Messi siempre está atento a los mensajes telefónicos.

Una tarde de octubre de 2010, en su casa de Barcelona, suena su BlackBerry. Es un mensaje de texto. 
—Sos un desastre —le dicen desde Buenos Aires—. Te voy a matar.
Es Juan Sebastián Verón.
Durante cuarenta días, en el Mundial de Sudáfrica, Messi fue compañero de cuarto del centrocampista de la selección argentina. En el centro de alto rendimiento deportivo de Pretoria durmieron en camas paralelas y compartieron la expectativa de un mundial que para ellos acabó en cuartos de final. Verón había jugado en dos mundiales y su cuerpo alto, de hombros anchos y cabeza rapada se había hecho conocido en Europa tras su paso por el Chelsea, el Manchester United y el Inter de Milán. Messi jugaba su primer campeonato del mundo en calidad de jugador titular. Maradona estaba seguro de que la presencia cercana de un líder como Verón podía motivarlo. Quería evitar que la presión competitiva convirtiera a Messi en el niño tímido y sin reflejos que había sido en los partidos de las eliminatorias. Hoy Verón conoce la fórmula para que Messi reaccione fuera de la cancha como lo hace dentro de ella. 
El día que me recibió en Buenos Aires, en el comedor del Club Estudiantes de la Plata, se había propuesto demostrarlo. 
—Acá hay alguien que pregunta por vos —le escribe Verón en SMS—. ¿A quién me mandaste?
Messi responde desde Barcelona.
—Yo no te mandé a nadie.
—No, boludo —replica Verón—. Es joda.
Messi siempre se interesa en saber quién pregunta por su vida, y Verón pone la luminosa pantalla de su BlackBerry al alcance de mi vista: la Pulga está conectado en el chat de su teléfono móvil. Su imagen aparece estática en la pantalla de su excompañero de cuarto. Es la típica foto minúscula que los usuarios de la web 2.0 eligen para mostrarse mientras chatean. En ella Messi sonríe, mirando a la cámara y abrazado a su mascota, Facha, el bóxer. Ambos están recostados en un sillón, semihundidos en la comodidad de un almohadón. Verón me los muestra como quien enseña la prueba de que Messi suele estar conectado. Entonces le gusta decirle cualquier cosa para provocarlo. Pero hoy, en medio de las bromas, también le está  pidiendo permiso para hablar de su vida.?
—¿Y siempre te responde? —le pregunto.
—Sí. Siempre necesita jugar y ganar —me dice Verón—. Siempre busca un estímulo. 
Me lo explicó con un ejemplo.
—El otro día le mandé un mensaje cargándolo —me dice—: “Hace dos semanas que no me escribís, mal amigo”. Y él enseguida contestó: “No, disculpame, es que no te quiero molestar”. 
Verón abre los ojos.
¿Molestar? —se encoge de hombros—. Él no tiene por qué responderme.
Los chistes por internet son confusos, y Messi no se lleva muy bien con las palabras.
—Yo le conozco el cambio de humor, las caras y cuando está fastidioso —añade—. En el momento que pide silencio, hay que respetarlo. 
—¿Y cómo hiciste para lograr su confianza?
—Tratándolo como un hermano —dice Verón. 
Y se corrige: 
—O como un hijo. 
Messi se crio rodeado de adultos que no eran sus padres, pero que lo trataban como a un hijo. El chico que en la escuela primaria hablaba a través de una compañera de seis años y que hoy se comunica con la velocidad de un BlackBerry recibía clases de informática dos veces por semana y se comportaba como esos usuarios de Messenger que siempre aparecen con el cartel de ausente.
—Estaba, pero era como si no estuviera —recuerda el profesor de Informática.
Pero Messi no era el mismo en la clase de computadoras que en un campo cubierto de balones.
—Lo paradójico es que yo iba a reuniones con los técnicos de fútbol y me hablaban maravillas de él —me dice Bonastre—. Entonces te preguntas: ¿Cómo puede ser que entre al campo con tanto desparpajo y que en la vida real no lo tenga? 
En la vida real, después de entrenar y asistir con desgano a las clases de apoyo escolar, Lionel Messi pasaba las noches en un departamento cercano al Camp Nou, en la avenida Gran Vía Carlos III. El club alquila esos pisos a las familias de los niños extranjeros que vienen a jugar en las divisiones inferiores, y Jorge Messi, su padre, se había encargado de elegir el departamento más conveniente para toda su familia. Los primeros quince días en la ciudad los habían pasado en habitaciones del hotel Rallye, con una privilegiada vista al campo del Barça. Pero querían un lugar cómodo para instalarse. 
Celia Cuccittini, la madre de Messi, inspeccionó el nuevo piso en silencio.  
—Quiero una casa —dijo ella, habituada a las calles anchas y residencias de una sola planta del barrio Las Heras. 
No le gustaba vivir en un edificio de apartamentos. 
Meses después, los Messi-Cuccittini empezaron a abandonar ese edificio. La madre no logró adaptarse a su nuevo barrio. Su segundo hermano, Matías, estaba de novio con una chica de Argentina y decidió regresar a su país. Su hermana María Sol no se llevaba bien con el idioma catalán ni con sus nuevos compañeros del colegio. Todos volvieron a Rosario. En Barcelona solo se quedó su hermano mayor, Rodrigo, quien prefirió vivir con su pareja en otra parte de la ciudad. Antes de empezar a ser el goleador de las divisiones inferiores del Barça, Lionel Messi se había quedado solo con su papá en un departamento familiar cuyas habitaciones quedaron desiertas. 
Messi contó su historia una década después. “Lo pasamos mal —dijo—. Hubo momentos en los que estábamos solos con mi papá y yo me encerraba a llorar para que no me viera”. La familia no pudo adaptarse a la ciudad donde el menor de sus hijos varones iba a transformarse en el mejor futbolista del mundo, y mientras el profesor Bonastre le enseñaba a comunicarse a distancia por internet, Messi no podía jugar en ninguna competencia nacional por ser extranjero. El club donde había crecido, Newell’s Old Boys, se negaba a darle el pase internacional para que fuera inscrito en la Federación Española de Fútbol. Solo podía jugar partidos amistosos con la división infantil B en la liga catalana. 
Sin embargo el FC Barcelona lo retuvo. Messi encajaba en una filosofía del deporte que el Barça había empezado a practicar veinte años antes en sus divisiones inferiores. Los directores deportivos ya no buscaban el estereotipo de futbolista alto y musculoso. Sobre lo físico privilegiaban la técnica, la inteligencia y la habilidad. Cuando Pep Guardiola era un niño que vivía en La Masía, casi fracasa por su físico endeble. Su exentrenador Lluís Pujol lo recuerda así: “Tenía unas piernas que parecían alambres. No le vi nada relevante desde el punto de vista futbolístico: ni tiro, ni regate, ni llegada; ni siquiera coraje o despliegue”. Recuerda haberle comentado a Oriol Tort, quien por entonces era responsable de las inferiores del Barça: 
—No sé qué tiene ese niño —le dijo, escéptico, Pujol—. Yo solo le veo la cabeza. 
—Justamente —asintió Tort—. El secreto del niño está en su cabeza. 
Invertir en jugadores con más cabeza que cuerpo se fue afianzando en el FC Barcelona hasta convertirse en una marca de la casa. Cuando Messi llegó a probarse al Barça, lo rescató el entonces director deportivo del club.
—Cuando quise fichar a Messi —me dijo Carles Rexach—, algunos me decían que parecía un jugador de futbolín. Yo les respondí que si los jugadores de futbolín eran así, quería todo un equipo con jugadores de futbolín. 
La Pulga era parte de un plan que se había ido fraguando con el tiempo. 
Hoy La Masía funciona como cuando la frecuentaba Messi. En las paredes de piedra y cemento cuelgan fotos de viejas glorias. En el aire se mezcla el olor a comida que viene de la cocina con el de la cera de los pisos y los bancos de madera que están en la recepción. Aquí firmó su primer contrato Johan Cruyff, y se alimentaron siete de los futbolistas de la selección española que ganaron el Mundial de Sudáfrica. Las habitaciones con camas literas están justo al lado de la biblioteca. Allí hay espacio para doce adolescentes, y los demás, cerca de cincuenta, duermen en un edificio al lado del Camp Nou. Son las mismas habitaciones en las que durmieron los futbolistas Xavi Hernández y Andrés Iniesta, quienes junto a Messi fueron nominados al Balón de Oro 2010. Ninguno superaba el metro setenta y uno de estatura. Messi no alcanzaba los ciento cincuenta centímetros cuando llegó al club. Pero todos lo querían tener en su equipo. Cuando jugaba en Cadetes B y viajó con sus compañeros a Suiza, durante la cena de despedida del torneo en el que derrotaron al equipo anfitrión, el Thayngen, subió al escenario un futbolista profesional para hacer jueguitos con una pelota. Los compañeros de Messi, disconformes con la performance, obligaron a la Pulga a subir al escenario. El niño prodigio exhibía con el balón un desparpajo que no mostraba fuera del campo de juego.
—Seguramente no aprendió a hacer logaritmos —me dice Bonastre en La Masía—. Pero aprendió a llegar puntual a las prácticas, a tener entrenadores y a aguantar que le digan lo que no te gusta. 
Bonastre habla con la convicción de quien se siente satisfecho con su trabajo.
—Si tienes autocontrol con un profesor, lo tendrás con el entrenador —dice el maestro de Informática —. Si tienes autocontrol en clase, lo tendrás en el campo. 
La disciplina que Messi muestra en el juego la ha heredado del encierro que vivió en su adolescencia. Es la habilidad desfachatada del potrero argentino contenida por el rigor académico del FC Barcelona. El crack que nació en un país hecho por líderes caudillos hubiese tenido otro destino sin la crianza de un club que apostó por la democratización de la pelota. Entre delanteros que defienden y defensores que atacan, Messi ejerce de líder silencioso en la distribución del poder del Barça. Con la camiseta de Argentina, en cambio, no hubiese ganado el balón de oro que lo corona como el mejor del mundo. La selección de su país tenía una dinámica de juego a la que Messi le costó adaptarse. Pero también es cierto que la lealtad al club que le pagó su tratamiento para crecer, Messi la materializa en inspirados tiros al ángulo que parecen más una prueba de amor que ambición por superar un récord. 
En el Mundial de Sudáfrica, Verón había asumido la responsabilidad de mantener tibia la incubadora en que Messi maduró su genialidad. Pero en esa ocasión, con la camiseta de Argentina, el 10 solo pateó balones al travesaño y a las manos del portero.
—Cuando se opaca, no te mira a los ojos —me dice Verón esa mañana en Buenos Aires—. Lo mejor que podés hacer en esos momentos es dejarlo solo. A veces llegábamos a la pieza, estaba fastidioso y yo lo dejaba.
—Su hermana me contó que cuando está mal se tira en el sillón —le digo—. Él me dijo que le gustaba dormir la siesta.
—Conmigo, lo mismo —confirmó Verón—. Mucha cama. 
A sus treinta y cinco años, y padre de dos hijos, a Verón le gusta estar en la cama a las once de la noche. El centrocampista se enfrentaba al desafío de su último mundial. La una de la madrugada era muy tarde para él. Messi, en cambio, vivía la concentración con la energía de un chico que se va de campamento con sus amigos. En la rutina de su casa, se acuesta cuando no se le ocurre nada mejor que hacer. 
—Si lo dejás, te duerme hasta las diez, once de la mañana. Y además duerme la siesta. 
Verón lo dice con la sonrisa de un tío que una vez al mes disfruta de su sobrino consentido. 
—Lo que duerme es increíble —insiste—. Yo me levantaba, hacía ruido y el tipo nada. Pero nada.
Messi miraba la serie El cartel de los sapos, sobre narcotraficantes colombianos.
—El era el dueño del control remoto —acusa Verón.
Mientras él lideraba el equipo en los partidos, Messi controlaba el televisor desde la cama de su habitación. Javier Mascherano, el centrocampista de la selección argentina, era el dueño de los DVD que el resto de los jugadores se pasaban de mano en mano. Todos querían ver esa serie sobre el tráfico de drogas.
—Muchos personajes morían y aparecían otros —me cuenta su excompañero de cuarto—. Un día Lio me dijo que la serie se había puesto un poco densa y la dejó.
Messi era el encargado de llevar los DVD a su habitación compartida. Un año antes pudo haberse hecho adicto a las teleseries Lost y Prison Break. También las abandonó antes de llegar al final.
Messi prefiere divertirse con juegos en los que puede controlar el desenlace. 
Verón se asombra de los hábitos que Messi mantiene desde niño. La estadística dice que, antes de una competición, un deportista de alto rendimiento no consigue dormir más de cuatro o cinco horas a causa del estrés. Fuera de competencia lo regular son nueve, una hora más que una persona que no hace deportes. Según un registro del FC Barcelona de agosto de 2003, a la edad de dieciséis años, Messi pesaba sesenta y dos kilos con setecientos gramos y el día anterior había dormido “diez horas por la noche y una hora de siesta por la tarde”. En esa época cada futbolista de las divisiones inferiores del Barça tenía la obligación de indicar a su entrenador sus horas de sueño. Messi era el futbolista más habilidoso de las divisiones inferiores y al mismo tiempo el más dormilón de toda su categoría.
Fernando Signorini, el preparador físico personal de Maradona, y en el Mundial de Sudáfrica de la selección argentina, ve en Messi un enigma sin descifrar. 
—La frecuencia de movimientos que tiene en la cancha es más alta que la de Maradona —me dice Signorini una tarde en Buenos Aires—. Llevar la pelota tan pegada al piso exige un ritmo altísimo de pasos. No sé cómo lo hace. 
Para Signorini, Messi es un fenómeno sobrenatural que llega cuando creía haberlo visto todo. 
—Vos lo mirás en la entrada en calor y está tan tranquilo como un pibe que va a jugar en el campito de la esquina. 
Messi no se pone tenso en el vestuario minutos antes de entrar a la cancha. No es el único caso: antes de una final de Wimbledon, el tenista Björn Borg no llegaba a las sesenta pulsaciones por minuto, cuando lo normal es tener más de cien. En cambio, Valdano recuerda haber visto a Maradona asustado, pidiendo ayuda a su madre antes de un partido importante: “Tota, ayudame que estoy asustado”. Signorini dice que Maradona hacía teatro para llamar la atención de los compañeros. 
—Hay deportistas que son grandes simuladores de estados de ánimo —dice el preparador físico—. El caso de Lio es diferente. Yo no advertía que estuviera preocupado por algo. Esos tipos son inexplicables. Ellos viven y juegan como quieren, mientras los otros viven y juegan como quieren los demás. 
Maradona, igual que Messi, siempre era el último en levantarse de la cama, como si se hubiese olvidado del partido. 
—¿Quién despertaba a Messi por la mañana? —le pregunto a Verón.
—Le decía al masajista o me decía a mí que lo despertara para ir al gimnasio. En esas cosas es bastante vago. 
Ser el protagonista del Mundial no angustiaba a Messi antes de cada partido. 
—Messi es un chico sentado en un rincón. No hace nada —explica Verón—. No se venda. Tampoco usa tobilleras. Un partido de los cuartos de final de un mundial lo juega igual que si jugara con los amigos del pueblo de él. 
Unos días antes de que Messi cumpliera veintitrés años, la selección argentina era una de las favoritas del Mundial de Sudáfrica. Aunque no hacía goles, la superestrella del Barça destacaba en un equipo que avanzaba invicto. Dos días antes del partido con Grecia, Maradona llamó a Messi para decirle algo. Quería darle el brazalete de capitán. 
—Esos dos días —me dice Verón— vi a Lio nervioso por primera vez. 
No era la responsabilidad del liderazgo lo que incomodaba a Messi. Lo que lo desvelaba era que tenía que dar un discurso ante sus compañeros. 
—Dos días estuvo pensando qué decir. “¿Qué digo?”, me preguntaba Lio —recuerda Verón—. Le dije: “Decí lo que sentís y te va a salir solo. Pero no es fácil”. 
Nosotros sentíamos que Messi nos estaba escuchando desde su BlackBerry. En la pantalla del teléfono de Verón, parpadeaba un guion electrónico. El diálogo con él podía continuar. En la foto de su teléfono, Messi sonreía en silencio.
Maradona lo perturbaba pidiéndole que hablara en el vestuario. No era la primera vez que lo ponía nervioso. Messi había conocido a Maradona en un show televisivo que este conducía en Buenos Aires. Tenía dieciocho años y su nombre recién empezaba a ser popular en Argentina. El programa se llamaba La noche del 10. Habían montado ante las cámaras una cancha de fútbol tenis, donde el 10 eterno se enfrentaría con el 10 del futuro. “Estábamos en el camarín con mi papá, mi primo y mi tío hablando de los autógrafos y de las fotos que le íbamos a pedir. De pronto, Diego abrió la puerta y se mandó —recordó Messi—. Nos quedamos petrificados. Se fue y no le pedimos nada”. Cinco años más tarde, en la tensión competitiva del Mundial, Messi volvió a quedar petrificado. En ese primer encuentro, le había ganado a Maradona el partido de fútbol tenis. Pero su presencia seguía intimidándolo. En Sudáfrica, el 10 eterno había querido darle un incentivo con el brazalete de capitán. Ante los ojos del mundo, el gesto pareció ser un merecido y anticipado regalo de cumpleaños. Para Verón, que varias veces fue líder de su selección, era una nueva responsabilidad: en el cuarto compartido, debía enseñar a un genio ensimismado a comportarse como un caudillo. A Messi, el privilegio lo dejaba mudo. No podía arengar a sus compañeros por SMS.
Tres años antes, en un programa televisivo, Maradona declaró que Messi tenía todo para ser “el gran jugador argentino”. Pero también dijo que le faltaba presencia.
—Si pudiera ser un poco más líder —dijo Maradona—, creo que podríamos ir de la mano de él al Mundial de Sudáfrica.
—¿Le falta liderazgo? —preguntó el conductor Marcelo Tinelli.
—Sí, presencia —respondió Maradona—. Porque el resto lo tiene todo.
Como en un juego de espejos, Messi proyectaba una imagen en la que Maradona buscaba verse a sí mismo. Tenía diecinueve años cuando jugó su primer mundial, y Maradona veintiuno cuando fue al Mundial de España. “Creo que al darle la capitanía a Leo, Diego se pensó a él mismo cuando tenía la misma edad —me dijo Fernando Signorini—. En ese partido con Grecia, Maradona le dio la cinta de capitán a Maradona”. En el monólogo interior de sus entrenadores, Messi nunca había interpretado el papel de capitán. La estridencia de un brazalete que le exige hablar como un caudillo estresa a alguien que prefiere pasar inadvertido. En términos monárquicos, las sucesiones siempre son conflictivas.
—¿Y al final Messi habló en el vestuario? 
—Dijo algo —recuerda Verón—. Pero enseguida se trabó, porque no sabía cómo seguir.
Verón calculó sus palabras. Quería proteger la intimidad del equipo.
—Dijo que estaba muy nervioso. Y salimos a la cancha.

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