De todas las idioteces que conozco, la de ser fanático de un equipo de fútbol solo es superada por otra mayor que me enferma. La de quienes creen que apoyar a cualquier club del propio país cuando juega contra un extranjero es un deber patrio, casi constitucional, un honor de todo ciudadano. Y hacer lo contrario, desear la derrota del aborrecido rival, siempre y en todo lugar, un imperdonable atentado a la unidad nacional.
Pues bien, confieso que soy idiota, pero a medias. Me declaro futbolera practicante, madridista de nacimiento para más señas, pero me importa un soberano pito que me manden al paredón por desear con toda mi alma que pierda el equipo que más detesto de la galaxia, el Barcelona Fútbol Club, juegue en España o en Tumbuctú. Y si es de penal injusto en el último segundo, la felicidad alcanza el paroxismo.
Mi mamá tendría qué explicarme en qué momento de la gestación perdí las neuronas para rellenar el cerebro de fanatismo "merengue" y de fanatismo antibarça (Barcelona para los ignorantes). Por qué razones insulto, aborrezco, adoro, grito, me emputo o salto de alegría con brazos en alto, cuando gana mi Madrid del alma (por favor, lo de Real a secas denota un loberismo feroz. Evítenlo) o pierde mi aborrecido Barça. Y eso que ahora ya no siento la misma emoción de antaño por los colores blancos.
Cómo será la vaina, que últimamente he dejado de subir a casa de mi vecino Poncho Rentería, que tiene nevera llena, chef de lujo (Lucecita para más señas) y televisión gigante, porque allí no puedo insultar a gusto a este Real Madrid plagado de reinitas bobas, que se mueven por la cancha como si recorrieran una pasarela. Creen que solo con exhibir sus cabellos teñidos, desordenadamente peinados y sus tatuajes gamines alimentan nuestras pasiones futboleras. ¡No saben lo erradas que están, mis despreciables señoritas merengues!
A veces me pregunto qué pasaría si alguien me filmara chillándole al televisor con ira, acordándome de la mamá de Beckham, de Zidane, de Raúl, de Florentino Pérez, gesticulando enloquecida, o saltando por los aires, impulsada por una incontenible emoción cuando le meten un gol al Barça. Pienso que sería conveniente que algún psiquiatra examinara una de las jornadas en donde mi idiotez alcanzó la cima y mi corazón la dicha.
Fue una noche imborrable de mayo de hace una década. El Barça perdió la final de la Champions contra el Milán. Cuatro a cero. Sí, cuatro divinidades y una donuts. Como no podía creer que existiera tanta felicidad y ante la posibilidad de una remontada, apenas emití sonido fuera de cuatro secos "gol" durante noventa minutos de nervios. Pero cuando ya era inminente la derrota, cuando no había quién nos arrebatara el paraíso, sonreí como si acabara de ganar la Loto de EU, imaginando la tragedia en Barcelona, adivinando vacías las Ramblas, esas calles elegidas por su lamentable fanaticada para celebrar los pírricos triunfos. Los suponía cabizbajos, tragándose las lágrimas, arrastrando la bandera "blaugrana" por el piso. Solo lamenté no estar allá, observando en directo el paso cansino del ejército derrotado en la más sublime batalla. ¡Ja!
Pero ahí no acabó la gloria. Cuál no sería mi sorpresa cuando mi cuñado, el único que quiso ver el partido (en Madrid nos fascina que pierda el Barça, pero pocos tienen mi morbo de tragarse el duelo) me anunció que lo había grabado. Lo miré con agradecimiento profundo y sonrisa malévola que no perdí en la siguiente hora y media, disfrutando la repetición completa.
Supongo que mi padre se preguntará que para qué estudios, para qué neuronas, para qué abrirme mundos, si acabo enloqueciendo como los descerebrados hooligans por un gol, por un simple, bello, increíble gol, ya sea del Madrid o contra mi aborrecido Barça.
Claro que si me viera a bordo de mi carro, manejando por la ciudad, sentiría la misma decepción. Según me pongo el cinturón de seguridad y agarro el timón, me voy transformando en otro encefalograma plano, pero agresivo, rencoroso y machista. Me crecen los colmillos, saco las garras, enturbio la garganta y me dispongo a librar mi batalla particular contra buses, busetas y lentas.
Si me encierran los grandes, les pito, les doy luces, les rebaso y cuando estoy a su altura, miro al chofer a la cara y le suelto algo para que sepa que me acuerdo de su mamá, tanto como de la de Beckham. Luego salgo volada a esconderme entre otros carros y evitar las represalias.
Si me topo con una lenta, le indico que su marido no tendría que haberle regalado el permiso ni prestado el carrito, que más bien regrese a la cocina y que si tiene ansias de crecimiento personal, que le pida al esposo que le agrande la estufa.
Todo políticamente muy correcto, muy edificante, muy femenino.
No creo que esta confesión de mis odios y mis raquíticas neuronas, hecha ante Idiotas Anónimos (IIAA), de la que se extrajo este texto, ayude a rehabilitarme. Pero animará a algún lector a mirarme con el desprecio supino de los intelectuales. Peor para ellos. El orgasmo que produce un gol de victoria en noche de Champions, en el Santiago Bernabéu, con estadio a rebosar, no se lo da ni la propia ni la ajena; ni su admirado Nieztche ni ningún gallo de su soprano favorita. El gol y las guerras diarias con el busetero, dignos de mentes huecas, son placeres reservados a nosotros, los idiotas.

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