Cuando veía fotos de mujeres en SoHo, las clasificaba en tres categorías: 1. Aguanta. 2. Uishhh, ¡qué cosita tan…! 3. Con esta hago curso prematrimonial ya. Lo cruel es que si cualquiera me hubiese conocido, me habría clasificado en: 1. Fofo morboso. 2. Habla rico, pero anda medio varado. 3. Oiga, fofo-morboso, ¿para qué se metió con esa revista al baño?

La legendaria triada de levante masculino compuesta por pinta, labia y billetera está revaluada, porque estos dos últimos elementos ya son del dominio femenino; hoy las mujeres no necesitan de palabrería para convencerlas de estar con uno, ni mucho menos de una billetera masculina.

Por ahí dicen que el que no ha visto a Dios, cuando lo ve se asusta. Por eso, las mujeres que valen la pena, las que están a la altura, ya no se sorprenden fácilmente. Porque mientras uno chicanea con un carro que le pertenece en un 82 % al banco, ellas están pensando en comprarse una cartera cuyo valor corresponde a una semana y media del sueldo de uno. Y cuando uno les dice a los amigos que va a hacer que una mujer coma cuento, es ella la que se le come a los amigos sin que uno se dé cuenta.

Así que, poco a poco, me he unido a ese grupo de hombres que cambiaron de mentalidad. Ya dejé de ser de esa tribu que se queda parloteando acerca de lo que no es o chicaneando con aquello que no tiene. Me estoy montando en el bus de la vanguardia de hombres que evolucionaron y que dejaron de ser esa clase de cavernícolas que a las mujeres les exigen belleza, mientras ellos siguen viéndose feos y arrugados.

Si la parla no sirve y la billetera tampoco, era momento de trabajar en la pinta. Empecé a bajarle al azúcar, a comer vainas sanas, a subir por las escaleras, a tomar más agua, a dormir más horas, a montar en bici; a no comprar ropa a la lata sino a pensar muy bien en qué prenda se ajusta a la “mauricidad” de Mauricio; a comer todos los días a la misma hora; a dejar de desgastarme con rabietas por vainas laborales; y empecé, sobre todo, a cuidarme la piel y a usar cremas, para no parecer un troll chibcha lleno de granos y manchas, y no tener piel de cocodrilo ganoso en Cereté. Si está de moda desintoxicarse con jugos, a mí no me costaba nada desintoxicarme hasta la piel, que bien tóxica sí la tenía.

Todo comenzó con una ida al dermatólogo, cuando me vi la cara más reseca que rodilla de lanchero y más arrugada que cuello de camisa que no ha pasado por mesa de plancha. Además, me estaba empezando a desentejar de una manera infame. Quienes me veían por encima, me confundían con un Twingo con sunroof. Me sentía como todo un Che Copete, el amigo de Condorito, pero el dermatólogo me dijo que tenía la piel ?delgadita? por no cuidármela, que había perdido ?luminosidad? y que si no me empezaba a echar algo ya iba a terminar con la nariz como la de Garganta de Lata.

Me formuló muchos productos. Quedé ¡plop! Pensé en salir de ese lugar y botar la receta a la basura, porque yo era un macho-varón-masculino que no necesitaba nada de esas pendejadas. Pero me imaginé lleno de arrugas, igual que el Padre Venancio, párroco de Pelotillehue, o calvo, a lo Huevoduro. Y como mi objetivo era llegarles a mis Yayitas, salí corriendo a comprar todo, porque quería más huevos fijos y menos huevos duros. El ritmo de vida actual me exigía estar pilas.

La cosa empezó a funcionar. Las arrugas se aplanaron y logré disminuir tanto la grasa de la piel que dejaron de decirme que yo era un tipo brillante. Y así suene a programa de sexo en emisora AM, la piel es el órgano más erótico del cuerpo. A la hora de lo que viene siendo la intimidad, empecé a sentir mejor a la fémina posada sobre mi humanidad. Un amigo comediante decía que “metrosexual es alguien que está a un metro de ser homosexual”, pero yo le digo que no me cuido para los hombres sino para mí, y que desde que cambié mi manera de pensar, a muchas mujeres les gusta tenerme a centímetros.

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