Él la llama “baby”. Vestido de gala, la tranquiliza por celular. Lleva más de media hora saludando a invitados en la iglesia, mientras una ventisca fría atrae nubes negras que anuncian uno de esos aguaceros de estos días. “Tranquila, baby, que el cura no ha llegado”. Ella está esperando en un restaurante cercano a que todo esté listo para la ceremonia de bodas. Así se estila: la novia es una especie de reina que entra triunfante cuando todos los invitados están al punto del desespero y el cura, que ha cobrado sus honorarios por adelantado, empieza a dar los primeros toques al altar. Una calle de honor con cartuchos blancos y una hilera de faroles iluminan la pequeña capilla del Club Hatogrande, que es una réplica tamaño bonsái de una iglesia española, de esas que se encuentran en cualquier pueblo que fuera colonia.

Leonardo Quintero pone su mejor sonrisa para saludar a los invitados que llegan y lo abrazan emocionados. Algunos de sus amigos lo hacen dándole falsas condolencias. A los hombres les encanta fingir que no les gusta el matrimonio y que quien está a punto de dar el “sí” es un animal que se dirige dócil al matadero. Pero todo es parte del espectáculo. La verdad es que les fascina y suelen reincidir mucho más que las mujeres. 

Los matrimonios suelen tener un guion sin el cual no serían lo que son. Cuando ya algunas de las invitadas sufren por los estragos que el frío de la sabana hace en sus pelos recién peinados, aparece de repente un hombre con aspecto de agente vendedor: un maletín de cuero, una calva incipiente y un veloz estilo para caminar. “Es el cura” se oye, es decir, el vendedor de bendiciones. Digo vendedor porque en este lujoso matrimonio, el único gasto del que realmente se ha quejado la novia es del que cobró la santa Iglesia católica: un millón y medio de pesos, incluidos 800.000 que son las regalías para la iglesia de Zipaquirá, sin contar los 150.000 del curso prematrimonial. Y eso que a último momento Jimena Ruiz, la novia, en un acto de extrema austeridad, decidió desechar a un sacerdote muy recomendado por sus sermones especialmente poéticos y proféticos diseñados para estas ocasiones. El muy descarado, me dijo ella, pretendía cobrar 1.500.000 pesos y exigía quedarse a la fiesta en compañía de un joven que siempre lo acompaña. Ni más faltaba. Jimena se transó por un sacerdote más económico, y menos locuaz. La misa duró apenas la media hora reglamentaria.  

El caso es que el sacerdote estaba más retrasado de la cuenta porque tuvo que parar unos metros antes de la entrada al Club para desvarar a Jimena, cuyo flamante Mercedes-Benz se quedó varado en plena carretera. Habiendo como había esa noche docenas de carros caros en el parqueadero, desde camionetas Toyotas, pasando por BMW, Audis y otros, hubo que escoger el más sobrio: un Mercedes-Benz 1996 clásico, de un amigo del novio, a bordo del cual, por fin, llegó la novia. Como estaba previsto, todo el mundo hizo comentarios sobre su belleza. Jimena es una mujer muy bonita, pero esa noche estaba deslumbrante, como tocaba para la ocasión. No podía pasar inadvertido su vestido de tul beige, diseñado por el español Manuel Mota y comprado en la exclusiva tienda de Pronovias. Un traje que se ajusta perfectamente a los senos y el vientre y que de la cintura para abajo es una composición de filigrana de piedras y encajes que semeja a una flor. Ella estaba perfectamente bronceada y sus hombros descubiertos le daban contraste a un cabello rubio perfectamente peinado, sobre el que caía una mantilla traída de España, y cuyo velo es de por lo menos diez metros. No sobra decir que todo el ajuar costó unos siete millones de pesos, que no dejan del todo tranquila a Jimena. “Después lo voy a poner a la venta para recuperar algo de plata”. Parece que hay mucho mercado de segundas en esto de los matrimonios. 

Durante más de seis horas la novia ha estado en manos del más conocido, y también costoso, maquillador de la ciudad: Álex Ramos. Jimena no me quiso confesar cuánto pagó por ello, pero me dijo que “un platal” que pasaba de 500.000 pesos. Pero parece haberlos pagado con más gusto que al cura. 

La entrada triunfal de la novia, sobre la alfombra roja, se anima con la marcha nupcial que tocan al fondo un cuarteto de cámara, totalmente femenino, que consta de piano, violín, chelo y una soprano que “solo tocará música erudita”, según me dijo la mánager encargada de toda la música. Algunas piezas sacras, entre las que hay canciones de Bach, le dan un toque solemne a la ceremonia. El cuarteto es de lo mejor y me pregunto qué diablos hacen unas artistas, al parecer consagradas, tocando en matrimonios. Otrora ese era el oficio de los coros eclesiásticos que eran acompañados por organistas que evocaban al jorobado de Notre Dame. Pero ahora el negocio del matrimonio es más que bueno, genera empleos y, respecto a los novios, es seguro que se recupera la inversión. 

Aunque tiene toda la pompa de un matrimonio rico, en realidad esta es una pareja más bien de profesionales exitosos, treintañeros, y para ambos estas son sus segundas nupcias, tanto que tras la novia hay una pequeña pajecita que es su hija de cinco años. Ya viven juntos, en un cómodo apartamento del norte de la ciudad, comprado para sus nuevas vidas (¿ven que es buen negocio el matrimonio? Ya se han ahorrado por lo menos 300 millones).

Dos años atrás se conocieron en un McDonald’s y desde entonces no se han separado. Él es un abogado laboralista, y aunque no sé si es exactamente un millonario, su nivel de vida le da para ser socio del exclusivo Club Hatogrande, donde el solo ingreso puede estar por los 50 millones de pesos. ¡Es laboralista! Casi todos a los que he conocido en esa profesión, sea que defiendan a los patronos o a los trabajadores, se suelen forrar en dinero. Ella, por su parte, es una abogada de trayectoria en el Congreso, que a todas luces es organizada y con sueños de futuro. “El noviazgo fue del putas”, me cuenta Jimena. Desde las primeras salidas lo supo: este es el hombre. Su mejor recuerdo es aquel viaje a Nueva York, en primera clase, que hicieron apenas unos meses después de conocerse. “Visitamos todos los museos, pero no tanto por la cultura sino por estar juntos”, aclara ella. Poco después, él le propuso matrimonio una noche en la que contaban estrellas en Villa de Leyva, tendidos sobre el capó del carro. 

Una vez casados, Jimena y Leonardo se suben al Mercedes-Benz rebosante de flores y dan una vueltica al parqueadero para que todos puedan leer el letrero que cuelga de la parte de atrás: “Just Married”. 

A la entrada del club los recibe una lluvia de juegos pirotécnicos y un saxofonista que toca los boleros más románticos, empezando por Obsesión. De repente uno se siente en Hollywood, con los invitados entrando en elegantes parejas. Ellos, de riguroso esmoquin, y ellas, de colores variopintos, casi todos escotados y brillantes. Yo misma he tenido que ponerme uno de esos vestidos para poder entrar a la fiesta. Claro que el mío es alquilado, y supongo que el de varias de las invitadas también lo será. Por eso calculo que a cada una de estas parejas que entran tan elegantes la fiesta les ha costado, por lo menos, 400.000 pesos. El alquiler de los vestidos ronda los 150.000 para cada uno (sin contar zapatos y carteras), y la tarde en la sala de belleza sigue sumando. Eso sin contar el sobre de dinero en efectivo que les han dado como regalo a los novios, que a estas alturas no debe ser inferior a 200.000 pesos. Por lo menos, cada invitado debe pagarse su comida y bebidas con el bendito sobre.  

Apenas llegan, los 180 invitados reciben un lychie martini, una mezcla de vodka, triple sec y soho. No ha comenzado el baile y por lo menos la mitad de las mujeres están a punto de irse de bruces con el primer coctel. Casi todas tienen zapatos de más de diez centímetros de alto, con los que es literalmente imposible caminar o subir y bajar escalas. Será por eso que en general los hombres se ven relajados y ellas tan tensas, agarrando del brazo a sus maridos. Una empleada del club me cuenta que en muchas fiestas los novios les regalan chancletas a las mujeres para que puedan bailar tranquilas. ¡Qué tal la paradoja! Un emperifolle tan incómodo, para al final bailar en chancletas. Pero en este matrimonio no hubo chancletas por fortuna, y las mujeres fueron unas valientes bailadoras de tacón. Claro que hay que reconocer que el licor ayuda a sobrellevar estas penas. Adentro, según me contó el barman, esperan 42 botellas de whisky Old Parr, 19 botellas de champaña, 36 de vino y seis más de vodka. La cosa funciona así: los que contratan la fiesta traen el trago pero pagan 3.500.000 pesos por el descorche. El trago ha sido una cortesía del padre del novio, por eso con el primer martini en la mano, dice con mucha gracia y estilo: esta es la sangre de mi sangre. 

Adentro, los decoradores han hecho maravillas con los 18 millones que cobraron esta vez (¿o serán 28 como dijo otra persona?).

 En cada una de las 25 mesas hay preciosos manteles de organza, arreglos de hortensias blancas y verdes y 500 orquídeas repartidas en todo el salón. Lámparas con pequeños vidrios luminosos, que caen como si fueran cascadas, y velos en el techo. Todo el espacio está inspirado en un bosque, por eso hay réplicas de árboles en las mesas y plantas vivas que lo hacen realmente bello. No importa que los decoradores tuvieran que hacer ocho viajes en un camión 600 para traer todo el mobiliario. Al fin y al cabo, uno se casa una vez en la vida… bueno, por lo menos una sola vez con esta pompa.

Luego vienen las fotos con cada mesa. Porque obviamente todo lo que ocurre está registrado en video y fotografía, lo que no bajará de seis millones de pesos. El brindis se inicia con unas conmovedoras y muy pero muy cortas palabras del papá de la novia. Luego viene la cena. Crema de espárragos y parrillada de mariscos, más todos los aditamentos que hay en estos casos como ensaladas y panes. Algo que en promedio cuesta 60.000 por comensal. Frank Sinatra, o un músico que se le parece, iluminado en una enorme tarima al fondo, animó toda la velada con canciones como New York, New York, My Way y un poco de jazz. 

Al fondo del salón puede verse el gran ponqué de seis pisos, fabricado, nada más y nada menos, me dicen, que por Gloria de Santana. Yo hago como si el nombre de la señora me fuera muy familiar, pero me toca indagar después de quién se trata. En efecto, no hay fiesta de clase alta que se respete si la torta no es de la señora De Santana. Empiezo a darme cuenta, ahora sí, de que este matrimonio va por todo lo alto. 

Porque todavía está por empezar otro de los segmentos que harán inolvidable este matrimonio: la música. La Orquesta Impacto abre el baile con un repertorio escogido ciento por ciento por la novia, que se declara una melómana consagrada y que adora la salsa. Luces, confetis y mucho baile. La gente se vuelca a la pista a bailar con frenesí, lo que demuestra que los 15 millones invertidos en la música han valido la pena. Tiraron la casa por la ventana, todos pasaron felices y solo falta sumar al presupuesto los, por lo menos, 10.000 dólares que costará la luna de miel en Los Cabos, de México.

Los cantantes no dejan bajar la euforia. Unos familiares han venido desde Dubái, Luxemburgo, Londres y otras ciudades a ver esto. La fiesta está que arde con la hora loca, en la que Jimena saca los sombreros, las gafas, los pitos y los antifaces comprados directamente en San Victorino, pues eso le da esa gracia popular con la que se rompe el filo de la medianoche. La verdadera locura es cuando llegan los gaiteros que tocan cumbias y puyas, y el clímax, paradójicamente, es cuando la solemnidad tan costosa desparece y emerge la pura vena popular del baile. Porque un matrimonio rico y uno pobre se diferencian en muchas cosas, menos en el éxtasis que causa una puya en plena madrugada.

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