La pesadilla comienza cuando nos avisan que estamos invitados a un matrimonio. Porque no hay nada más aburrido que la ceremonia y la fiesta de una boda. Hay que aguantarse una misa eterna con un sermón chimbo que habla sobre las mil maravillas del matrimonio (sin mencionar ninguno de sus múltiples inconvenientes), unos coros desafinados, las pataletas de los pajecitos y las palabras y caricias melcochudas de los tortolitos. Después, en la fiesta, le toca a uno sentarse en una mesa con unos tíos de la novia que vienen de Cartago (son amables pero no hay nada en común con ellos), con unos vecinos del novio a los que les encanta discutir sobre política sin tener ni idea y con los esposos de sus amigas que usualmente se la "amarran" con un par de whiskies y empiezan a contar chistes flojos.
 
Además la comida del club donde se lleva a cabo la fiesta es espantosa: un intento de filet mignon durísimo acompañado de unas papas de formas extrañas (mejor hubiesen sido unas buenas papas a la francesa) y unas verduras presentadas de manera "creativa" pero que saben horrible, como todas las demás verduras. Y un ponqué negro ensopado en un vino ordinario y con una cubierta de azúcar cuyo consumo puede producir un coma diabético. Para rematar, la música más moderna que toca la orquesta que intenta infructuosamente animar la fiesta es San Fernando, pieza que no baila nadie de menos de 60 años.
 
Sin embargo lo peor de un matrimonio es la noticia de que es de corbata negra. Porque implica —para el 90% de los hombres— tener que alquilar el smoking (esmoquin en español… difícil escoger en cuál de los dos idiomas es peor el nombre). Toca arrendarlo por una sencilla razón: nuevo cuesta tres millones de pesos, mientras que se puede alquilar por "apenas" 190.000. Si uno tiene planeado ir a 15 eventos que exijan esmoquin en los próximos años, la compra se justifica. Pero todos tenemos siempre la esperanza de que no nos toque usar tanto ese lúgubre uniforme.
 
El esmoquin tiene muchos inconvenientes: queda uno igual a todos los demás hombres de la fiesta (¿qué tal que a ustedes las mujeres las obligaran a todas a ir una fiesta con la misma pinta? Con certeza absoluta ustedes acabarían todas las fiestas, con tal de no verse igual a sus amigas); tiene solapas de terciopelo (no hay nada más lobo que ese material); hay que usar una camisa con un cuellito incómodo y unos feos pliegues de acordeón; se debe poner uno un corbatín que se le tuerce toda la noche, y una faja que se sube todo el tiempo y deja un horrible pedazo ombliguero de camisa blanca a la vista. Y para encontrar el esmoquin que le queda a uno bien hay que probarse 23 chaquetas y 19 pantalones, o mandar a hacer unos ajustes a la pinta, lo que implica la mamera de tener que volver al almacén a probarse todo. 
 
La alquilada además tiene algo muy molesto. A uno le garantizan que el esmoquin viene de la lavandería, pero yo nunca he estado tan seguro de eso. Imagino que para ahorrarse ese costo el lugar de alquiler tiene una señora que a cada esmoquin que regresa apenas le da una cepilladita, una planchadita y lo guarda en una bolsa plástica con naftalina para neutralizar los malos olores. Entonces termina uno usando ropa que recoge el calor humano de quién sabe cuántos pasodobles, merengues y salsas. Eso le pasa a uno por tacaño, por no gastarse los tres millones en el tuxedo (así lo llaman los gringos).
 
Como si fuera poco, el "oso" que le ha ocurrido a mucha gente por culpa del esmoquin: pedirle un trago al papá de la novia, porque el señor tiene una facha que con esa ropa lo convierte automáticamente en mesero.

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