Ana Judith Olaya y Omar Pérez se casaron el mismo fin de semana que el príncipe William de Inglaterra y Kate Middleton. No fueron lo suficientemente curiosos ante la boda real, como los millones de televidentes del mundo entero, porque ellos ya estaban viviendo su propio cuento de hadas. Su historia de amor no nació en Inglaterra, aunque el lugar en que se vieron por primera vez remita a su reina más gloriosa: Victoria. Sí, fue justo en la Escuela Santafereña 2 del barrio La Victoria, en el sur de Bogotá, y no en el campus universitario de Saint Andrews, donde se conocieron.

De eso hace ya 36 años, cuando cursaban quinto de primaria y Omar le mandaba saludos a Ana Judith con sus compañeras de clase. “Insistió hasta que consiguió que le hiciera caso”, dice Ana Judith soltando una carcajada. Omar la pretendía año tras año en el colegio y apenas se graduaron se hicieron novios. “Siempre me pareció hermosa y lo sigue siendo por encima de todas”, dice Omar rodeándola con sus brazos. El noviazgo les duró poco. Las hormonas enloquecidas no les dieron tregua y a los dos meses el vientre de Ana Judith empezó a crecer. Sandra ya venía en camino y los arrastraba consigo una adultez prematura. Pasaron de comprar chocolates y tarjetas con mensajes de amor a comprar pañales y leche en polvo para bebé. 

Hasta aquí una historia común entre tantas jóvenes colombianas a las que se les tiene prohibido preguntar de sexo, o a las que nunca les hablaron lo suficiente ni en sus casas ni en el colegio para darse cuenta de que los niños definitivamente no vienen con la cigüeña. No conocen a tiempo métodos anticonceptivos y ante un embarazo terminan abortando o teniendo, como Ana Judith, hijos a una edad en la que apenas se empiezan a forjar los sueños de adolescentes. 

Tuvieron planes de boda apenas supieron del embarazo. No pensaron en el dinero, tampoco dónde vivirían, pero sabían que tenían que ser responsables de esa niña que venía en camino y, tal vez, porque así lo dicta la sociedad, el matrimonio podría ser la mejor salida.

— ¿Por qué no se casaron entonces? 

—Porque yo era menor de edad —me cuenta Ana Judith minutos antes de salir para la iglesia. Hablamos con un sacerdote y dijo que no, porque teníamos que pedirles permiso a mis padres y mi mamá se negó.

— ¿Qué hicieron? 

—Me fui a vivir con él a la casa de la mamá y allí estuvimos seis años. Allá nacieron la niña y el niño —descubro que cuando nombra a su hijo se le borra la enorme sonrisa con la que me recibió.

— ¿Pasa algo? 

—Solo recuerdo a mi hijo —mira a la pared y señala una fotografía donde aparece un joven de unos 20 años. Me hubiera gustado que estuviera aquí, pero con lo del accidente lo perdí… Iba en una moto, un carro lo cerró y se chocó contra un camión del Distrito y murió enseguida.

No quise preguntarle más. Suspira resignada, levanta los brazos como tratando de soltar un gran peso que lleva a cuestas y sonríe. Los ojos le brillan tanto que ni siquiera son opacados por la densa capa de maquillaje que le pusieron en la peluquería del barrio Montebello, a escasas seis cuadras del barrio 20 de Julio. Llegó ofuscada de su tarde de belleza. Pagó 100.000 pesos para que la peinaran a ella, a sus damas y a Sandra, y un racionamiento de energía la dejó apenas con el tiempo justo para tomar un baño y vestirse.

“Por fin se decidieron a casarse en enero —dice Sandra mientras sostiene la caja de polvos faciales que le aplica a su madre—. Fue porque en diciembre estábamos reunidos en familia y mi esposo y yo les dijimos que ya estaba bueno, que ya era hora”. Y sí, las parejas de ahora prefieren irse a vivir juntas un tiempo para probar y luego formalizan ante Dios y ante la ley su compromiso si ven que la cosa funciona. Pero la regla no aplica para todo el mundo y muchas veces casarse no es cuestión de querer sino de poder. Como les pasó a Omar y a Ana Judith, primero porque sus padres tomaron la decisión por ella y luego porque con los gastos de los hijos les tocó dejar la idea para “algún día”.

Omar trabaja en mantenimiento hospitalario en la Clínica Veraguas de Saludcoop. Antes lo hizo por 19 años en el Hospital San Juan de Dios hasta su cierre, aunque aún hoy su jornada no empieza si antes no pasa por ahí a firmar un libro de entradas y salidas. Desde hace seis años se levanta a las 5:00 a.m., toma el colectivo que pasa enfrente de su casa, hace una parada de diez minutos en el San Juan de Dios y a las siete en punto ya está en sus labores, la fórmula la repite a la inversa cuando va de camino a casa. Lo hace porque la liquidación del hospital aún está en proceso y no piensa perder ni un día de sueldo. Desde que Ana Judith se retiró de la empresa de aseo en la que trabajó por 17 años, él es el único que lleva plata a la casa. No tiene un título profesional, pero los cinco técnicos que hizo en el Sena le dan aire suficiente para sacar pecho cuando los enumera: plomería, pintura, mecánica, electricidad y telefonía.

La casa en que viven está divida en cuatro apartamentos. No tienen paredes que indiquen dónde acaba el uno y empieza el otro. Es un solo espacio delimitado por una barrera imaginaria y por las cuatro cocinas y las cuatro salas que avisan cuál es el terreno del otro. Omar está en el apartamento de su cuñada Doris. Ana Judith, se resguarda en el suyo. No se pueden ver, dice ella, por eso de que el novio no debe ver a la novia antes de la boda. Mientras, Sandra le sube el vestido y le pone el liguero, se le estaba olvidando.

Omar es un año mayor que ella, tiene 47. Está de vestido entero gris oscuro con delgadas líneas grises más claras, de lejos parece negro. La camisa es rosada al igual que la corbata, que tiene unos diminutos rombos azules que a la distancia solo son puntos negros. Los zapatos, muy brillantes, como recién salidos de la caja. Todo su ajuar es nuevo, lo compró por 250.000 pesos en una tienda del centro. Me acerco a saludarlo, abraza mi mano con las suyas. Un saludo cálido. Abre y cierra los ojos muy rápido, tiene un tic, mueve las manos en un intento para ocultarlo.

Llega la hora de partir hacia la iglesia. El novio se adelanta con una hermana y dos sobrinos en un Mazda 323 vino tinto. Diez minutos después aparece la novia, toda de blanco y con un tocado de diminutas flores artificiales sobre la cabeza, y de donde brotan tres tirillas que caen sobre su pelo, muy parecidas a las espigas de arroz cuando aún no han sido cortadas. El ajuar fue el regalo de bodas de María, su mamá, quien parece tener todo bajo control. Lo adquirió en una tienda de alquiler de vestidos de novias del centro y se lo dieron con guantes de encaje, tocado y otros dos vestidos de niña para las damas.

Ella sabe que es su noche y desfila orgullosa hasta el carro nupcial, otro Mazda 323, este es gris. Lo decoró con tres lazos de cinta blanca. Mientras, los vecinos se agolpan en los balcones y en las puertas de las casas, que minutos antes permanecían cerradas. No dejan de mirarla. Se oyen murmullos e irrumpe el motor de una buseta que baja la velocidad al pasar. Todos los pasajeros, incluido el conductor, se quedan mirando. Cada paso lo da lento, se sube el vestido con las dos manos para no ensuciarlo y deja al descubierto sus zapatos, blancos también, puntiagudos y de casi seis centímetros de alto, que de no haberlos notado nunca me hubiera percatado de que esta mujer no alcanza e1 metro con cincuenta y cinco de estatura. 

Apenas recorremos tres cuadras en carro para llegar a la iglesia. Casi anochece en el barrio Montebello, los niños juegan fútbol en la mitad de la calle, en la tienda de la esquina hay gente haciendo fila, agolpándose para ver algo en un diminuto televisor y un perro ladra enfurecido a la mujer que intenta espantarlo con una piedra. El novio ya espera el instante de entregarle el ramo a su futura esposa. La iglesia está vacía. No hay una multitud impaciente en espera de la salida de la novia como hace 24 horas a las afueras de la Abadía de Westminster. Ana Judith se hace esperar. Desciende del carro. Del brazo de su padre, Roberto, y antecedida por los cortos pasos de su nieta de seis años da su última caminata de soltera. “Hola, Negra”, dice Omar mientras contempla con los ojos bien abiertos cada una de sus partes. Ella lo besa y él le agradece con otro beso. Sonríen mirándose fijamente, y los ojos les brillan como a unos recién enamorados, como si llevaran un mes de novios y no 28 años. Solo son interrumpidos por Roberto, quien le pide a Omar que le cuide a su hija. Entonces, caminan juntos hacia el altar sobre un tapete rojo.

Las únicas flores de la iglesia son los seis cartuchos del ramo que sostiene Ana Judith en sus manos. Un joven toca la organeta y entona los cánticos de la misa, se desafina. El momento cumbre llega con la bendición de los anillos y el ritual de compromiso, el padre habla rápido, tiene una reunión con la comunidad que ya lo espera en la sala contigua. Los novios no saben qué hacer, solo siguen instrucciones. Frente a frente se juran amor eterno al tiempo en que se ponen las argollas y se dan un beso más largo que el del príncipe William y Kate Middleton. El sacerdote les acerca una tabla de anotaciones, primero Ana Judith y luego Omar firman el acta de matrimonio. Desde afuera se oye la canción La reina, de Diomedes Díaz: es la tercera vez que la repite el dueño de la tienda vecina. También se oyen los gritos de gol desde la plaza, donde un grupo de jóvenes se la juegan toda por un petaco de cerveza.  

Aún así, la ceremonia continúa. La bendición y el señor y la señora Pérez Olaya salen de la iglesia, sin soltarse ni un segundo las manos, como esposo y esposa. Ahora el beso se alarga bajo la luz roja que emana de la cruz de neón a medio encender dispuesta en lo más alto. Una sesión de fotos obligada con la familia los demora 20 minutos y toman camino hacia la casa. Esta vez, el Mazda 323 gris tiene un espacio para Omar y todo el mundo camina cual procesión tras ellos.

La fiesta 

Cincuenta personas están invitadas a la fiesta. Escasos amigos, la mayoría hermanos, primos, tíos y una tanda de sobrinos de todas las edades, empezando por Natalia, de apenas dos meses de nacida. Todos caminan por las estrechas escaleras hacia el segundo piso, a la habitación de Roberto y María, el espacio más amplio de todos los apartamentos y dispuesto como salón de recepción. Seis globos blancos, algunos lazos de cinta y una cadeneta con cartones estampados con la imagen de unos esposos colgando del techo adornan el lugar. Los novios hacen su gran entrada al tiempo que el sobrino, un DJ aficionado, enciende el equipo y se oye el vals. Todos están de pie y aplauden esperando a que Omar y Ana Judith empiecen a bailar. Él le toma la mano y rodea su cintura con el brazo que le queda libre. Se dejan llevar por la música y parecen bailar solo para ellos siguiendo esa melodía que quizá no bailaban desde los 15 años de su hija. María da órdenes a los demás para que bailen con los novios. Roberto es el primero, baila con su hija, el DJ repite el vals. 

La única mesa está ubicada en el extremo opuesto de la gran ventana que da a la calle. La torta de tres leches y de tres niveles está encima, escoltada por dos pirámides de copas plásticas a cada lado. Pagaron 120.000 pesos en una pastelería del barrio 20 Julio por hacerla. Entonces vino el brindis, todos sostienen una copa de vino espumoso —había blanco, rosado y lila—. Omar toma la palabra, le tiembla la voz, y solo atina a decir un entrecortado “¡Gracias!” y aprieta la mano de Ana Judith. Ella también agradece. Y por segunda vez a ella se le borra la sonrisa del rostro, “me hubiera gustado que mi hijo estuviera aquí”, dice. Luego, sosteniendo las únicas copas de vidrio de la recepción, entrecruzan sus brazos y toman un sorbo del vino espumoso Alteza que mantenían frío en la nevera. 

Suena un reguetón. Los hombres ceden las sillas a sus esposas que cargan a sus hijos. Todos se ríen. Omar busca desesperadamente un CD entre la colección de más de ochenta que tiene apilados en el mueble del equipo de sonido.

—Es la primera vez que bailo en seis años, después de la muerte de mi hijo. Le guardé luto todo este tiempo, pero la ocasión es buena para volver a hacerlo. 

Recibo de sus manos un vaso desechable con una bebida naranja que sabe a jugo de naranja en polvo con alcohol. No logro identificar cuál y Omar se apresura a informarme que es jugo de naranja con vodka. Ahora él es el DJ. Suena Un poquito de cariño, de Aníbal Velásquez, y todos salen a bailar.

A los hombres les brindan whisky. Varias botellas de Sir Edwards están guardadas en la cocina, cerca de la lechona que planean repartir a medianoche y que le encargaron a un amigo del barrio Olaya “que hace las mejores”, dice doña María. Les costó 220.000 pesos y ese mismo día se la entregaron. 

Ahorraron desde enero para este banquete. No saben cuánto les tomará hacerlo para la luna de miel. Lo más lejos que han estado de Bogotá es en La Mesa, a dos horas en carro. “El negro y yo queremos ir a Panamá —me cuenta Ana Judith—. No tenemos fecha porque no hay plata”. De lograrlo, saldrían por primera vez del país y de paso conocerían el mar. 

La fiesta coge fuerza a pesar de que no hay ni organizador de bodas, ni arreglos florales, ni vajilla de porcelana, ni vasos de cristal, ni meseros, ni manteles. “Soy más feliz que la realeza inglesa, llena de tanto protocolo y pocos amigos verdaderos”, me dice Omar. 

Y mientras los veo abrazados, aferrados mutuamente, sonriendo, dejándose llevar por la música, pienso en que aunque ellos no saldrán en miles de revistas del mundo como los ahora duques de Cambridge, la vida es tan irónica que de su amor queda este registro en SoHo. Pero lo mejor —pienso yo— es que poco o nada les importa.

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