Todo iba muy bien hasta que decidieron rifar la liga de la novia. Todo iba muy bien hasta que el novio, que a esas alturas ya era un recién casado, calló a la orquesta -¡tan buenos que estaban los porros!- se tomó el micrófono y citó a los solteros en la pista de baile (¿han visto lo feo que suena "pista de baile"?).
Y me incluyó en la lista -y en la pista- aunque dejé de ser soltero por primera vez hace más de quince años. Traté de ocultarme tras una columna de granito, pero en todos los matrimonios hay sapos, y no faltó el que decidió echarme al agua.
Muy pronto estaba allá, de frente a la novia y al micrófono, de espaldas al resto de los invitados, que supongo que me miraban al mismo tiempo con burla y compasión, parado al lado de una docena de solteros reales, casi todos más jóvenes que yo, y casi todos sin haber estrenado aún el sentido del oso. La cantante de la orquesta, contratada no solo para repetir los estribillos de Lucho Bermúdez y de Celia Cruz, sino también como una suerte de recreacionista, se encargó de la rifa: "Levántense todos la bota del pantalón". ¿Las piernas más peludas?, pensé, y creí estar a salvo de ese horror que se venía: ubicar ese pedazo de encaje que le amarran a la novia en la pierna y que uno debe quitarle con la boca, ante la mirada celosa del que acaba de prometer amarla para siempre. Pero no. "El que tenga las medias más largas, un paso al frente. El que tenga las medias más cortas, un paso al frente". Las mías estaban a mitad de camino, y me salvé de la tortura (al ganador le tapan los ojos, le dan vueltas como a una gallina ciega y lo engañan con las piernas del organista, antes de conducirlo a las de la novia). Me salvé, pero en esos quince minutos de sufrimiento me arrepentí de haber ido al matrimonio, y ni siquiera la champaña ni el salmón, de los que ya había dado buena cuenta, lograban consolarme.
Después de la liga y del ramo y de la gritería y de los pronósticos sobre quién sería el próximo, todo volvió a la normalidad. Volvió el whisky y volvieron los porros, y yo volví a la mesa asignada a recuperarme del susto y del oso, mientras me animaba a volver a bailar.
Habían pasado cinco horas desde que la novia, con algunos minutos de retraso, descendió de un BMW Z3 frente al atrio de la iglesia, para dar inicio al primer desfile de la noche. Cinco horas desde que el papapapán papapapán de la marcha nupcial de Mendelssohn declaró oficialmente inaugurada la función. Para mí, el asunto comenzó mucho antes, cuando empaqué el esmoquin esa mañana, antes de tomar la carretera a Villa de Leyva. Jaime y Lina escogieron este escenario colonial, porque fue allí donde le propuso matrimonio. Porque fue allí, muchos años atrás, donde Jaime tiró una moneda en un pozo de la dicha, al lado de su primera esposa, ahora fallecida, y pidió la felicidad. Fue allí donde una tarde descubrió en un fósil de los que venden en el marco de la plaza el sentido del matrimonio: la fragilidad de una rama de helecho se había inmortalizado en la piedra. Por eso escogió Villa de Leyva, y por eso mandó imprimir en las tarjetas de matrimonio la imagen del fósil, en el taller de grabado mejor calificado de América Latina.
Presidente de una compañía de salud, Jaime Barrero dirigió -junto a su ahora esposa, Lina Mejía- una orquesta de ejecutivos que durante semanas no tuvieron otro oficio que cuadrar cada detalle del matrimonio. Ellos daban las ideas y ponían la poesía, y los asesores se encargaban de ejecutarlas, con el respaldo de una chequera generosa a la que no le importó girar, por ejemplo, cuatro millones de pesos simplemente para hacer realidad el sueño de los novios de que la iglesia del Santo Ecce Homo (a veinte minutos de Villa de Leyva) estuviera iluminada exclusivamente con velas blancas para la ceremonia. O girar un cheque de tres millones y medio para los arreglos florales de esa capilla en la que hacía diez años no había una boda, y en donde vivió la más feliz de sus noches una novia que lució un vestido de siete millones de pesos, un anillo de compromiso con doce diamantes y una argolla de oro rojo y amarillo que alcanzaba a brillar a pesar de la penumbra controlada de las velas.

Como en los grandes proyectos de su empresa, el matrimonio de Jaime tuvo un plan estratégico. Cada detalle fue calculado y programado. Cuando empezó la comunión, en las afueras de la capilla un pequeño ejército al servicio de los novios tomó posiciones y se alistó para el segundo acto del espectáculo. Cerraron la entrada principal de la iglesia y abrieron la puerta que da al patio del claustro. Allá brindamos por primera vez con los recién casados, mientras centenares de voladores reventaban en un cielo de luna llena y una papayera interpretaba Que vivan los novios. Atrás habían quedado las notas de Haendel y de Schubert, las melodías de Cesar Franck y de Lloyd Weber. La fiesta había comenzado.
Media hora después regresamos al Hotel y Centro de Convenciones Los Fundadores, que estaba reservado para los invitados a la boda. Hombres a un lado y mujeres al otro, con bolsas de papel repletas de pétalos de rosa, esperamos la llegada triunfal de la pareja a bordo del descapotado. En el instante preciso en que la novia descendió del BMW empezaron a sonar las notas de La Habanera (de la inmortal Carmen, de Georges Bizet). La escena era conmovedora. Daban ganas de volverse a casar. La primera de las cuarenta y cinco botellas de Sello Negro de esa noche ayudó a controlar la emoción, a pesar de que el novio había previsto una sobredosis de adrenalina. Luego de desfilar frente a sus invitados, luego de la lluvia de pétalos, Jaime llevó a la novia al centro del inmenso patio de entrada y se arrodilló ante ella para refrendar los votos que hacía un momento había realizado en el altar del Santo Ecce Homo frente al sacerdote Eduardo Mejía, que dos días atrás había sido el protagonista en la entrega de regalos: los novios habían pedido que, en lugar de electrodomésticos y bandejas de plata, los invitados realizáramos una donación para la Fundación Hernán Mejía Mejía de la zona cafetera. Abiertos los sobres, el padre Mejía logró sumar poco más de 24 millones de pesos.
El corbatín todavía no apretaba en el momento del segundo brindis y ya habían pasado casi tres horas desde el inicio de la función. La Moët Chandon empezó a circular entre los 136 invitados que llegamos a Villa de Leyva, y aquellos que no estábamos en la lista del vals debimos ser los que ayudamos a engordar la cifra de 62 botellas de champaña que arrojaron las estadísticas del día siguiente. 62 de champaña frente a solo 18 de un cabernet sauvignon francés del que sobraron varias cajas. Cualquiera pensaría que semejante brindis habrá de garantizar la felicidad perpetua de los novios, cuando se instalen en serio como marido y mujer al regreso del recorrido por las islas griegas a bordo de un crucero de la lujosa línea Silversea- y de una escala de varias semanas en Italia, y luego de invertir treinta mil dólares en la luna de miel de poco más de un mes.
El salmón, el lomo y el pavo llegaron casi a la medianoche. Hacía rato había perdido la cuenta de los actos de aquella ópera nupcial. ¿Estábamos en el cuarto, en el quinto, en el sexto? Lo cierto es que los ocho meseros de guante blanco que salían de la cocina en fila india, con movimientos acompasados, y servían al tiempo los platos de cada mesa, hicieron parte de un espectáculo que quedó grabado en varias cámaras y, sobre todo, en la memoria de las adolescentes que esa noche empezaron a soñar con un matrimonio como el de Lina. Ellas sí estaban felices cuando, un rato después, la novia anunció la rifa del ramo. Pero yo ya había soñado, ya me había casado, ya me había separado y me había vuelto a casar cuando el novio hizo lo propio con la liga de su mujer. Por eso corrí detrás de la columna de granito. Por eso renegué del matrimonio, incluido el menú de 277 mil pesos por persona que acababa de disfrutar. Por eso tuve que volver a la mesa y beber largos sorbos de whisky después de comprobar que mis medias no eran las más cortas ni las más largas, antes de volver a disfrutar los porros de aquella mujer que educó su voz en Tunja pero que aprendió a cantar como si hubiera nacido en Carmen de Bolívar.
No sé qué porcentaje me corresponde de las 62 botellas de champaña que desaparecieron aquella noche en las gargantas de los invitados al matrimonio de Jaime y Lina. Pero la verdad es que el exceso de burbujas y el castigo del corbatín me hicieron buscar el camino hacia mi habitación mucho antes de que, al amanecer, los ocho meseros volvieran a escena para repartir caldos salvavidas. Al mediodía del domingo me crucé en algún pasillo del hotel con el soltero de las medias más largas. No pude evitar mirarlo con una mezcla de burla y compasión. Pero al hombre poco le importó. Iba convencido de que era el próximo de la lista.

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