que yo le dé a usted otro día”. Y así tal cual fue. La entrevista con Mockus salió en la edición de febrero de 2011. Y, como a la gente le gustó, ahí mismo arrancamos con la siguiente: Petro. Pero entonces me dediqué a aprender a punta de libros, desde el Understanding Comics de Scott McCloud hasta la antología de Osuna que sacó alguna vez El Espectador, lo que tenía que aprender. Leía, leía, leía en el avión que me llevaba al lugar en donde iba a hacer la siguiente entrevista.

¿Cómo ha sido el enfrentamiento con los políticos? ¿Con alguno ha habido problema?

No. Todos han sido verdaderamente amables. Todos se han prestado. Supongo que como es una charla con humor, como se sabe, mejor dicho, que es para un cómic en chiste, y que nadie los viene a joder, entonces se relajan. Creo que les gusta mi trabajo. Y como aquí nadie sabe quién soy, como nadie sabe quién es Matador porque no vivo en Bogotá, hasta ganas les da de conocerme. Saben, en cualquier caso, que vengo en otro tono, que no me meto, con morbo, en temas personales, y que tampoco me dejo libretear, pero que, en el peor de los casos, el humor va a estar siempre por delante. Y desde que empieza la conversación, que ni preguntas tengo ni nada, se dan cuenta de que mi idea es permitirles que cuenten su historia y que muy de vez en cuando meto yo la cucharada. Ya cuando vuelvo a Pereira le meto al cómic toda la carga política.
¿Cuál de los políticos entrevistados se parece más, en todos los sentidos, a su caricatura?

Pues todos tienen rasgos, todos tienen algo de su caricatura: ni Petro es sagaz ni Angelino es la finura en pasta. Como le oí a Caballero alguna vez, “el que hace la caricatura es el modelo”. Pero en general, quizá porque en este caso están relajados, ninguno es como los ve uno en los medios: todos, sin excepción, me han parecido personas amables y comunes y corrientes. Solo a dos no he podido entrevistar hasta el momento. A Piedad Córdoba, porque ha estado demasiado ocupada. Y a Álvaro Uribe, porque después de años de darle yo palo, obviamente, no me quiere ni poquito: él es quizá el mejor ejemplo de lo que estamos hablando porque me he pasado estos años exagerando sus salidas, pero no ha habido, mientras yo he estado dibujando, otro político tan parecido a su parodia.

El humor tiende a ser una herencia de familia: ¿es así en su caso?

En mi casa nunca se tomó nada en serio. Creo que todo nace de ahí: que ahí no solo empiezo yo, sino mi oficio. Me crie en una cuadra de Pereira cerca del Parque de la Libertad, en la carrera 8.a entre calles 12 y 13, llena de jíbaros, de ladrones y de putas: en el puro centro. Fui siempre un chino muy, muy rebelde: con decirle que probé la marihuana a los 9 años... Vi sicarios, pistolas y bolsas de papel repletas de bazuco desde niño porque mi casa quedaba al lado de un expendio de drogas. Vi muertos desde que era chiquito: un día no pudimos salir por la puerta de la casa porque enfrente del almacén de mi papá, que es un zapatero de 78 años con un humor el hijueputa, y que tenía su revólver por si acaso, mis tres hermanos y yo vimos a un tipo abaleado enfrente de la reja. De todos los de mi combo pocos seguimos vivos y más pocos logramos terminar una carrera. Pero para nosotros era lo normal. Nunca nos tomamos nada de eso como si fuera un drama. Siempre se mamó gallo, siempre, siempre.

Pareciera también, por momentos, que esa indignación inteligente que producen las caricaturas se aprendiera en la casa: ¿a quién se la heredó?, ¿sus papás estaban pendientes de la política?

Mi mamá, Alicia, pensaba en eso mucho menos. Pero me estaba acordando ahorita de mi papá, Ovidio, que hizo hasta cuarto de primaria, riéndose de las caricaturas en las que Osuna se burlaba de Misael Pastrana Borrero. Y recuerdo también que leía Mi lucha, de Adolf Hitler, que, sin embargo, tiraba para la izquierda, y que, aunque no fuera un hombre intelectual (y no teníamos la mejor relación del mundo porque él bebía mucho y yo era el hijo más rebelde, y en semejante barrio tenía que trancarme), se la pasaba leyendo prensa y tertuliando con los amigos. Mi abuela Ana, la mamá de él, que era la única goda de la familia, se quedó ciega en los últimos años de su vida. Y mi primo Octavio la llevaba a las urnas en los tiempos en los que se usaba la tinta indeleble roja, pero la ponía a votar por los liberales.

Usualmente los humoristas siguen desde niños a otros humoristas.

Mis papás no terminaron la primaria, pero siempre supieron que las bibliotecas servían para algo. Yo, aunque le debo mucho a la Biblioteca de los niños, leía cosas de humor, solo de humor, desde chiquito. A los 9 años comencé a leer a Mark Twain y a un peruano que se llama Sofocleto. Completé los cinco libritos que salieron de la Enciclopedia del humor. Luego me acuerdo de haber coleccionado juiciosamente a Fontanarrosa: apenas vi que en su biografía decía “nunca ha salido de Rosario...” me dije a mí mismo “yo quiero ser como ese man”. Después leí a Klim, a Daniel Samper Pizano, a Argos. Y más tarde mucha, mucha, mucha revista porno —de leer con una sola mano— porque ya tenía la edad, porque yo era muy adicto a la paja y porque en Hustler había artículos de humor descarnados que me mataban de risa.

El “nunca ha salido de Rosario...” se parece al “nunca ha salido de Pereira...”.

Yo no quiero salir de Pereira porque para qué. No quiero venirme a Bogotá porque es que es muy cómodo vivir en una ciudad pequeña. Todos estamos hechos de tiempo, hermano, todos necesitamos que el día nos alcance. Me niego a pasar dos o tres horas en un trancón, acá en Bogotá, para llegar al trabajo. Y todo lo que quiero está en Pereira: mi familia, mis amigos, mis personas favoritas. Si puedo verlas todo lo que quiero es porque en Pereira una vuelta en un banco tarda cinco minutos, porque se puede ir a pie a la oficina en 20 minutos, porque el trabajo me rinde como necesito que me rinda. No soy muy amiguero: tengo mis amigos de siempre. Y de verdad necesito tiempo, además, porque ni el humor es un oficio que se pueda hacer saltando por la calle ni la caricatura es un trabajo que nazca silvestre.

¿De dónde salió el talento para la caricatura?

Los tipos de la calle, los amigos, las chanzas que se hacían los zapateros con mi papá: todo eso influyó para que saliera un canalla como yo. Nosotros no éramos pobres, pero no podíamos comprar juguetes caros. Televisión había muy poca. No se conseguían esos videojuegos tan bravos que donde yo hubiera crecido con eso no habría hecho nada más. Estaba muy chiquito para disfrutar de ese infierno —mejor dicho: de ese lugar tan liberal— que desde esa época era Pereira por la noche. Y, aunque a veces me subía al apartamento de un profesor que vivía en mi mismo edificio a leer las revistas, a aprender mil cosas más y a oír puro rock setentero, aprendí a usar mi imaginación desde muy niño. Como en la zapatería de mi papá sobraba cuero, por ejemplo, dibujaba equipos de fútbol para ponerlos a jugar con una bola de cristal. Y se me fue volviendo maña el dibujo. Y pronto me descubrí caricaturizando a las figuras del poder en el colegio.


¿Cuándo descubrió los efectos que podría traer una caricatura?

Me acuerdo claramente de haber pintado a un profesor que sufría de obesidad mórbida: se puso a llorar cuando se vio dibujado, mientras mis compañeros se reían con la crueldad de los niños, porque de verdad que se parecía. Yo, a diferencia de mis hermanos, que eran todos muy pilos, en el colegio siempre fui muy chucha, en el sentido de que hacía lo que fuera para cagarme la clase a punta de chistes. Pero cuando empecé a hacer caricaturas de profesores estuve a punto de que no me dejaran graduarme. Más adelante, en uno de mis primeros trabajos, cuando ya era un rito de iniciación que yo hiciera la caricatura de cualquiera que llegara nuevo a la oficina, recuerdo que una muchacha que se vio dibujada en la mañana, y que se puso muy, muy molesta (y la verdad es que el dibujo no la mostraba como una modelo internacional), se fue a almorzar y nunca más volvió al trabajo.


¿Cómo la maña de la caricatura terminó convertida en una profesión?

Estudié publicidad. Fui a la Universidad Católica de Manizales, que en ese entonces era muy prestigiosa, porque en Pereira no había la carrera. Era la primera vez que salía de mi casa. Mis papás hicieron un esfuerzo enorme para que tuviera cuarto, cama, mesa de dibujo. Pero me dediqué fue a las viejas y a la rumba, porque pensé que el talento era más que suficiente, y terminé devolviéndome a mi casa en el cuarto semestre con un colchón nomás porque de resto ferié todas esas güevonadas. Ya era 1992. Y me puse a manejar un taxi de un primo —un Zastava viejo— que se colgaba tres veces por noche. Un día me subí a un barrio que se llama El Dorado, en Pereira, y una señora me dijo “usted debe ser nuevo porque aquí nadie sube”. Otra vez, luego de que un par de señores por poco se me salen del carro en un round point, me encontré un cheque que me sirvió para invitar a una novia que tenía en Cartago: la caricatura era yo.


Pero lo del taxi no duró mucho.

No. Me puse a buscar, porque no estaba hecho para esa vida tan dura. Me metí a trabajar en una agencia creativa, pero no sabía manejar el computador. Luego me enganché con un grupo de compañeros porque quería trabajar en publicidad. Empecé a dibujar para la gaceta de cine de mi amigo Gustavo Colorado. Publiqué en El Fuete, en 1984, mi primera caricatura, pero era más bien un hobby. Participé en el festival del semanario Voz. Hice mis primeras caricaturas políticas, pero no había leído nada ni sabía nada, para el periódico La Tarde. Años después (pasaron 1999, 2000, 2001...) pude trabajar de creativo para El Diario del Otún al lado de Hernán Sansone y Luis Carlos Cifuentes. Y, cuando Mheo, el caricaturista, se fue a trabajar a Cali, yo me quedé con su puesto, y comencé a hacer en El Diario... lo mismo que —gracias a Daniel Samper Pizano y a Rafael Santos Calderón— estoy haciendo ahora en El Tiempo.

¿En qué momento se bautizó a sí mismo Matador?: ¿recuerda el momento exacto?

Yo firmaba J. C., por Julio César, pero esa güevonada no decía nada de nada. Cómo será lo poco que sonaba que una caricatura que mandé a La Patria apareció luego firmada por M. C. El caso es que los seudónimos como de payasos que usaban algunos colegas no me gustaban ni poquito: nada terminado en “ito” ni en “lín”. Mi jugador favorito del Mundial del 78 era el Matador Kempes. Y después, en el 94 o 95, sonaba mucho la canción de Los fabulosos Cadillacs: Matador, Matador..., que es mi ringtone. Me puse mi alias sin saber, mejor dicho, desde antes de publicar caricaturas, porque siempre me gustó ese nombre, siempre lo usé, por ejemplo, para nombrar mis archivos en el computador. No me gusta el toreo: me parece bárbara la vaina. Pero cuando tuve que firmar seriamente me pareció que era una forma de decirle a la gente: “Lo mío es matar de la risa en vez de matar de un tiro”.

¿Cómo es el trabajo diario desde entonces?

Me levanto para acompañar a mi hija, Sara, a que la recoja el bus. Pero antes de salir ya he leído periódicos, he leído revistas, he leído Twitter. No oigo nada de radio ni veo nada de televisión porque me parece que las noticias escritas están más reposadas. Voy anotando en mi libreta todo lo que se me va ocurriendo. Leo a los demás caricaturistas, claro que sí, porque en general son muy buenos. Busco estar solo, como cuando me encerraba en el cuarto oscuro de El Diario del Otún, pues tengo que estar encerrado así sea en mí mismo para poder crear. Me temo que estoy montando en bicicleta más por el soliloquio que por el ejercicio. Desde que me dio vértigo de Ménière, hace dos o tres años, estoy tratando de cuidar la máquina, pero lo que mejor me sirve, sin duda, es hacer una pequeña siesta en la mitad de la mañana. De resto, trabajo y trabajo y trabajo. Solo un par de días he dejado de mandar mis caricaturas: ni siquiera el día en que nació mi hijo Mateo, que terminé dibujando sobre una camilla, he dejado de mandarlas.

¿Cómo es la técnica? ¿Cómo está haciendo, por ejemplo, las caricaturas de mañana?

Trabajo siempre sobre el mismo papel: Propalcote de 240 gramos. Pinto con un rapidógrafo de 0.8 marca Artline porque después de intentar con tantos, para mí son los mejores. He intentado trabajar sobre mesas de dibujo, que se ve uno tan elegante y tan profesional, pero siempre he terminado regalándolas. Prefiero dibujar en la mesa del computador sobre un cuadrito de fomi —que lo probé desde que mi niña estaba chiquita— porque me parece bacana la sensación. Antes cargaba un escáner adonde fuera que fuera porque no existía el programa que tengo ahora en el celular. Dibujo a los personajes en un tiro, del procurador al presidente, pues de tanto hacerlos ya les he cogido el tiro. Escaneo. Monto sobre paisajes. Escribo a mano las palabras. Y en el caso de las entrevistas de SoHo, que es lo que se va a leer en este libro, coloreo al final por computador.


Está claro que usted es, hoy, uno de los humoristas más conocidos de Colombia: ¿cómo lidia con eso?

Recordando que es un trabajo como cualquiera. Viviendo lejos, lejos de Bogotá: donde nadie me busque. Publico 60 caricaturas al mes en El Tiempo. Y saco, siempre que puedo, estas entrevistas en SoHo. Y se ha descubierto en los estudios de lecturabilidad que, en este vértigo en el que se anda, la gente las lee primero que todo. Llegar aquí ha sido muy chévere, claro que sí, pero nunca me he creído el cuento y siempre me he hecho el güevón. Me da tanta pena cuando alguien me dice “es que usted es tan famoso” que tiendo a responder cosas absurdas como “famosa la mierda de marrano” o “famoso usted”. Sí, hay gente que me reconoce en Pereira, hay gente que dice “le presento a Matador” como si fuera el marqués de alguna vaina, hay gente que se me queja cuando me presento “mucho gusto, Julio César”, pero yo solo me siento bien cuando me presentan como el papá de Sara o el papá de Mateo.


Es un trabajo como cualquiera, sí, como por ejemplo hacer zapatos, pero obliga a estar alerta día por día: ¿cuál es la deformación profesional del caricaturista?, ¿qué ve todo el tiempo que los demás no vemos?

La caricatura viene de la desesperanza. No viene de la alegría, sino de la tristeza. Ese empute profundo, que a veces se logra traducir en el dibujo, viene de ver a la gente de a pie sufrir por lo que hacen allá arriba los gobernantes. Con la caricatura, como con tantas quejas hoy en día, no pasa absolutamente nada. Exigirle a una parodia que tumbe a algún poderoso, igual que hace 40, 50, 60 años, es pedirle peras al olmo. Y más cuando, tal como me pasaba cuando era caricaturista regional, los personajes a los que pintaba como hampones me pedían muertos de la risa que les firmara una copia del dibujo. Pero pase lo que pase, la caricatura es una válvula de escape, un alivio, una manera de decirles a esos señores que están criando a sus hijos a pesar de tantos horrores que usted también sabe que tenemos líderes lamentables.

Sus caricaturas pueden llegar a ser despiadadas: ¿no le entra culpa de último minuto?

Yo me hago el pendejo, tengo mi mantra: “No hay tema, por duro que sea, que no sea susceptible de ser caricaturizado”. Si no, comenzaría a censurarme a mí mismo. A veces pienso “uy, se me fue la mano”, pero la verdad es que mi trabajo es ser un hijueputa. No puedo ponerme con consideraciones, ni pensar qué van a decir mi mamá o mi hija del Kamasutra político que sale en este libro, porque lo mío es entrar con el tache levantado. El humor, además, desarma a las personas. Y el caricaturista, que además dibuja lo que ve a su manera, goza de cierta impunidad. Cuando me burlé de William Ospina, montado por el uribismo, muchos me dijeron “se pasó, pero está muy buena”. Y la verdad es que los lectores quedan en shock hasta que caen en la cuenta de que a quien se dedica a mi oficio le importa cinco el poder. Yo no voy a nada que tenga que ver con políticos. Yo quiero ser como Osuna, porque Osuna nunca se ha dejado manosear: cuando El Espectador se quebró, salió de ahí sin un peso.

Su trabajo es entrar con el tache levantado, sí, pero no hay odio, sino cierto cariño, en sus caricaturas: a las entrevistas para SoHo se les siente verdadera compasión por los poderosos.

Si usted llega a hacer una caricatura con rabia, lo más probable es que allí no haya humor. La caricatura tiene que ser veraz, sin duda, pero no lanzarse contra la vida privada de nadie. A no ser que el personaje se valga de su intimidad frente al público, que de tanto en tanto pasa, no hay riesgo de que yo me meta en la vida secreta de nadie: allá cada cual con sus armarios. En el caso de las entrevistas para SoHo la idea es justamente, como usted dice, sentir compasión, desmontar el lugar común de cada cual, operar sobre la base del principio de Hanlon: “Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”. Mi conclusión, luego de entrevistarlos a todos, es que en Colombia hay más mediocres que villanos. Que los políticos, que sobreviven en las densas oficinas del poder y se vuelven adictos al jueguito electoral, son también payasos que llevan su dolor por dentro.

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