Álexánder mira a Paola por última vez en su vestido de novia. Es color crema, con encajes, sin mangas, le baja entallado hasta los tobillos. Ella hace una mueca que incluye una leve mordida del labio inferior y, sin mover la cabeza, desorbita los ojos. Él la trae de un jalón. Ella se deja. Se dan uno, dos, tres besos secos. Alexánder se niega a soltarla, pero una carcelera de cara tan dura como el concreto que lo rodea todo, blande un bolillo por los aires y grita con violencia: “¡Bueno, bueno, no más, esto se acabó, se me van!”. Y Paola se le escurre nerviosa a Alexánder por una puerta de barrotes.

—Siempre es igual, como en Titanic, la película, cuando Jack se muere y deja a Rose: las manos se van separando hasta que los enamorados se alejan, solo que en este caso nadie muere, sino que una reja separa de ahí en adelante la felicidad plena —dice el padre Óver Tovar para rematar una de las escenas más conmovedoras y a la vez más dolorosas que se pueden ver en la cárcel La Picota: el matrimonio de un interno.

***

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—Amén.

—El Señor esté con ustedes.

—Y con tu espíritu.

—Hermanos, para celebrar dignamente los sagrados misterios, reconozcamos nuestros pecados…

Alexánder, de 39 años, aprieta la mano de Paola e inclina la cabeza. Por una de esas coincidencias lingüísticas que rozan el absurdo, su matrimonio en prisión empieza con el acto penitencial, que no es más que el del arrepentimiento. Su propio “acto penitencial” comenzó hace doce años, cuando fue detenido por el delito de… no importa. Esta es una historia de amor, no una crónica judicial. Además, justo antes de la bendición, Alexánder y su hermano Harold —“abogado, para servirle”— me piden mantener la falta en secreto:

—Lo que importa acá es la felicidad del momento, no el amarillismo, ¿de acuerdo? —pregunta Harold en tono de afirmación.

—Pues, pues… —se dispone a responder Alexánder, pero la ve; la ve por primera vez en “el día más feliz” y no puede hablar más, las palabras se le atoran en la garganta.

Estamos en la zona de talleres del Patio 15 de La Picota, un sótano gris de luces halógenas blanquísimas donde los internos de máxima seguridad —condenados por asesinato, extorsión, actos terroristas, robo... todo menos abuso sexual— queman tiempo y reducen penas completando cursos de marroquinería, aprendiendo a leer, validando el bachillerato, estudiando una carrera universitaria a distancia, practicando yoga. Esta caverna gris destinada a las actividades extracurriculares de los reclusos está empapelada con mensajes motivacionales —“el primero en pedir perdón es el más valiente, el primero en perdonar es el más fuerte…”—. Hay también letreros que advierten sobre los peligros de la marihuana, la cocaína y el bazuco —“la droga no te hace libre…”—.

Paola permanece en silencio, escondida de Alexánder en la biblioteca, detrás de una pila de libros viejos; hasta en la cárcel es mala suerte para el novio ver a su prometida antes de la ceremonia. Retoca la corona de florecitas blancas que compró la tarde anterior. Detrás de ella, una frase escrita en marcador azul sobre cartulina reza: “Cada luz del día recibida es una bendición”. Curioso, pues en los bajos del Patio 15 se recibe de todo menos luz del día.

Ramo en mano y barbilla en alto, la futura, radiante, atraviesa la puerta pesada de hierro de la biblioteca. Como sus papás murieron, quería que quien la entregara en matrimonio fuera uno de sus tíos, también preso en La Picota, pero le fue imposible obtener el permiso para el traslado desde otro patio. De nada sirvió la avalancha de peticiones que envió la pareja a los guardias, al Inpec, a los trabajadores sociales; siempre se chocó con la misma respuesta: sin la firma del director del penal, acá no se autoriza nada. Ante semejante desplante burocrático, Paola optó por la mayor de sus tías, una cabeza más bajita, quien ahora da pasitos acelerados mientras es arrastrada en gancho hacia el novio.

Las notas de la marcha nupcial suenan en uno de los salones de clases, transformado en capilla para la ocasión. Juan —interno hace una década, músico, compañero de Alexánder en una banda de baladas en la que el novio toca la guitarra— es el encargado del órgano. Tal vez porque el vidrio que da hacia los corredores del penal es blindado, la música suena tenue.

Los novios caminan sobre los pétalos de rosas rojas que adornan el piso, se mueven entre las sillas plásticas azules con gris —los colores del Inpec— que hay dispuestas para los invitados. El pronto marido y su casi mujer se detienen frente al altar, ataviado con dos cirios y un mantel blanco. El padre Óver los recibe con una sonrisa repleta de dientes. El cura barranquillero, de 35 años, quien trabaja con cárceles y presos desde el día en que se ordenó, no domina la emoción y los abraza.

—Oremos.

***

—El Señor esté con ustedes.

—Y con tu espíritu.

—Lectura del Santo Evangelio según San Juan.

—Gloria a ti, señor Jesús.

—Tres días después, María, la madre de Jesús, fue a una boda en un pueblo llamado Caná, en la región de Galilea. Jesús y sus discípulos también habían sido invitados. Durante la fiesta se acabó el vino…

El diácono de La Picota relata cómo Jesús convirtió el agua en vino, y del bueno, precisamente en una fiesta de matrimonio. En la recepción de Alexánder y Paola habrá gaseosa, pero ni pizca de bebidas alcohólicas, por obvias razones.

Todos prestan atención a las lecturas sagradas: los ocho familiares que les autorizaron invitar a los novios; Enuar, el padrino, compañero de patio de Alexánder; Juan, el organista; la hija de Paola, pajecita y encargada de las argollas; el dragoneante Rodríguez, ‘Chiqui’, un guardia del Inpec menudito que, enfundado en el camuflado azul institucional, como de soldado en invierno, culebrea entre los asistentes para registrar el enlace con su cámara.

Los novios no paran de cuchichearse. Quienes los conocen cuentan que siempre han sido así, generosos en sus demostraciones de afecto; un par de tórtolos besucones desde que se conocieron un domingo de visitas hace poco más de un año, cuando Paola fue a visitar a su tío —el que no pudo entregarla hoy— y Alexánder se la cruzó por accidente.

—El tío, que era amigo mío, me vio y me dijo: “Vea, le presento a mi sobrina”, y a mí sí me gustó, para qué le digo mentiras —cuenta Alexánder, y se sonroja cual quinceañero tragado.

—A mí lo mismo. Ese día hablamos de todo. Yo iba a estar con mi tío y volvía donde Alexánder, iba y volvía donde él. Al final le di mi teléfono...

— Yo primero le dije al tío: “Mire, con respeto, su sobrina está bien bonita, ¿en qué situación está?”, porque no me quería meter si ya estaba comprometida. Y la llamé todos los días durante un mes, hasta que volvió a la visita.

—Claro, todo el mundo me decía que ya no venía por mi tío, sino por él —cuenta Paola, y lo señala con la boca—. Me acuerdo de que me decía por teléfono que me mandaba muchos besitos, pero nada más…

—Hasta que ya vino otra vez y le dije lo que sentía, para tener algo más serio, porque yo quería era decirle de frente.

El resto de la relación se resume en llamadas tipo cuelga tú, no, tú; visitas de fin de semana; cartas que terminaban con el ya clásico “muchos besitos”; encargos que ella le dejaba en la zona de encomiendas: que un jabón de baño, que una toalla, que un cepillo de dientes, que un rollo de papel higiénico…

Hasta que Paola se cansó de la informalidad y, en uno de esos impulsos que dominan al enamorado, le envió una foto adornada con rosas y corazones; y un mensaje, claro: “¿Te quieres casar conmigo?”.

—A mí, la verdad, me cogió de sorpresa. Me preguntaba si estaba hablando en serio. Entonces cuando vino la siguiente vez le dije que sí, que claro.

El papeleo duró tres meses, todo un récord en términos de permisos maritales penitenciarios. Según cálculos del sacerdote Wilson Cárdenas, párroco de La Picota y superior del padre Óver, al menos 100 reclusos piden permiso para casarse por lo católico cada año, pero no más de 10 lo logran. Los 90 restantes se pierden entre los requisitos y la volteadera: la sacada de los registros civiles y partidas de bautismo de los “contrayentes”; la búsqueda de dos testigos que aseguren conocer a los novios hace al menos una década; el curso prematrimonial, que el mismo párroco recomienda hacer dentro de la prisión, entre semana, en pleno horario laboral del “consorte en libertad”.

En un descuido del padre Óver, los asistentes se adelantan y les tiran arroz a los novios. Y yo aprovecho la algarabía para preguntarle a Paola qué lleva a una mujer a medírsele a semejante papeleo para compartir su vida —si es que aquí cabe el verbo compartir— con un hombre tras las rejas.

Y ella levanta una ceja, en un gesto de desconcierto. Seguro estaba preparada para las preguntas estúpidas del periodista, pero no tanto:

—El amor —responde con seguridad, y él le tira un beso en el cachete.

Obvio, ¡el amor!

El padre Óver llama al orden; el diácono vuelve al Santo Evangelio según San Juan:

—Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor. Tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora. Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él…

Uno de los invitados susurra un chiste sobre la boda bíblica de Caná y su parecido con esta boda, que no es en Caná sino en la cana. Se oye una carcajada sorda.

—Palabra de Dios.

—Te alabamos, Señor.

***

—Pueden sentarse…

El padre Óver parece un showman: levanta las manos al Señor, camina detrás del altar, cierra el puño para hablar de “ma-tri-mo-nio”, echa uno que otro chascarrillo que atrapa a la audiencia:

—¿Finales felices? Nadie nos contó que después Blancanieves tuvo cinco hijos con el príncipe y el sexto les salió enano…

Su voz cambia de serena y felpuda a aguda y penetrante. Se haría rico si colgara sus sermones en YouTube. Cierra los ojos y de un momento a otro los abre inmensos, como platos, con la mirada clavada en los novios:

—¿Qué es la felicidad? La felicidad no es como nos la pintaron. Ninguna pareja se casa y listo, se acaban los problemas. Te casas y te dicen: “¿Estás loco o qué?”… Es que el matrimonio tiene mala propaganda.

La actitud dicharachera del padre Óver parece tranquilizar a Alexánder. Minutos antes de la ceremonia, el novio parpadeaba nervioso; se repasaba el pelo, rapado a ras a los lados y con una cresta naciente en la cima, a lo futbolista; se llevaba cada cinco segundos la mano al nudo de la corbata anaranjada, que corta con el traje blanco y la camisa ídem escogidos para el gran día. Ahora no; ahora su expresión es de placidez.

La de Paola también. Por fin luce relajada después de una mañana movida: maquillarse, ayudar a su hija con el vestido y las baletas blancas; comprar los muñequitos del ponqué, las servilletas, los vasos plásticos; tomar un taxi hasta la cárcel, ubicada en las comisuras del suroccidente de Bogotá, entre montañas colonizadas por casitas de ladrillo que amenazan con caerse.

La Picota es una de las prisiones emblemáticas del sistema carcelario nacional. Los números oficiales afirman que tiene capacidad para 5810 reclusos bien acomodados, pero todos allá repiten sin vergüenza que el caso es de hacinamiento, y alarmante. La entrada, un arco descomunal de cemento que ya envidiaría cualquier universidad de diez millones el semestre, custodia dos edificios; moles de ocho y nueve pisos que albergan a la mayoría de los presos, los “comunes y corrientes”.

En un par de construcciones contiguas —más bajas, más viejas, más enrejadas, más parecidas a una penitenciaría de película— residen los “atractivos turísticos” del penal: extraditables codiciados por la prensa; parapolíticos de renombre; funcionarios públicos hasta hace poco “honorables”; uno que otro responsable del caso Interbolsa; Martín Sombra, el barbudo y abominable “carcelero de las Farc”, quien justo antes del matrimonio es reubicado y entra a la Torre F delante del equipo periodístico de SoHo.

Esta mañana, frente al arco de entrada de La Picota, Paola presentó a sus familiares con los de Alexánder. A ritmo de merengue —La chica gomela sonaba en una cafetería contigua—, los nuevos parientes hicieron juntos una fila para entrar al complejo carcelario, otra para registrarse y una más para acceder a los patios. Y Paola pasó con su ramo por un escáner, se sentó en una silla detectora de metales y soportó con dignidad requisas varias hasta debajo del vestido de novia.

Pero ya se acabaron los trámites, las filas, los preparativos. Y ahora sonríe de medio lado. Llegó la hora de dar el sí.

—Levantemos el corazón

—Lo tenemos levantado hacia el Señor.

—Demos gracias al Señor, nuestro Dios.

—Es justo y necesario.

***

—Paola y Alexánder, ¿están decididos a casarse, a respetarse?

—Sí, padre.

—¿Están dispuestos a serse fieles el uno al otro?

—Sí, padre.

—¿Están decididos a tener hijos, nietos, bisnietos…?

—Sí, padre.

Los novios intercambian las argollas. A Alexánder no le entra la suya en el dedo anular —nunca tuvo la oportunidad de probársela—, entonces, recursivo, se la acomoda en el meñique. La sala estalla en aplausos. Vuelve a llover arroz. Salen flashes de todos los rincones: foto con el padrino, foto con el padre, foto con la pajecita, foto dándose un pico, foto de las manos entrelazadas en primerísimo plano.

Y el mismo recinto donde cientos de presos aprenden a leer, el aula multiusos que hasta hace unos segundos hacía las veces de capilla, adquiere forma de salón comunal. Con las sillas puestas en forma de círculo, los novios y los invitados comen ponqué.

The Sound of Silence, versión de organeta, hace las veces de banda sonora de la fiesta de bodas, que no dura más de media hora. Alexánder tiene que cambiarse en segundos y volver a su celda; Paola debe salir cuanto antes del Patio 15.

Mientras nos despedimos, el padre Óver me cuenta que el índice de separación de parejas hombre preso-mujer libre, según su experiencia, es de más del 50 %. Y me confiesa en voz baja que muchas diócesis no están de acuerdo con los matrimonios en las penitenciarías.

—¿Por qué, por la infidelidad? —le pregunto.

—Por eso y por la consumación.

—¿Cómo así?

—Mira, el matrimonio en la cárcel es más difícil que la entrada al baño de un tullido a medianoche. Eso se debe en parte a que, según el derecho canónico, los novios tienen que consumar en las 48 horas siguientes a la ceremonia, ¿y estos cómo hacen?

—Eso le pregunto, padre, ¿estos cómo hacen?

—Pues les toca esperar a la próxima visita conyugal, que se puede demorar…

Entonces los recién casados, resignados a aplazar el gustico, se despiden a lo Titanic: él la jala y le da besos; y entra la carcelera implacable; y Alexánder vuelve a ser un preso común y corriente, con dos años de condena por delante; y sube lo que sobró del ponqué para compartir con sus compañeros de patio; y Paola, la novia sin noche de bodas, abandona La Picota todavía vestida para “el día más feliz”, pero sin el ramo, pues su prima se lo ganó.

—Podéis ir en paz.

—Demos gracias al Señor.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.