Qué lástima que yo no tenga un mi abuelo que ganara una batalla, dice León Felipe. Pero yo tengo en cambio un mi bisabuelo que en tiempos de una ya remota y extinguida fortuna familiar, donó el estadio de fútbol de Bogotá, conocido como Nemesio Camacho El Campín. Durante mis primeros años de vida creí que El Campín era un apellido y conté con orgullo que un mi bisabuelo se llamaba Nemesio Camacho Elcampín. Así que díganme, ¿cómo no ha de correr por mis venas la pasión futbolera, si poco faltó para que me llamara Laura Restrepo El Campín?
 
Y además alguna vez me hice acreedora del más sentido piropo que he escuchado de boca de un hombre: "De todas las mujeres que conozco, eres la única capaz de comprender realmente qué es un off side. Pero esa comprensión profunda no se me dio sola, ni me vino nada más por herencia; tuve que lucharla desde la primera infancia. Fue así como crecí y me formé en el odio jarocho contra Millonarios y en la adoración incondicional por Santafecito lindo, al pie del cual sigo estando, estaré hasta el final y he estado desde cuando era un equipo pichón y promisorio que entrenaba los sábados en un potrero de Suba, donde nos llevaba religiosamente el Hincha Mayor, o sea mi tío Piquín -camiseta roja, cachucha blanca y Pielroja en boca-, quien no solo no había donado ningún estadio, sino que tenía por todo haber un automóvil al que llamábamos el tres patadas porque aparte de haber perdido una de las puertas traseras, solo andaba si el copiloto iba tirando del inexistente acelerador con una piola. Más de una vez, finalizado el entrenamiento y ya de vuelta a Bogotá en el tres patadas, tuvimos el honor de apretujarnos contra uno o a varios de nuestros ídolos, los sudados jugadores del glorioso Santa Fe.

Pero no se limita al entusiasmo pasivo mi relación con este gran deporte: cualquiera que no sea un pollo, o esté a salvo de Alzheimer, tendría que recordar la época de mi desempeño como goleadora del Club Los Halcones (divisa albiamarilla) en  los torneos interfincas durante las vacaciones en Sasaima, mismos que si perdíamos no era por falta de garra o de trapío, sino porque nuestro arquero estrella, Karló Deckers, sufría repentinos ataques de asma que eran arteramente aprovechados por el enemigo.

Ya de mayor, en la Argentina, una vez desmejorado el estado físico y mermada la potencia de la patada, debí retirarme de la participación activa y limitarme al papel de espectadora, pero eso sí, fiel y fanática y gritona. Extendí mis afectos por Santa Fe hacia el Boca Juniors y me sumé a las hordas de xeneizes que ovacionan a sus muchachos en la Bombonera, Dale Boooo, dale Boooo, y me avergüenza reconocer que me dejé arrastrar por la pasión colectiva hasta llegar a gritarles a los de River gallinas mariconas y otras cosas peores, como Qué feo, qué feo/ qué feo es ser gallina/ la hinchada más puta/ de toda la Argentina, y si vale exagerar en aras de la exaltación de nuestro deporte de deportes, casi diría que fue por amor a Boca que me aficioné al mate y al tango y tuve un hijo pibe.

Para mí Pelé ha sido un dios, Chilavert un papá, Maradona un ídolo, Batistuta un amor imposible, el Palomo Usuriaga un sex symbol, el Pibe Valderrama un hermano y Ronaldinho Gaúcho -meu mininho mais lindo-, el otro hijo que siempre quise tener. Cuando en 1975 parió Salvajina, la perra de mi casa, mientras trasmitían un partido del Perú contra quién sabe quien, fui cómplice en la elección que hizo la familia del nombre de los dos cachorros: Chumpitaz y Oblitas. Entre mis momentos personales de mayor felicidad cuento el cinco a cero de Colombia contra Argentina y la atajada de alacrán del otrora feo Higuita en Wembley, y puedo recitar de memoria todos los integrantes del equipo Brasil 1970, vamos a ver, Pelé, Rivelino, Jairzinho, Tostao, Clodoaldo,
Gerson. Rivelino, pero ese ya lo dije. Bueno, digamos que puedo recitar de memoria casi todos. Cada cuatro años suspendo de plano cualquier otra actividad para dedicarme de lleno al Mundial, y me cuento entre los que pegan el cronograma de partidos cerca del televisor, ponen el despertador a las cuatro de la madrugada para no perderse alguno, hacen cuadro de equipos para casar apuestas y se aprovisionan de maní, papas fritas, cervezas y Coca-Colas light. Todavía peor, soy de las que por entonces compran álbum de figuritas y lo llenan, y para los que no me crean aquí va la prueba: ¿Quieren saber cuáles fueron la vez pasada las figuritas más difíciles de conseguir? Pues las de los escudos, que venían tornasoladas. ¿Y cuál la más fácil? La de un jugador nigeriano, esa era tirada, salía hasta en la sopa. ¿Y cuál era el nombre del nigeriano aquel? La verdad, no lo sé. Hasta ahí me llega la afición, con perdón de Nemesio Camacho Elcampín.

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