Cuando fui líder de la banda de guerra del Gimnasio Campestre, a comienzos de los años ochenta, supe que desarrollaría mi propósito de vida en el terreno político. Mover a un grupo de gente para convencerla de ‘nuestra obra’ era absolutamente placentero. Liderarlos, caminar de frente, intentar seducir con la música, que después se convertiría en palabra.

Me llenaba de felicidad ver a mis papás, a los papás de todos los del curso y, sobre todo, a las niñas de los colegios. La ‘guerra’ con la banda del Moderno era a muerte: tanto en la música como en el fútbol nos sentíamos en orillas opuestas. Gimnasianos de dos partes diferentes, pero de una misma familia: los del Campestre éramos un poco psicorrígidos, tradicionales, ‘bienportados’. Los del Moderno eran relajados, sus uniformes eran menos tiesos y menos planchados. Pensaban en sus excursiones y en Santa Fe. En cambio nosotros tocábamos el bombo, los redoblantes, las liras, las trompetas y el triángulo sintiendo cada uno de los goles de Millonarios. 

Hoy pienso que la historia de competencia de dos colegios tiene que ver con la historia de la ciudad: la música y el fútbol, herramientas para conquistar a las mismas bogotanas. Gimnasianos de ambas partes teníamos especial barra en el Femenino y en el Nena Cano. Histeria.

Ahí, en esa época, conocí a Daniel Samper Ospina, director de esta revista, quien creo que tocaba en las filas del Moderno los triángulos o los platillos. Por cuenta de sus pecas, los del Campestre le decíamos Fresita. En venganza, él en sus columnas dice que soy el hijo de Herman Monster. Estoy seguro de que esa lucha de apodos comenzó en el bachillerato.

Moríamos por la banda. Solo queríamos que se acabaran las clases para poder ensayar, alistarnos para los concursos, competir.

Durante seis años fui peón. Mi liderazgo duró un año. Doce meses en los que fui absolutamente feliz y convencí a mis compañeros de pedirles plata a los papás para nuevos instrumentos. Esa era la etapa aburrida. Para hacer política y para las actividades extracurriculares, el fundraising es una jartera. Lo otro difícil era componer, pero había quien se encargara del tema. Que no me pusieran a eso. Lo mío era ejecutar.

También recuerdo que en esa época levantar niñas era fácil. Aunque lamentablemente, para ese entonces, en plena preadolescencia, las mujeres no eran prioridad. De la banda a la cancha. Así se movían los días. Capando clase: el partido o la marcha. 

Y es que el fútbol y la banda exigían habilidades similares. El tambor mayor tiene las mismas funciones que el de la camiseta diez: marcar el paso. Marchar y tocar, patear el balón y pensar en la estrategia. Dos cosas a la vez. Siempre que ensayábamos una marcha, estábamos pensando en los intercolegiales y en cómo nos iría en el clásico. Mario Galofre se comía las uñas viendo a los del Moderno y Alfonso Casas a los del Campestre. Dos amigos en la pedagogía enfrentados también por el compás del paso de sus alumnos en los pasillos y en las canchas.

Todavía recuerdo esas cuatro horas diarias después de cada clase, en las que nuestra única prioridad eran el fútbol y la banda.

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