Cada vez que digo esto en la Argentina, más de uno salta como si le hubieran tocado el culo. Lo seguiré diciendo porque es lo que pienso: Lionel Messi está muy por encima de Diego Maradona. Supongo que, por un lado, habrá más posibilidades de que concuerden conmigo en Colombia que en la Argentina; supongo que, por el otro, también encontraré la resistencia de aquellos que temen que les baje del pedestal a un ícono de su juventud irrepetible. ¡Ah, los dorados ochenta! (La primera copa que alzó Messi)

Pero sí. Messi es muchísimo más jugador que Maradona. No tengo ninguna duda al respecto, y eso que en su momento llegué a pensar que nunca más vería un jugador siquiera capaz de lustrarle los botines a Diego. Aclaro que me importan un carajo las cuestiones extrafutbolísticas: no sé a quién votará Maradona en las próximas elecciones —ni me importa—, ni si reconoció algún nuevo hijo últimamente, ni si golpeó a algún nuevo niño en algún nuevo partido por la paz. Con Messi es más fácil aclarar ese mismo punto, ya que carece de vida extrafutbolística. Hablemos de fútbol, entonces. Y sigamos.

¿Necesitan el palmarés, la cantidad de goles convertidos y de récords batidos por Messi? ¿Comprenden que, si de números se trata, esta discusión termina por nocaut en el primer round? Los puristas dicen que el fútbol no consiste solo en estadísticas. Está bien. La idea es dudosa, sin embargo, si consideramos que Messi está batiendo récords más propios de otro fútbol, de los treinta o de los cuarenta, cuando los partidos terminaban 7 a 5 o 5 a 4. Y si consideramos que Messi va camino a superar a Pelé como el más grande goleador de todos los tiempos (no, queridos, Pelé no hizo más de 1000 goles, los que convirtió en la playa no cuentan: Pelé hizo alrededor de 570 goles en partidos oficiales. No está nada mal. Messi lo va a superar en un par de años a lo sumo, pero no está nada mal). ¿Me permitirán, al menos, señalar que Messi es el mejor jugador del mejor equipo de todos los tiempos? Porque eso es lo que fue el Barcelona de Guardiola. Y Messi estaba ahí. Siempre, porque no se borra nunca. (El secreto detrás de la celebración de los goles de Messi)

Me dicen que Maradona fue más grande porque sacó campeón después de varias décadas al Napoli, un equipo chico del postergado sur de Italia. El argumento es por lo menos dudoso, porque la presión es mucho mayor en el Barcelona que en el Napoli. Digamos que si el Napoli no salía campeón no pasaba nada y si lo lograba —como lo logró más de una vez de la mano de Diego— era la gloria. Digamos, además, que Maradona también jugó en el Barcelona. Seamos justos: no jugó en el Barcelona de Guardiola. Seamos justos y reconozcamos que Maradona padeció dos desgracias: la hepatitis y un serrucho vasco llamado Andoni Goikoetxea. Seamos justos: en realidad no fue la fractura lo que le dio salida del Barça sino la gresca que protagonizó hacia el final de aquel mismo partido ante el Athletic de Bilbao. Algunos goles bonitos —en especial, al Real—, dos títulos no demasiado trascendentes y un grato recuerdo es todo lo que dejó Maradona en su paso por el club catalán. No es poco, pero no tiene comparación con el descomunal aporte de Messi, el jugador más importante de la historia del club.

La comparación entre ambos es pertinente porque se trata de dos jugadores fabulosos, cada uno de ellos el mejor de todos en la época que le tocó en suerte. Hasta no hace mucho, algunos puristas decían que la comparación no era posible porque jugaban en puestos diferentes (Maradona era un 10 clásico, Messi es más delantero). Después del frustrado paso del Tata Martino por el Barcelona, Luis Enrique trajo algunos condimentos nuevos al menú de fútbol exquisito que proponen siempre los catalanes y retrasó unos metros a Lio. Entonces se derrumbó para siempre un importante argumento de los fundamentalistas maradonianos: eso de que Maradona “hacía jugar más a los compañeros”. ¡Pregúntenle al uruguayo Luis Suárez si Messi no lo hace jugar! En este Barcelona 2.0, el hombre que va camino a ser el máximo goleador de todos los tiempos es también el mejor asistidor. 

Hay un caballito de batalla maradoniano: me refiero al Mundial 86. La Argentina ganó un Mundial de mayores con Diego y no lo ganó con Messi. Analicemos un poco las circunstancias: en 1986, el fútbol argentino era el mejor del mundo. En 1984, 1985 y 1986, tres equipos argentinos (Independiente, Argentinos Juniors y River Plate) ganaron la Copa Libertadores. Luego Independiente y River ganaron la Intercontinental: Argentinos la perdió por penales luego de haber jugado francamente mejor que la Juventus. Repasemos los nombres del equipo de Bilardo: son, básicamente, jugadores de aquellos tres equipos más Maradona y Valdano. La Ley Bosman fue una puñalada al fútbol latinoamericano: desde ese momento, los mejores jugarán siempre en el extranjero y los entrenadores serán más seleccionadores que otra cosa. En esas circunstancias, hoy es mucho más difícil —aunque no imposible— que un seleccionado argentino gane un Mundial: a pesar de sus grandes jugadores, tiene una desventaja estructural ante Alemania, Inglaterra o España. (Messi y Cristiano se besan antes del clásico)

En aquel equipo del 86, Maradona estaba rodeado de Mascheranos que corrían para él: Batista, Olarticoechea, Giusti, Enrique. En este de 2014, Messi tuvo solo a Mascherano —tal vez un poco a Biglia— entre los batalladores de fuste. La actuación de Maradona fue maravillosa, tal vez la más maravillosa actuación individual de un futbolista en un Mundial. Es cierto que Messi no logró todavía ese pico de rendimiento en una Copa del Mundo. Cierto es que un torneo compuesto de siete partidos, por importante que sea, no alcanza para determinar que un jugador es mejor que otro. La actual Champions League es un torneo de nivel Mundial que se juega todos los años. Messi brilla en todas y cada una de las Champions que juega. Pero volvamos a los Mundiales. Diego jugó cuatro de mayores: fue campeón en México 86, subcampeón en Italia 90, en ambos con muy destacadas actuaciones. Del Mundial 82, en cambio, recordamos su planchazo al brasileño Joao Batista. Del Mundial 94 recordamos la efedrina.

Messi jugó (hasta ahora, claro) tres Mundiales. En uno llevó a la Argentina a una final: la Argentina hizo ocho goles, Messi hizo cuatro e intervino en los otros cuatro. Tuvo una actuación extraordinaria en la final, sacrificándose también en la marca como el planteo táctico de Sabella lo exigía, y jugando cuando tenía la pelota. Messi no sacó a su selección de ningún Mundial: de Alemania 2006 la sacaron un poco vuestro ídolo José Pékerman (que lo dejó afuera a Lio ante Alemania para que jugara… ¡el Jardinero Cruz!) y otro poco el tristemente célebre panic attack de Abbondanzieri. Tampoco fue Messi quien eliminó a la Argentina de Sudáfrica 2010, sino, casualmente… ¡Maradona!, ahora como entrenador, con su genial propuesta de jugarles con tres defensores a los alemanes. En Mundiales juveniles están parejos: Diego en 1979, Messi en 2005, cada uno sumó su correspondiente estrellita. (Visita a La Masía, la mejor fábrica de futbolistas del mundo)

Convengamos que ser así de hábil y determinante es mucho más difícil ahora que hace 30 años, porque se juega a una velocidad mucho mayor. Messi brilla ahora y fue gracias a él que los argentinos volvimos a ver a nuestro equipo en la final después de casi un cuarto de siglo. Messi es la posibilidad de ser felices ahora. Por eso, el más encarnizado crítico que tuvo el equipo de Sabella durante el Mundial, el envidioso que seguramente respiró aliviado con el gol de Mario Götze fue un comentarista llamado Diego Armando Maradona. Y ahora los dejo, porque tengo que ver una vez más los dos maravillosos goles que Lio le hizo esta misma tarde al Bayern Munich. Y si alguien puede… ¡que lo desate a Boateng!

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