La piedrecilla del piercing brilla desafiante, como si pudiera competir con la carne sonrosada y firme que le sirve de marco. Sin embargo, la función del pequeño adminículo cristalino es esa, llamar aún más la atención sobre el conjunto. Mi cerebro se niega a aceptar que una camarera desnuda con el pubis completamente rasurado y un piercing justo ‘ahí’ se me esté acercando con una cerveza espumosa en una mano y una canastita de papas fritas en la otra. (Bikini Beans Espresso: la cafetería con meseras en calzones)

Cuando se inclina a depositar la canastita en la mesa, uno de sus nacarados pezones asoma, cuasi tímido, por encima de la pirámide de papas fritas, amenazando casi que con rozar una de ellas. Nada más estimulante para el apetito.

El nombre del sitio les hace honor a las camareras: Les Princesses. El menú para el ojo y el aparato digestivo es inmejorable. Por 10 dólares usted tendrá un combo que incluye: una hamburguesa con queso, papas y gaseosa, y de ñapa una erección. El concepto inicial en la larga tradición de ‘restos-sexys’ de Montreal es el de desayunadero de la clase obrera, porque abren más o menos desde las cinco de la mañana y algunos de ellos cierran incluso pasado el mediodía.

Katya es el nombre de nuestra mesera, que varios minutos después miro a los ojos, de un azul pálido. Lleva una malla roja atada a la cintura, por recomendación del ‘patrón’, porque dizque algunos clientes consideraron demasiado ‘perturbador’ el panorama. ¿Entonces para qué entran? ¿O es que acaso no ven el letrero en la puerta de Sexy-serveuses (Meseras sensuales)? (Una empleada doméstica desnuda limpió mi casa)

Lo que más me sorprende es ver que también mujeres y parejas acuden al lugar. Cynthia, una de las comensales, dice que viene porque la comida es buena “y además me queda cerca del trabajo”, y no, no le molestan las chicas desnudas, “son lindas, ¿por qué me van a molestar?”, afirma.

Para Katya, este es el trabajo perfecto, dice entre risas, “porque no necesita uniforme y las propinas son muuuuy buenas”. Incluso hay clientes que le traen regalos que ella, según asegura, les devuelve cortésmente, “porque si no después se van a creer con atribuciones que no tienen”. Y esas atribuciones llegan, obvio solo hasta el ver y no tocar, so pena de ser sacado a patadas por uno de los gorilas de seguridad. De hecho, por todos lados hay avisos de “prohibidas las cámaras fotográficas y tomar fotos con celulares”.

Además de Katya, esa tarde están dos camareras más, Marcia, una mulata enorme, de trasero generoso, y su contraparte, Lis, bajita y delgada, más bien del tipo modelo magra de pasarela europea. Marcia también lleva una malla dorada anudada en sus poderosas caderas, camina con imponencia, sabiéndose dueña de las circunstancias y consciente de que es observada, escrutada, devorada con la mirada. Hace un par de meses que completó dos años trabajando en el lugar, al que llegó por recomendación de una amiga. Tiene un hijo de ocho años y dice que los clientes del ‘resto’ son en general muy simpáticos y decentes, pero que no deja de haber uno que otro ‘cerdo’.

Cuando Katya me alcanza la cuenta, me lleva además una carta que termina en una lista de firmas y nombres. “Es que estamos recogiendo firmas porque la Alcaldía quiere cerrar los restos-sexys alegando que van en contra de la moral”. Obvio que estampo mi firma ante la hipócrita iniciativa gubernamental, porque si por algo es reconocida Montreal es por lujuriosa y libertina, luego prohibir algo de carne extra en uno de estos restaurantes sería tan estúpido como querer montar una zona de tolerancia en Sodoma y Gomorra. (Tres exmeseras de Andrés (en minifalda y topless))

Les Princesses no es el único. En pleno corazón de la zona industrial, en el norte de la isla, funciona Chez Lydia. Su dueña compró el local hace unos 15 años, cuando era un restaurante común y silvestre, y ahora es la parada obligada de los conductores y obreros del sector. Lydia abre a las cinco de la mañana y cierra, religiosamente, a las tres de la tarde, hora a la que se va para el chalet.

“No tengo para qué trabajar extras, con medio día me basta y sobra”, dice. Chez Lydia tiene, eso sí, más porte de café que de restaurante. De hecho, su especialidad son las comidas rápidas, lo máximo que le preparan a usted es un desayuno continental. Aquí, a diferencia de Les Princesses, el carácter erótico del lugar es remarcado por afiches y pantallas en las que se reproduce porno todo el tiempo. Lydia ronda ya los cuarenta y tantos, es rubia natural, y luce un tatuaje de mariposa al final de la espalda.

A la caja se acerca un señor de unos 70 años y barriga prominente, que paga con un billete de 50 dólares y le pide que guarde el cambio. Cuando le pregunto si, al igual que en Les Princesses, teme a que le cierren el negocio, me responde con un categórico “no”. “¿Por qué nos van a cerrar? No somos prostitutas, solo ofrecemos buena comida, para el estómago y los ojos, no más”. 

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