En las épocas del bachillerato, mis limitaciones de índole vertical se manifestaban patentemente -y con demasiada frecuencia para mi gusto-,en el partido de básquet del recreo, en los bailes con las niñas, en la compra de la pinta dominguera, etc. ¡Valiente consuelo el de mi mamá, que decía que los perfumes finos vienen en envase pequeño! A nadie le gusta ser la ñapa del curso.
Pero uno poco a poco se va volviendo quien es. No sé si es por fuerza de la costumbre, de la madurez o del peso abrumador de la realidad, pero uno comienza a sentirse cómodo hasta con sus debilidades, y aprende a aprovecharlas, e incluso a gozárselas. Hoy sonrío cuando recuerdo experiencias que en su momento me retorcían las tripas.
En el campo del amor, debo admitir que siempre me han gustado las mujeres altas(aunque la vida,
quizás sabiamente, me ha a acercado a unas más compatibles con mi tamaño). No sé por qué. Quizás me pasa lo que a los montañistas, que sueñan con las cumbres más remotas y empinadas. O, más probablemente, lo que a todos los mortales, que codiciamos lo que no tenemos.
En cualquier caso, en mi juventud, la diferencia de estatura con las niñas me producía una inseguridad enorme. Tener que levantar cuello, hombros y cabeza para mirarlas a los ojos -cual ternero degollado- era ya motivo de humillación. Cuando nos parábamos a bailar, la infamia de los tacones se manifestaba de manera apabullante, y la distancia entre el objeto de mis deseos y yo parecía converger al infinito. Sin embargo, con el paso del tiempo esta asimetría me empezó a molestar menos y menos. Comencé a relajar el cuello, a bajar la cabeza, a mirarlas de frente. Y me convertí en testigo de excepción de las bondades de otros parajes de la geografía femenina.
Mi estatura (o, más bien, la insuficiencia de la misma) también ha jugado un papel en mi carrera profesional. En los últimos años, he tenido que asumir desafíos y responsabilidades difícilmente acordes con mi pinta. Recuerdo, por ejemplo, cuando el presidente Gaviria me nombró
ministro de Desarrollo en 1990. En ese momento, el núcleo de la Administración lo conformaban los jóvenes tecnócratas del llamado 'kinder'. Los medios decían que yo ni siquiera calificaba para el mismo. Yo, haciéndoles el juego, manifesté que iba a abrir matrículas para el 'prekinder' del presidente.
Dicho y hecho. Poco tiempo después me citaron a una plenaria en el Senado, y un guardia me detuvo en la puerta argumentando que era imposible que yo fuera ministro de algo (evidentemente no se percató de mis magníficas credenciales para el viceministerio de la Juventud). Les tocó a los guardaespaldas interceder por mí, y dar fe de que yo sí era quien decía ser y de que mi cédula no estaba adulterada.
Se podrán imaginar entonces lo que fue mi aterrizaje en esta tierra de gigantes que son los Estados Unidos. Recién llegado a Washington, en una recepción de la comunidad diplomática, me topé con la enorme figura del embajador de Lituania. Este me saludó muy amablemente, me dio la bienvenida a la ciudad, y a cuenta seguida me pregunto ¡dónde estaban mis padres!
Recuerdo también una visita a la casa de campo de la familia Bush en Kennebunkport, Maine. La señora Barbara Bush, madre del actual presidente y poseedora de un gran sentido del humor, me preguntó en tono de broma si en Colombia la gente pasaba derecho del bachillerato a las embajadas. Yo le respondí que en mi caso el salto había sido directamente desde la primaria.
En lo cotidiano, las anécdotas también abundan. No saben lo difícil que era hace unos años conseguir vestidos y camisas que me quedaran. Nadie celebró como yo el boom económico del Japón en los años ochenta. Y no era que tuviera acciones de la Mitsubishi o un apartamento en
Tokyo, sino que por fin los fabricantes de ropa se interesaron en el mercado de los menos corpulentos. (Esto me permitió ahorrarme la vergüenza de tener que hacer correrías clandestinas a los departamentos de ropa para niños.) O qué tal la jartera de que cada vez que tengo que dar un discurso -más allá del temor escénico normal- tengo que enfrentarme a un micrófono que se cierne sobre mi frente como una Magnum 357.
Para ser justo, debo confesar que mi pinta con frecuencia resulta de gran utilidad. Y no es solo porque en los asientos de clase económica de los aviones me siento como un maharajá. En mi trabajo, por ejemplo, me ayuda mucho el hecho de que nadie se olvida del embajador con 'pinta de adolescente'.
Mi abuela siempre me consolaba haciendo referencia a las limitaciones de estatura de Simón Bolívar y otros grandes hombres. Yo no sé si me creía sus cuentos. Pero quizás como otros con dilemas parecidos, encuentro algo de alivio en la frase -atribuida a Napoleón- de que la estatura de un hombre no se mide de su cabeza al suelo, sino de su cabeza al cielo.

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