Cuando me propusieron ir a una chocolaterapia no pude dejar de pensar en que gracias a mi abdomen en forma de bombillo, quedaría como un gigantesco Hershey‘s Kisses. Pensé, además, que me iban a mandar a un centro comercial o a un supermercado a saludar amas de casa, acompañado de una aspirante a modelo de las que ofrecen degustaciones. Pero no. Me dijeron que no querían ni chocolate santafereño, ni mucho menos un M&M criollo. Que mi labor solo se limitaría a ir a un spa a que me embadurnaran de chocolate cual cono de vainilla, de los que venden en Mimo‘s y, como me gusta que me mimen, acepté.

En la mañana de un sábado cualquiera, me despertaron un sol incandescente y un guayabo pomarrosa, de esos que uno gira la cabeza y siente que se le mueve una pepa por dentro. Como ya estaba medio tarde y sabía que tendría un día Chocolate Sol, me tocó irme a medio bañar y sin desayunar. Busqué la dirección hasta que encontré una gigante casa de familia en el barrio Santa Bárbara de Bogotá, de esas que terminan convirtiendo en negocio. A la entrada y en un ambiente de salón de belleza, me recibió una mujer vestida de blanco enfermero que me dijo: "Siga que las niñas ya vienen". Esa frase me hizo recordar la despedida de soltero en la que estaba, pocas horas antes, atrapado entre el tequila. Pregunté por el fotógrafo y tampoco había llegado. Así que me fui a una panadería a buscar algo que me quitara las ganas de morderle un brazo a esa reina. Pedí tamal sin chocolate, porque no me gustan las redundancias. Después de media hora, cuando regresé al spa, todos estaban afanados por mi tardanza. Me recibió una esteticista vestida con el mismo uniforme de la otra y con una cara de japonesa que me hizo dar pena por mi parsimonia latina. La vergüenza desapareció cuando, con acento bogotano, me dijo que siguiera al fondo, fondo, fondo y que me fuera empelotando mientras ella traía una pantaloneta desechable. Llegué hasta el lugar y allí estaba el fotógrafo midiendo la temperatura de la luz en medio de camillas, pétalos de rosa, adornos de bambú y una grabadora donde sonaba música Nueva Era como la que cantaba Enya, pero sin letra y con efectos de sonidos de la naturaleza.

La niña volvió con un Lorena puesto en una escarapela sobre su pecho y con una pantaloneta azul en sus manos, hecha del mismo material del que hacen los disfraces que usan los médicos en el quirófano. Para hacerle un chiste y por romper el hielo que tanto necesitaba la gaseosa de la panadería, le pregunté: "¿El chocolate con qué viene?". Sin entender mi exquisito sentido del humor me respondió: "Con jugo de naranja, pero ahorita después del sauna le traigo uno". ¿Sauna? ¿Cómo así? Eso no estaba en el libreto. ¿De verdad sauna? ¿Con semejante guayabo? Hice cara de no me voy meter entre esa vaina, ni demente. A los pocos minutos y para evitar una llave de Ninjutsu de la boyaco-asiática, yo estaba acostado en un cuarto que parecía construido por Gepeto, todo era hecho con listones. Los muebles para sentarse, para acostarse, el piso, las paredes, el techo y hasta la almohada donde tenía que poner la cabeza, eran de madera. Menos mal tenía una toalla encima para amortiguar mi cabeza que no está disponible para ebanisterías. De fondo, seguía sonando otra canción estilo Enya con sus respectivas cascadas y pajaritos ribereños. Me acosté en ese complejo maderero. Al lado derecho tenía hirviendo una gran olla de barro, tipo cacerola paisa, sostenida por unas piedras que parecían papas saladas sobre una rejilla. En menos de siete minutos ya me sentía más blandito. Pensaba que en cualquier momento una de las niñas iba a entrar con un cuchillo para ver si ya estaba seco para sacarme tenedor a ver si ya estaba listo para agregarme canela, al gusto. Seguía ahí metido sintiendo que me estaba incendiando y que en pocos minutos se iba a prender esa cabaña. Pasados 25 minutos y con un jugo de naranja natural helado, Luisa Fernanda, la otra esteticista, me despertó de mi viaje dantesco por infiernos de labios secos, ojos rojos, vidriosos, garganta áspera, dolor de cabeza y disco de nueva era, rayado. En plural dijo: "Salimos, por favor. Ahora vamos a tomar una ducha de agua helada". ¿Tomar? Pero yo no quiero volver a tomar nunca. La razón que me dio para pasar de 45 grados centígrados a cuatro, era que necesitábamos activar la microcirculación del cuerpo. No sé si fue mejor o peor pero el agua fría no funcionaba. Así que en medio de brinquitos sobre el baldosín, quemones de pierna y madrazos mentales, coroné la bañada y sin necesidad de tomarme ninguna ducha.

Salí goteando. Luisa Fernanda me estaba esperando en una camilla forrada con plástico transparente. Me pidió que me acostara boca arriba. Me pidió que inhalara y exhalara tres veces mientras pasaba por mi nariz un ungüento. Se trataba de una aromaterapia con algo que olía muy parecido al Vicks Vaporub y que me cayó en el ojo izquierdo. Ella me dijo: "Don Mauricio, no se restriegue así el ojito con la mano porque puede ser peor". Le hice caso omiso mientras miraba la marquesina que dejaba pasar la luz del mismo sol que me había sacado hace dos horas de la cama. Más tarde me explicó que me iba a hacer un masaje facial relajante, de bienvenida. ¿Hasta ahora estamos en la bienvenida? No sé por qué creía que ya casi me iban a dar el juguito de despedida porque la verdad, yo ya estaba Chocolisto.

La esteticista me aclaró que el procedimiento duraba tres horas. Luego me dijo: "Don Mauricio, ahora procederemos a hacerte una exfoliación facial con chocolate y mascarilla nutritiva de papaya". Pensé que a mi piel le iba a dar una diarrea increíble pero poco a poco me fui relajando. Después me taparon los ojos con algodones humedecidos que me hicieron sentir cual tigre dopado de Animal Planet. El masaje empezó por mi cara pero poco a poco las manos suaves de Luisa se fueron desplazando a otros lugares de mi cuerpo. Sus dedos resbalosos fueron bajando por mi pecho, barriga y bajo vientre en los límites con la pelvis. No sé por qué volví a recordar algunas escenas de la despedida de soltero. Mis piernas empezaron a ser recorridas poco a poco por sus dulces caricias, que fueron despertando en mí los instintos más felinos. Confieso que yo nunca en mi vida había hecho tanta fuerza para que no se me parara. Le pedía a la Virgen del Chocó y hasta a Ixchel, la diosa maya del amor, para que ayudaran a que mi barquillo no se asomara por la pantaloneta desechable. Hagan que el fotógrafo se tome un Choco Break para que no se dé cuenta de lo que me está sucediendo. Y para tratar de controlarme mucho más, pensaba en el elefante de Chococrispis pero solo le miraba el moco. Tratando de domar mis reflejos recordé, entonces, el curso de programación neurolingüística que hice hace como ocho años. Me sirvió mucho porque la conferencia la dictaba una psicóloga muy parecida a Marlon Becerra, solo que menos histriónica, con menos ganas de un Premio Simón Bolívar y con menos cara de mecánico. Cuando logré reducirme, la esteticista me empezó a hacer un masaje de estiramientos con aceite de almendras. Así que después de tanta amasada estaba convencido de que yo era un ingrediente más de algo que entre ellas dos y el fotógrafo se estaban cocinando. Aumentó mi desconfianza cuando Lorena me pidió que me volteara. Entendí que ahora me tocaba el masaje por el lado B. Se repitió lo mismo. Afortunadamente, boca abajo ya era posible ocultar lo que me estaba sucediendo en el molinillo. Para que la nariz y los ojos no me quedaran aplastados por estar boca abajo, las niñas le pusieron a la parte superior de la camilla una dona gigante, una especie de aro que se asemeja mucho a una bacinilla ahuecada en la que uno mete la cara y queda viendo hacia el piso. Me preguntaba si algún paciente había usado ese mismo bizcocho para otra cosa.

Era la hora de otra exfoliación, la corporal. No sabía que un ser humano llevara en su piel tantos folios. Me empezaron a untar el chocolate con un masaje relajante que le quita a uno los nudos de la espalda. Fue el mejor intento por relajarme, seguido de anímicas frases como: "No, no, no, don Mauricio…Estás muy tenso". Con ese tipo de comentarios la rigidez involuntaria de mi entrepierna se me pasó a todo el cuerpo. Simplemente me estresé por pensar que mi vida está llena de estrés. Afortunadamente, me acordé de que el chocolate tiene en el ser humano efectos similares a los de la marihuana. Así que levanté la mano, estiré un dedo, saqué la lengua y procedí a chupetearme. Terminé mucho más rígido con el grito de Luisa advirtiéndome que no me fuera a lamer porque ese chocolate que usan en las chocolaterapias es chocoscrub, un chocolate cosmético hecho a base de cacao no comestible y que si lo hacía, iba a terminar usando la bacinilla que tenía en la cara.

Envuelto entre plásticos y con una manta térmica sobre mi cuerpo, me dejaron morir durante 20 minutos por lado y lado. Recordaba los consejos de mi abuelita, quien me decía que el chocolate había que dejarlo hervir por lo menos tres veces. El efecto invernadero de ese lugar bajo el sol me hacía sentir como un fondue de chocolate revuelto con sudor. Y para acabar de sacarme la roca, me pusieron piedras volcánicas que por su temperatura, parecían extraídas de la olla paisa que tenían entre el sauna. No me aguanté más y les rogué para que me sacaran de ahí. Para evitar que los clientes del salón y del spa oyeran mis lamentaciones moribundas, me sacaron, me dieron otro jugo y me metieron entre la camilla de lodos, un lavaplatos gigante donde me bañaron como perro en veterinario. Luego, de premio, me metieron entre un jacuzzi de agua tibia al que le echaron jabón espumoso de pulpa de frutas. Muy espumoso. Tanto, que en pocos minutos me sentía entre una lavadora. Les dije que ya me quería ir pero una de ellas me advirtió que ya venía el aperitivo. En menos de dos minutos se aparecieron Luisa y Lorena con una copa de vino tinto frío y con algo que complementa muy bien el chocolate: queso. Acompañándolo con kiwis, fresas, jamón y mandarina, mi chocolaterapia estaba llegando a su final y mi guayaboterapia apenas estaba empezando.

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