Todo comenzó un día en el que mis padres, con la mejor intención de estimular nuestra inteligencia musical, decidieron que mi hermano menor Andrés y yo —que en ese momento tenía 12 años— debíamos aprender a tocar guitarra y a cantar. El profesor, que llegaba a mi casa en una lobísima Harley Davidson (disculpen el pleonasmo) a la que llamaba Violeta, intentó enseñarme una horrible canción cuyo estribillo aún me produce náuseas: …Ay qué laureles tan verdes, qué rosas tan encendidas…

Al cabo de un par de semanas mis padres le preguntaron al profe cómo iban las clases. Y su veredicto, que alcancé a escuchar escondido detrás de un mueble (ojo, papás, los niños siempre oyen todo) fue contundente: "El pequeñito tiene talento, pero el mayorcito es negado para la música, más oído tiene un ojo". Ese día me practiqué una doble lobotomía: dejé de ir a las clases del lobazo ese, y me "quité" la parte del cerebro que alberga las neuronas musicales.

Tres años más tarde, una dura prueba confirmó el éxito total de mi autocirugía. Mis hermanas decidieron que yo tenía que aprender a bailar puesto que en breve comenzarían a invitarme a las famosas fiestas de quince.

Mis tres hermanas mayores pusieron chucu-chucu de la época (algo espantoso que decía "A vé pa vé que se te vea a dónde está tu sabrosura…). Pero mi sabrosura dancística no apareció. El dictamen de mis hermanas corroboró el diagnóstico del profe : "Pali ( mi apodo de la época) es un tronco para bailar ; en cambio Andrés (mi hermano) es un trompo".

El impacto de ese par de traumas me duró 20 años. Ir a fiestas era descender al infierno. Porque corría el riesgo de que alguna niña me pidiera que bailáramos y hasta ahí llegaría mi encanto. Por fortuna existía la música americana, con la que uno bailaba suelto, y de esta manera lograba ocultar la descoordinación absoluta que me impedía bailar "amacizado".

El género bailable que más odié fue el pasodoble, que exige una total compenetración de la pareja para poder dar 143 vueltas por segundo en perfecta armonía. Una vez que intenté bailar un Manizales del alma, a los pocos segundos mi pareja me dijo que nos sentáramos porque estaba rendida (a pesar de que era la primera canción que bailaba en esa fiesta).

Mi otra pesadilla musical fue el complicadísimo vals de los 15 que le tocaba a uno bailar con la novia y con las hermanas en sus cumpleaños, como el de esta foto con María Clemencia, mi hermana menor.

Pero hace exactamente 15 años, en la clásica fiesta empresarial de fin de año, sucedió el milagro. Una compañera me sacó a bailar y cuando me iba a volar con la clásica excusa de "voy al baño y ya vuelvo", me clavó un par de aguardientes dobles seguidos y me arrastró a la pista de baile en donde Joe Arroyo extasiaba con sus canciones a todas las parejas de jefes con sus secretarias. Y me dijo las palabras mágicas, inspiración divina gracias al par de guaros que ya me habían hecho efecto: "Relájese y disfrute". Y Mauricio —el sordo, el tronco, el archienemigo de la salsa— despegó para siempre.

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Hoy en día no soy un gran bailarín, pero me defiendo. Incluso una vez, animado por unos deliciosos tequilas Don Julio, me gané un concurso de merengue en Andrés Carne de Res. Y el resto de mi vida me dedicaré a recuperar los 20 años en los que no bailé por culpa de un profesor y unas hermanas que no supieron descubrir el impresionante, inmenso, ilimitado talento musical mío.

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