Al diablo con los bazares. Debo decir que si hubo un evento que me enseñó a entender lo disfuncional que era mi familia, ese fue el bazar de colegio. De entrada no le veía ningún sentido a visitar las instalaciones del colegio sin uniforme o, como decían las profesoras, de particular. Pero empecemos por la aversión de los padres, que inmediatamente uno entregaba una circular en la que los encargaban de alguna de las actividades del bazar empezaban a odiarlo a uno tanto o más de lo que Freud vaticinó que uno los odiaría a ellos. De repente la existencia de uno se convertía en un estorbo. A mis papás casi siempre les tocaba la tómbola y siento mucho echarlos al agua confesando que todas las excusas que dieron para no asistir, incluyendo muertes y accidentes, fueron falsas.

Yo, siguiendo la línea de Freud, me aferraba al bazar para llevarles la contraria y para hacerlos sentir mal por ser unos padres desconsiderados, pero la experiencia tampoco era agradable. Todos los papás tipo Flanders me preguntaban constantemente a qué horas llegaban mis papás y yo decía que después del velorio de mi tía. “Yo pensé que era tu abuelita la que se había muerto”, contestaba alguna mamá con delantal de florecitas y una bandeja de galletas recién horneadas. 
Estar siempre sola como una veleta al viento despertaba intrigas entre esos padres que luego les prohibían a sus hijas meterse con esa niñita alta cuyos papás nunca se aparecían por un evento escolar. Mi afición por bailar como si estuviera en un cabaré data de esa época y aunque odié esa sensación de orfandad durante los bazares, también amé esa libertad que sentía bajo la luz tenue de una carpa roja donde se desarrollaba la miniteca. Pues bueno, los padres de muchas de mis amigas se escandalizaban porque, a mis trece años, yo ya tenía amigos hombres de dieciocho y podía bailar merengue apechichao, sin cogerme del brazo, o incluso aferrarme al cuerpo de un macho aún más con un “eslou”. Sobra decir que el hit de la época era el Bazar de las Flans y que la gente acá no entendía que bazar en mexicano es una suerte de mercado de las pulgas y no ese laboratorio de campo de verano que se les da por hacer en los colegios para compartir en familia. 
Compartir en familia forzosamente es tal vez lo más parecido a pertenecer a una secta como Amway o Herbalife. Siento odio jarocho por toda actividad que implique integración, concursos y juegos ridículos. No entiendo cómo hay gente que cree que diversión es comprar vales en filas interminables para luego hacer otra fila y recibir a cambio una pizza tibia y mojada, o disfrazarse de monstruo para asustar a unos niñitos en un túnel hecho con cartulina negra en el salón de artes. Ni qué decir de los que participan en los relevos y saltan en costales o se pasan manzanas sosteniendo una cuchara con la boca. Pero lo que realmente detesto del bazar de colegio es la alegría y la camaradería. Las sonrisas fingidas de todos esos papás que se saludan como si fueran expresidentes me producen arcadas desde entonces. Quién dijo que hay que caerse bien con los papás del compañerito de curso del hijo. Ningún ningún. Además, que tire la primera piedra aquel al que, de niño, le pareciera delicioso ir en familia a un bazar, a que todo el mundo se burlara de la pinta de alguno de sus progenitores. Con que mi mamá tuviera que ir a recoger las calificaciones y se pusiera esas gafas de mosca que yo hoy en día añoro era suficiente. A esas familias entusiastas que van al bazar desde las ocho de la mañana y se quedan hasta que caiga la noche y apaguen la miniteca deberían inculcarles de nuevo aquel refrán que reza que la ropa sucia se lava en casa.

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