En realidad se debería decir audición, porque como en casi todo hay una palabra más bonita en español para lo que tan arribistamente decimos en inglés. Ahora me da pereza pararme al diccionario a buscar qué quiere decir casting en exacto inglés, y lo que voy a hacer es que me voy a dar el gusto de definir la palabreja desde el taburete en el que me he sentado desde hace 20 años, los mismos que llevo haciendo televisión.

Casting (1): Dícese de un ejercicio en el que un ser humano, hombre, mujer, niño, niña o anciano expone toda su dignidad frente a una cámara de televisión, generalmente manejada por un actor fracasado y mediocre que no llegó a nada y se complace humillando a los que buscan las mieles de la popularidad.

Casting (2): Palabra ininteligible usada por gente que se quiere sentir sexy dejando saber que los van a mirar para ver si les dan un papel de extra en una telenovela.

Casting (3): Instancia de una producción de cine o televisión en la que actores y actrices se ponen en vitrina para que los despellejen en una sala de edición.

Casting (4): Actividad perversa a la que se dedican algunos padres y madres buscando que a su niño o niña se los contraten en televisión, para que ellos puedan presumir en el club, en la oficina o en el almuerzo del domingo con la familia, sin preocuparles que a las criaturas les pueda pasar lo que a la hermosa Carla Giraldo, a quien la televisión le aniquiló la infancia.

En el casting la humanidad de los actores se desmantela para pasar, como en los desfiles de belleza, a una exposición de ganado en donde lo que se mira es la firmeza del músculo y la tensión de la "pata de gallina".

A veces, muy a veces, el casting es decente y se usa profesionalmente para encontrar el mejor intérprete de un papel. A eso me gusta llamarlo audición. A veces, en una audición se aprecia al actor por su destreza y por la coincidencia de sus rasgos físicos con el diseño del personaje. Eso pasa a veces.

A veces también pasan cosas como esta: estaba dirigiendo una novela y llamé a una actriz consumada en el oficio, bella e impecable profesional, tan famosa como las más famosas, de esas mujeres con las que soñamos los tipos cuando nos hablan de las nenas de la tele. Ya estaba decidido que ella sería la antagonista de mi novela. La actriz y yo llevábamos algunos años paladeando la posibilidad de trabajar juntos en el set. Todo iba bien hasta que llegó el día de ver el casting. En la sala de juntas de la productora alguien, quizás el presidente de la empresa, detuvo la imagen del televisor donde aparecía un plano cerrado de la bella. La piel de mi escogida comenzaba a revelar pliegues en el borde de los párpados, y este hallazgo resultó tan alarmante como resultaría un manifiesto de democracia en el bolsillo de algún amigo de Uribe. A mi actriz no la declaramos terrorista, pero a mí sí me tocó ir a decirle que nos bajáramos del bus porque no había pasado la prueba de la pata de gallina.

A veces he visto a mamás que llevan a los casting a sus niñas de 11 y 12 años, emperifolladas y vestidas como una loba de 23, y se las ofrecen a los directores para que algo bueno pase con ellas. También vi a una directora de casting, fea como ella sola, que se las arreglaba para servir de contraparte en las pruebas de galanes jóvenes que estábamos buscando para una novela. De esa manera la Jefe de Casting se daba su vueltica con los papitos que, de otra manera, nunca se habrían equivocado con ella.

Supe de otro de estos personajes, legendario en el medio, que se solazó maltratando a una de las bellas que llegó a su oficina. La insultó, la expuso dos minutos frente a una cámara casera a improvisar un texto de amor, se burló de ella. Finalmente, cuando la dignidad y la moral de la muchacha estaban en el piso y ella, ya en su casa, trataba de reponerse de la arrastrada que le habían pegado, el Jefe de Casting la llamó para decirle que había ganado el papel. Según él, le había dado una lección de humildad.

En los casting se trafica con los sueños, con la vanidad, con las ilusiones y con el talento de la gente. Pero a veces hay audiciones, como aquella en la que estábamos buscando a la protagonista de María, María. A la cita en una destemplada oficina de una programadora llegó en una mañana fría, y destemplada también, una mujer en bicicleta. Traía el rostro tapado con una bufanda y su pelo no se veía por el gorro de lana que la cubría. Nos tropezamos en un pasillo y le vi la mirada, que era lo único que exponía la desconocida, que además iba vestida con una sudadera enorme y un gabán muy ancho. Hubo un breve cruce de saludos en el tono de los desconocidos que éramos, y apurado me escondí en la oficina y llamé a la asistente de dirección.

—No hay más que buscar, ¡ella es!

—Pero… ¿y no le vamos a hacer casting? —me preguntó la asistente.

—No —le dije—, esa es.

Solo bastó ese encuentro rápido para saber que ella era la mujer que yo estaba buscando. Ella se llama Marcela Carvajal, y ese año ganó el premio a mejor actriz protagónica por su papel en María, María.

Las audiciones son un espacio de tanta sensibilidad como el arte mismo: a veces basta sentir la mirada o sencillamente pronunciar el nombre de un actor o una actriz para saber de quién es el personaje.

Los casting son una mierda.

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