Cuando éramos niños montábamos en bicicleta, timbrábamos en las casas para después salir corriendo, jugábamos policías y ladrones, en fin, hacíamos mil cosas porque éramos de la misma cuadra. Teníamos nueve años y fuimos novios de infancia, y nueve años después nos volvimos a ver y empezamos a salir. A los diez meses de noviazgo yo quedé embarazada y entonces nos casamos. Empezamos viviendo en su casa.

Desde el principio me di cuenta de que él era infiel. Lo malo es que esas pequeñas cosas, que realmente no son pequeñas, más adelante se convierten en monstruos. Siempre desde que empieza el noviazgo uno se da cuenta de qué clase de hombre es con el que uno se va a quedar. Pero uno se hace el loco, piensa que se casa y todo cambia, que esas cosas no pasan, que eso es normal porque a todas las amigas les ponen los cachos. Lentamente esas “pequeñeces” acaban con nuestra vida y nuestro hogar. 

Yo me daba cuenta de que era infiel porque le cogía llamadas telefónicas y lo pillaba diciendo mentiras. Desde muy temprano en mi matrimonio, mi médico psiquiatra era parte de mi familia porque yo constantemente me alteraba. Entonces, si él llegaba tarde, me iba para donde el médico y me aumentaba las pastillas. A los cinco años de matrimonio me empezaron a dar crisis de pánico. Me volví una mujer aislada y temerosa: no podía estar en un sitio sola porque me daba temor de que me diera una crisis, y además me daba pena, por eso huía de los tumultos y de las personas. Iba al gimnasio y cuando empezaba a hacer elíptica, por ejemplo, me daba en ese instante la crisis por la misma angustia que me producía el hecho de que la sufriera estando sola. Me empecé a cuestionar: ¿será que yo no soy inteligente?, ¿será que no soy lo suficientemente hermosa?, ¿será que sexualmente no lo lleno? Perdí la autoestima y me volví amargada. 

Él tenía varias mujeres. Cuando eran muchas era más difícil de que me diera cuenta, en cambio, cuando se encaprichaba con una, era fácil de reconocer por su conducta. Llegaba más tarde, ponía música romántica y enviaba regalos. Yo lo cogía en la mentira porque me decía “estoy en tal parte” y yo iba, y nunca había ido allá. Me enloquecía. Pero por otro lado, era muy amplio con nuestra hija y conmigo, era económicamente responsable y por eso me aguantaba que me faltara como mujer. Lo enfrentaba y él simplemente me prometía que no lo iba a volver a hacer y otra vez estaba conmigo. Yo le creía. 

Hacia el final de nuestro matrimonio a él le empezó a ir muy bien económicamente, comenzó a tener una actitud de querer estar en los salones de belleza, arreglándose las uñas, comprando ropa y lociones. Él quería llevar una vida de soltero y sabía que a mi lado no podía. Entonces me dijo: “No quiero estar más casado, tengo a alguien y me voy”. En ese momento sentí morirme. 

Pero fue algo muy extraño porque desde que se fue pasaron más o menos tres meses de dolor y después vino una paz intensa e inmensa. Yo había empezado tratamiento en la Clínica del Amor de Medellín un poco antes de la ruptura, pero él se tuvo que ir de la casa para que yo me encontrara a mí misma, para que comprendiera que primero está el amor propio y que en esos veinte años fui yo la que se prestó para que él barriera el piso conmigo. Él se fue de la casa, pero fui yo la que insistió en el divorcio. Ahora me dedico a mí y amo mi vida.

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