Pensaba que lo sabía todo, que conocía mi cuerpo y que era el mejor: sabía moverme muy bien sobre la bicicleta, a pesar de que algunos corrieran dopados o, como decimos en el mundo del ciclismo, con “gasolina extra”. (¡Corre Froome corre! Así fue la caída del ciclista en el Tour de Francia)

Vivía en Pamplona, España, con Rigoberto Urán y otros ciclistas. Estaba en el equipo Movistar y llevaba más o menos siete años como profesional en Europa. Mi equipo me dijo que iríamos a la Vuelta a Suiza como entrenamiento para el Tour, que empezaba 20 días después. Y nos empezó a ir muy bien. Yo había estado de primero en la general, pero en el momento del accidente iba de segundo porque, por estrategia, habíamos decidido perder el liderato para que los demás se desgastaran y nosotros pudiéramos llegar enteros a Francia. Ya habíamos corrido cuatro etapas y faltaba solo un par para terminar la carrera.

La verdad es que no recuerdo nada del 16 de junio de 2011, gracias a dios. Por radio los del equipo me habían avisado que tenía que volarme del pelotón, entonces me escapé del grupo. Según me dicen, perdí el control de la bicicleta cuando cogí un bache de menos de dos centímetros: salí disparado y aterricé contra un poste metálico de unos 10 centímetros de diámetro que servía para sostener la reja de un parque infantil. La última velocidad que marcó mi reloj fue 72 kilómetros por hora.

No tenía un solo rasguño en la piel, pero por dentro estaba deshecho; todo el daño fue interno. Tuve 21 fracturas: el tobillo quedó destrozado, me fracturé la tibia y el peroné, el cuello del pie, siete costillas, la escápula, la clavícula, el malar, la base y la parte frontal del cráneo. Sufrí también de un trauma craneoencefálico severo y me laceré el riñón izquierdo.

Me llevaron a la clínica en un helicóptero, me intubaron y me sedaron. Yo simplemente no sentía nada, no lo recuerdo, y le pido a la vida que me ayude a no recordarlo. No tengo en mi cabeza ni siquiera nada de lo que ocurrió el día del accidente, simplemente estuve dormido en un sueño profundo, en la nada.

El 21 de junio me agravé. La presión se me estaba subiendo hasta un punto que podría causarme un coma profundo. Tenía mucha fiebre, porque además desarrollé una infección. Me hicieron crioterapia para bajarme la temperatura, me pusieron unas sondas a través de las cuales me inyectaban líquido frío por la ingle y me metieron en una bolsa que hacía las veces de nevera. Hasta consiguieron un sacerdote católico que me pusiera los santos óleos, por si acaso. El cura le dijo a mi esposa que si quería que renováramos nuestros votos matrimoniales, entonces nos volvió a casar. Mejor dicho, me casé a ciegas, porque no recuerdo ni haber oído voces. Ni siquiera tengo en mi memoria que me tocaran o que me movieran.

Al tiempo de todo esto, me iban haciendo un tratamiento con células madres y, claro, cirugías por todas partes. Resulta hasta paradójico decir que tuve la suerte de accidentarme en Suiza, un país tan desarrollado, porque si hubiera sucedido en otro lugar, probablemente no estaría contando la historia. Pero así es, en el fondo, fui afortunado.

Dos semanas después del accidente, me quitaron el sedante. Me dicen que en ese momento abrí los ojos y los mantuve abiertos de ahí en adelante, pero los médicos no tenían certeza de cuándo recuperaría la conciencia. El seguro le informó a mi esposa, Patricia, que los gastos en Suiza eran descomunales y que lo mejor era trasladarme a Pamplona, España, pues la sede de la aseguradora era allá. Los doctores argumentaron, además, que pasarme a una clínica donde la gente hablara español, y no alemán, podía ayudar en mi proceso. El trauma cerebral había sido tan fuerte que ni siquiera sabían, en el caso de que despertara del todo, en qué condiciones lo haría.

El 9 de julio me llevaron en un avión ambulancia a una clínica en Pamplona. Allá estaban en San Fermín, pero yo permanecía inconsciente y no podía ni siquiera oír el ruido de semejantes fiestas. Según me dicen, seguía con la mirada perdida. De pronto, al otro día, desperté; 24 días después del accidente, por fin desperté. Moví los ojos e intenté hablar, pero era tanta la confusión que creía que estaba en Colombia, porque oía que la gente se comunicaba en español.

No recuerdo bien, todo era raro, creo que me hacían preguntas: ¿sabía qué me había pasado?, ¿sabía dónde estaba?, ¿en qué año estábamos? Me era muy difícil responder, a duras penas lograba hacer sonidos, solo tartamudeaba con una voz como gutural. La razón por la que no podía hablar bien era que, cuando me accidenté, intentaron intubarme muchas veces, pero parece que mi tráquea es difícil. Entonces, cuando por fin lo lograron, 12 minutos después del accidente, las cuerdas vocales se afectaron mucho.

Al poco tiempo de despertar, entraron al cuarto mi esposa y mi cuñado, y me preguntaron si los reconocía. Dije: “Patricia y Padrino”, pues así lo llamo a él. Eso sí lo recuerdo perfectamente. Después, empecé a preguntar con desesperación por mi hijo, Juan Mauricio. Ellos me explicaron que él estaba en Colombia y nosotros en España.

Los primeros días, la cama me tallaba, el cuarto me olía a alcohol antiséptico. Deliraba todo el tiempo. Tenía un pensamiento recurrente: creía que la clínica quedaba en Ramiriquí, Boyacá, mi pueblo natal, y yo manejaba un carro, cogía un atajo por un camino de trocha y llegaba a la casa de mis papás. Además, pedía con desesperación que me trajeran la cabra, que es la bici con la que hacemos contrarreloj, y decía que me llamaran a los mecánicos. Todo lo que lograba expresar en ese momento era absolutamente incoherente y lejano de la realidad. Solo algunas veces tenía claridad en mis pensamientos y entendía que el accidente había sido grave, porque no me podía mover y me dolía todo.

Estuve cuatro meses en la clínica. Hubo un periodo muy difícil en el que ya no quería nada y un día me tuvieron que sedar para poder ponerme la medicina, porque me puse agresivo. Eso me atormenta, pues la gente siempre fue muy amable conmigo y no quiero ser malagradecido.

Todos los días tenían que pincharme al lado del ombligo con heparina, un anticoagulante. Era insoportable el dolor, ardía como si me pusieran fuego en el abdomen durante un minuto. Lo que pasa es que después del accidente, por tantas fracturas y por quietud, se me desarrolló un trombo en la vena cava y, por eso, me tenían que inyectar esa cosa. A pesar de que el oído izquierdo había quedado bastante afectado, había desarrollado la capacidad de oír cuándo venía el carrito de la comida a más de 50 metros de mi cuarto. Y ahí era que empezaba a sufrir, porque la droga me la ponían justo antes de comer. Era tal la desesperación en el momento que me preguntaba por qué me había pasado a mí, por qué había sobrevivido si tenía que soportar eso. (Los colombianos que se lucen en el Giro de Italia)

Muchas veces me caí de la cama del hospital por tratar de ser autosuficiente. Tal vez eso es lo más difícil, depender de los demás. Para completar, las piernas no me reaccionaban al principio. Me decían que moviera el pie izquierdo y movía el derecho. El cuerpo no obedecía las órdenes de mi mente. Afortunadamente, con el paso del tiempo empecé a evolucionar muy bien, dejé la silla de ruedas y recuperé la movilidad del lado izquierdo del cuerpo.

Regresamos a Colombia el 20 de diciembre, seis meses después del accidente. Continué terapias durante casi todo el 2012 en la clínica de la Universidad de la Sabana. Desde que me dieron el alta total, hace un poco más de un año, hago la terapia en un pequeño gimnasio que puse en mi casa de campo, en Ramiriquí. Allá tengo una bici magnética del Tour de Francia en la que puedo programar etapas, tal cual como ocurre en la realidad. Quisiera entrenar como lo hacía antes, pero la vida me ha cambiado. Ahora, el esfuerzo que hago puede ser igual o mayor, pero mi rendimiento ha bajado.

Actualmente me siento muy bien y los médicos están felices, porque al principio pensaron que no sobreviviría. De hecho, cuando mi esposa viajó a Suiza para verme, le dijeron que llevara los documentos necesarios para repatriar mi cuerpo. Tengo algunas secuelas del accidente, eso sí. Por ejemplo, recuerdo nombres de gente conocida y eventos del pasado, pero me cuesta saber de dónde los conozco o cuándo ocurrieron. También tengo problemas para dormir y, por mucho, logro hacerlo durante tres o cuatro horas al día. Según los especialistas, tuve un daño en la glándula que controla el sueño y los estados de ánimo, que a veces me cambian de un momento a otro. Pero ahora que lo sé, trato de llevarlo de la mejor forma.

Agradezco haber sobrevivido y, sobre todo, haber estado con tantas personas buenas que me han ayudado a superarlo: el personal de los hospitales donde estuve, mi familia, el equipo Movistar, los boyacenses. Y cómo olvidar la fuerza que me dieron la Virgen del Milagro, Dios y mi hijo. Siento mucha satisfacción por haber recorrido este largo camino, es increíble recibir tanto cariño.

Ahora quiero volver a empezar. Desde hace algún tiempo fundé con mi hermano, que también fue ciclista, el club de ciclismo Mao Soler. Estamos entrenando a 45 niños y adolescentes de Ramiriquí y también a algunos jóvenes de Tunja que prefieren entrenar aquí a pesar de que allá hay varias escuelas. Hay talento en exceso. Uno de nuestros alumnos, por ejemplo, quedó segundo en la Carrera de la Juventud de este año y ya va a empezar a entrenar con el equipo GW en Medellín.

De Boyacá salen los mejores ciclistas del mundo porque entrenamos en condiciones que nunca podrá igualar una cámara hiperbárica en Europa. Además, tenemos ganas, ilusión. El problema es que no hay recursos. La escuela no tiene sede ni bicicletas. Por eso, a cada niño le toca traer la suya, que generalmente no es apta para entrenar. Ojalá la gente pueda ayudarnos para que a ellos no les toque como a mí, que, cuando soñaba con ser ciclista de ruta, me tocaba entrenar en una bici de cross. Si quieren apoyar la causa, pueden escribir al correo maosolher@hotmail.com. (Lo que más le molesta a Nairo Quintana que diga la gente)

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