Los que vivimos en el norte de Bogotá solemos creer que los que viven en el sur son pobres. Encima de eso, el imaginario que tenemos de clase media está en un lugar incierto entre Pedro el escamoso, Don Chinche, Dejémonos de Vainas y El Chavo del Ocho. Entre eso y películas como El paseo, la clase media siempre es una familia de al menos seis integrantes y un perrito tratando de meterse en un Renault 4 o, en el mejor de los casos, un Renault 12.

Así nos han educado. Qué culpa. 

La ceremonia del matrimonio de clase media tuvo lugar en la calle 10 Sur n.º 43-15, en la iglesia María Auxilio de los Cristianos. Y para seguir con los malentendidos, al leer rápidamente el nombre de la iglesia entendí que se trataba de una congregación cristiana. Claro. En el sur. Pobres. Matrimonio cristiano. 

Tomó apenas unos minutos desvirtuar los prejuicios. No sin algo de pudor y de incomodidad descubrí primero que no se trataba de una iglesia cristiana, sino de una católica. Y que el matrimonio estaba lejos de responder al concepto de “pobre”, o a esa idea estereotipada que a menudo se tiene de “la clase media”. 

Había que buscar otro enfoque. Pensar en algo distinto. Los novios no eran pobres. Tampoco respondían a “la idea de la clase media”. No se llamaban Leidy ni Báiron, no había vestidos pomposos en colores exagerados. No había flores de plástico. No había rastros de algo cursi, afectado, fantoche. Por el contrario, los invitados vestían con sobriedad. Jimena Alba, ingeniera química de 31 años, estaba preciosa. El novio, Carlos Montes, iba de frac. Los acompañaban sus dos hijos, Sofía y Tomás, de diez y cuatro años respectivamente. 

Al llegar, no se bajaron nueve personas de un Renault 12,tampoco venían en un Nissan Patrol, ni había un bebé mocoso llorando, ni otro que orinaba detrás de la llanta del carro, ni una suegra con otitis. No. Nada de eso pasó. La abuelita no llevaba una fiambrera ni hablaba a los gritos. 

Los novios llegaron en un Buick blanco modelo 55 con cojinería en cuero. Se veían enamorados, guapos y felices. Jimena y Carlos, luego de doce años de convivencia, entraban tomados de la mano a la iglesia de Ciudad Montes, tercera etapa, para darse el sí y consagrar la unión frente a sus setenta y tantos invitados. Y si se veían sinceros es porque lo eran. 

Adentro de la iglesia ensayaban la acústica repitiendo “Jesús”, “Jesús”, “Jesús” en vez de “probando” o “sonido”. Comenzó la misa. Me sorprendí poniendo mucha atención. Todos parecían hacer lo mismo. Nadie tosía, nadie estornudaba, los niños permanecían tranquilos, no había eco, no sonaba un celular, nadie chateaba, ni cuchicheaba, es decir, no parecía una misa. Antes del consabido sermón, una familiar leyó un fragmento de la Biblia que podría resumirse así: “Las mujeres deben someterse a los hombres en todo”. El cura (que sería un excelente reemplazo para el padre Chucho) respondió preguntándole a la novia: 

—Jimena, ¿en qué año nació tu abuela? 

—En 1910, padre. 

—¿Cuál era su nombre?

—Catalina. 

—Catalina —continuó él­— seguramente tuvo que someterse al hombre en todo. Catalina posiblemente no terminó la primaria y tuvo que dedicarse a tener hijos y preparar la sopa. En cambio Jimena, ingeniera química de la Universidad Nacional, ha elegido libremente a este hombre por esposo. Y a Carlos, profesor de Ciencias Sociales en un colegio del Distrito, le corresponde amar a su mujer, a quien a su vez ha elegido libremente. Somos libres para escoger a quién amar. Pero al tiempo que adquirimos la libertad, adquirimos una responsabilidad para asumirla. 

Desde los tiempos en los que hice la primera comunión, no había vuelto a tener fe en estos señores que hablan con esa voz que uno pone cuando imita al presidente Turbay Ayala; unos señores muy feos con pelos saliéndoles de las orejas que se aprenden el sermón para darlo mientras están dormidos. 

En cambio, se notaba a leguas que el padre estaba despierto, no solo porque decía cosas coherentes, sino también porque la organeta se disparaba cada cierto tiempo con una brillante imitación de José José en la voz y en los teclados. Los parlantes que antes gritaban “Jesús”, “Jesús”, ahora tocaban una estridente balada pop. La canción decía algo desconcertante sobre cómo “Dios derramó su amor y quienes lo hemos descubierto ahora lo derramamos sobre los demás…”. 

El padre libertario no solo no confundía los nombres de los novios (situación a la que se está acostumbrado en las ceremonias de esta índole) sino que además sabía quiénes eran y qué hacían. Lograba transmitir cercanía con la pareja, a tal punto que tenía que repetirme que no era una invitada más y se vería raro si lloraba cuando se dieran el consabido beso. 

Los únicos que recibieron la comunión fueron los novios. A nadie más le ofrecieron. Y nadie reclamó. Los ayudantes del padre, dos hombres mayores cubiertos con guantes, bufandas y chaquetas para la nieve, caminaban despacio detrás del altar llevando y trayendo cosas. Nunca supimos qué era lo que hacían, pues ni hostias nos dieron. Lo que estaba claro es que estos ayudantes de la tercera edad estaban muy cansados y se querían ir a su casa lo antes posible. No fue sino que la ceremonia se cerrara con el beso de rigor, para que apagaran las luces de la iglesia y salieran por la parte de atrás. Fue un poco desconcertante, la verdad. La gente estaba tomando fotos de los recién casados cuando bajaron los tacos del altar y todo se sumió en la oscuridad. El padre alcanzó a hacer un llamado: “A los de mi parroquia los espero mañana domingo de ramos. No falten”. Pero ya casi todo el mundo estaba afuera. Cuando el último de los invitados puso un pie en la calle, las puertas del templo se cerraron a sus espaldas. 

El amor después del amor

Jimena y Carlos son una pareja moderna. No se trata del doctor que se casa con la enfermera, o del “otro doctor” que se casa con la secretaria. Como sucede más y más, pertenecen al mismo nivel socioeconómico y educativo. Tienen intereses y gustos similares. Y no necesariamente han tenido que hacer las cosas en el orden riguroso esperado para un matrimonio en los años sesenta. Cada vez más los novios conviven antes de casarse. Y cada vez más la carga económica del hogar se reparte de manera equitativa entre hombres y mujeres. 

Según un reportaje de la revista Time sobre el matrimonio publicado en meses recientes, en 1960 en los Estados Unidos, la diferencia de los ingresos entre solteros y casados era del 12%. Hoy en día, la diferencia asciende al 41% a favor de los segundos. Conclusión: casarse es un buen negocio. Especialmente entre la clase media y alta, entre quienes además cada vez se presentan menos matrimonios antes de los 30. Las prioridades son otras, el futuro se planea y el amor debe esperar. 

Para los estratos más bajos, a menudo casarse y tener hijos es el único plan. Por lo mismo empiezan más temprano. En el caso de Jimena y Carlos hubo una interesante combinación de empezar muy jóvenes y saber esperar. Finalmente, luego de ser muy felices y tener una familia, dieron el sí.

El “sí” de Jimena 

Cuando le pregunto si hubo pedida de mano, le brillan los ojos: “Yo no me lo esperaba —dice—. Es el sueño de toda mujer, o de la mayoría. Y uno no siempre sabe si hay la intención del otro lado…”, agrega. 

Carlos aclara que había metas por alcanzar: “Cuando nació Sofía, Jimena tenía 21 años. No habíamos terminado la carrera. Teníamos que estudiar, trabajar, ahorrar… todo a su tiempo”. 

 “Hace seis meses yo estaba trabajando en Tocancipá —dice Jimena—. Y él me llamaba a cada rato. Que a qué hora llegas, que por dónde vienes… yo no entendía qué quería. Entonces él me dijo que nos viéramos en Galerías, que íbamos a bailar. Aquí hay algo raro, pensé. Fuimos y bailamos un ratico por Galerías. Luego me dijo que me iba a llevar a comer a un restaurante en La Soledad. Eso era nuevo. Nunca habíamos hecho ese plan. Fuimos a comer al Park Way al Chalet Suizo. Estaba delicioso. Pedí una carne con salsa de champiñones. Yo estaba muy contenta pero como desconcertada. Me di vuelta y cuando volví a mirar estaba la caja con el anillo sobre mi plato. Yo no lo podía creer. ¿Se imagina si no iba yo a aceptar? Llevaba toda la vida esperando ese momento”. 

Jimena es una romántica. Recordando la escena se le han vuelto a aguar los ojos. Los gritos de Tomás, su hijo de cuatro años que juega a volar por el corredor, la traen de vuelta. 

Sofía, la hija de diez años, me sostiene la grabadora mientras converso con sus papás. Es ella quien me cuenta que se conocieron en una fiesta organizada por una prima, cuando eran estudiantes de la Nacional. 

“La única condición era que mi hermana estuviera —aclara Jimena, pues su hermana Marcela vive en la Rioja, España—. Yo he tenido mucho trabajo este año. Cuando en enero mi hermana me dijo que venía en abril, entonces ya lo organizamos todo para esta fecha”.

Norte y sur 

“El vestido lo busqué mucho —dice mirando los acabados—. No creas, yo fui a Galerías, hasta a Unicentro llegué a ir. Pero el mismo vestido que encuentras en Unicentro, exactamente idéntico, te lo alquilan por cuatro veces menos en el Restrepo. Y mira, este vestido es del Restrepo. Mira la calidad del trabajo. Y encima nos lo entregaron con los vestidos de las niñas”. 

Aunque no habrá luna de miel, sí tendrán noche de bodas. “Va a ser en un hotel del norte —explica Jimena—. Un hotel todo chic y no sé qué, con spa y de todo”. 

La fiesta costó cuatro millones de pesos, sin contar el trago, los vestidos, el carro, ni la noche de bodas. Los gastos totales deben ascender a unos seis o siete millones. 

Al empezar la fiesta, Jimena y Carlos bailan primero el vals (los norteños ya casi no lo hacen), luego hacen el brindis, toman las fotos, rifan el ramo, parten el ponqué y, por último, sirven la comida. 

El menú se compone de ‘envoltini’ de pollo, ternera en salsa de vino, arroz hindú y ensalada tropical. De bebidas ofrecen vodka y whisky y un coctel de vodka con soda, jugo de naranja y néctar de cereza. 

La fiesta se parece a otras fiestas. Cambian las coordenadas y cambian los precios, por lo demás, la salsa, el merengue y el rock fiestero que definen el concepto de cross over son los mismos en norte y sur. 

Jimena y Carlos viven en el sur, quizá porque el trabajo les queda cerca, porque su familia también vive allá, porque el arriendo es más barato, porque hay mejores centros comerciales, porque hay más bailaderos o —muy importante— porque el Pescadero del Sur queda en el sur. 

Aunque la razón más de peso quizá la tiene la canción más cantada de Raffaella Carrà, esa que dice: “Para hacer bien el amor hay que venir al sur”. 

Ojalá la noche en el hotel del norte haya sido tan chic y especial como esperaban. Si no, siempre estará el consuelo de “venir al sur”.

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