Bienvenidos a lo oscuro!”. A eso quedó reducido, gracias al apagón, el optimista remate del discurso de posesión del presidente César Gaviria. Una bienvenida a la apertura económica que encontró su resbalón energético a la vuelta de la esquina, y que hoy tiene más pinta de frase publicitaria de la célebre trilogía fílmica de Michael J. Fox que de eslogan del progreso.

Todo gracias a la falta de lluvias y al exceso de sequía, cortesía del fenómeno de El Niño, pero, además, al incorrecto manejo del sistema de interconexión eléctrica, respaldado en 1992 por un modelo matemático y estadístico que haría palidecer a las maromas algorítmicas de Natalia Springer.

Juan Manuel Santos, sonriente ministro de Comercio Exterior de aquellos años de problema interior, parió la idea de adelantar una hora los relojes, al estilo europeo, para sacarle provecho a la luz del sol. Tras una pequeña batalla en el Consejo de Ministros, llegó al Laboratorio del Tiempo del Icontec y oprimió los botones que esfumaron las 12:00 de la noche del primero de mayo, con lo que el país pasó automáticamente a la 1:00 de la mañana del día siguiente. El ministro demostró que los Santos mandaban en el tiempo y en El Tiempo, y compró boleta de primera fila para, quizá, repetir tragedia, ahora en su presidencia.

Fueron meses de levantarse más temprano, con una carga extra de sufrimiento para repartidores de prensa, panaderos, reclutas y estudiantes. Aprendimos a convivir con el ronroneo de las plantas eléctricas a gasolina y dedujimos que la gruesa vela de 200 pesos era más útil que la escuálida de 100, justo cuando comenzó a circular, con la mujer emberá en el anverso, el billete de $10.000 (en perfecto estado, puede valer hoy 200 dólares).

Nos hicimos suscriptores de Semana para recibir una lámpara mágica, evitamos los ascensores en horarios de penumbra, al fin supimos pronunciar la marca Coleman, botamos la plata en pilas y madreamos con energías naturales a los enloquecidos semáforos.

Las visitas a la novia perdieron encanto, porque ahora se hacían con la luz suficiente para mantener en la jugada a los suegros. Hubo apocalipsis de electrodomésticos, dizque dañados por no desconectarlos antes del racionamiento diario y, en los barrios, hordas de niños se las arreglaron para poner chicles y cintas en los timbres de la cuadra, de manera que una sinfonía de campanazos anunciaba el regreso del fluido eléctrico.

Si el veinteañero Juanes no hubiera estado ocupado con la cuarta formación de Ekhymosis, habría cantado “se fue la luz en todo el barrio, prendé las velas que la fiesta no se apaga”. Televisores no se pudieron prender, así que novelas como En cuerpo ajeno marcharon al precioso horario de las 10:00, para desventura de las programadoras, y en la radio nació el programa que hoy paga los colegios de mis hijos: La luciérnaga, concebida como una red invisible para atrapar la mayor cantidad de los 33 millones de individuos que hacíamos parte del cardumen abisal.

Reunidos en comité de emergencia, como recuerda Héctor Rincón, algunos “duros” de Caracol Radio oyeron la idea de su presidente, Ricardo Alarcón. Dijo que una señora le había pedido en una fiesta no ofrecer durante el racionamiento que se venía fútbol y más fútbol. Así se lo contó a Hernán Peláez, Darío Arizmendi, el “turco” Enrique París y Marco Aurelio Álvarez, amén de un puñado de asesores. Uno de ellos, Eduardo Alexiades, propuso el nombre de La luciérnaga. Alarcón aprobó y, de paso, le encomendó capotear el toro a Peláez, ducho en el manejo de deidades del periodismo deportivo. Lo demás es casi un cuarto de siglo de una historia en que la radio les declaró la guerra a las telenovelas, a los noticieros de pantalla y a la oscuridad.

Si usted pregunta a los que vivieron aquellos años por su recuerdo más vívido del apagón, una estadística improvisada le confirmará altos índices de respuestas tipo “hablábamos más” o “compartíamos en familia”. La gente descubrió el encanto de charlar e incluso de comer en casa con el televisor en estado de coma. Disfrutamos escuchando a los padres y a los abuelos, y les sacamos jugo al parqués, el tute y al rey de las tinieblas: Monopolio, que Industrias Ronda (la del leoncito) distribuía en versión colombianizada desde hacía tres años.

Confiamos en el Max Henríquez que habíamos respetado como meteorólogo oficial del Noticiero Nacional y, de su mano, verbalizamos conceptos como nivel de los embalses, calentamiento global, baja presión atmosférica o zona de confluencia intertropical, como bien anotó en SoHo el escritor Antonio García.

Cual pescadores peruanos, nos graduamos de expertos en el fenómeno de El Niño, mucho antes de que Memo Orozco lo presentara en formato de programa infantil. De hecho, fue justo en 1992 cuando Orozco entró a la imbatible 88.9, la Superestación, y un puñado de años después facturaba en el recién nacido Canal RCN con aquel espacio donde el calentamiento corría por cuenta de la precocidad de aquellos locos bajitos (¡gracias, Serrat!).

Desciframos a El Niño y nos adentramos también en las travesuras de su hermana, La Niña, porque la terminología climática fue pionera del antipático lenguaje incluyente. Ese que tiene a Maduro descargando sandeces cada vez que abre la boca en público. Hoy, la Venezuela de la Revolución bolivariana conserva una especie de Hora Gaviria, la Hora Chávez, que adelantó los relojes 30 minutos, en abierta rebeldía con un mundo que va de 60 en 60.

A César Gaviria (cortesía de Santos) no faltó quién lo criticara por su hora de apagón, pero nunca le fue tan mal como a Chávez. En 2007, luego de la modificación, al alevoso coronel le recordaron una escena de Bananas, de Woody Allen, en la que un líder revolucionario que llega a la presidencia ordena que la ropa interior se use en el exterior.

En 1993 convertimos al apagón en nostalgia, pero ahora nos preguntamos si volverá. Tomás González, el exministro de Minas y (poca) Energía, asegura que no, pero ya sabemos que en el trópico “no” es “sí”. Y que, si regresa, no se favorecerá, como en aquel arranque de los noventa, la cálida conversación hogareña.

Nada de eso: todo el mundo tendrá bien cargados sus celulares, tabletas o portátiles, y cuando las tinieblas vuelvan a tomarse las casas de los colombianos, la luz de las pantallas demostrará ser más efectiva que una guillotina a la hora de silenciar lenguas. La gente descubrió el encanto de charlar e incluso de comer en casa con el televisor en estado de coma. Disfrutamos escuchando a los padres y a los abuelos, y les sacamos jugo al parqués y al tute.

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