Desde los cuatro años estudié en el Liceo Francés de Bogotá y, de manera milagrosa, después de 14 sin haber reprobado ninguno, logré graduarme. Digo milagrosa porque jamás fui estudiosa y mucho menos disciplinada. Me caractericé siempre por ser montadora, insolente, vaga y suertuda, adjetivos que por lo general le son atribuidos a la gran mayoría de egresados de mi colegio, que como sello imborrable cuentan con la singular expresión de su criterio. Por eso el colegio tiene fama de no ser apto para todo el mundo: no todos tenemos la valentía de expresarnos sin importar las consecuencias ni la capacidad de asumir la rebeldía como un sistema de opinión con fundamento.

A pesar del espíritu libre que tuve en ese entonces, y que conservo intacto, no fui una adolescente conflictiva. Les di lidia a mis papás por perder cien veces matemáticas pero nunca por llegar a mi casa ebria ni oliendo a marihuana. De hecho me esperaban despiertos a la hora que fuera y con total naturalidad me sentaba en el borde de la cama a contarles cómo había estado la fiesta, qué nos habían dado de comer, con quién había bailado y hasta con quién me había dado un beso. No necesitaba mentir porque no tenía nada que ocultar.
Llegué a sexto de bachillerato. Mi colegio se rige por el sistema educativo europeo, por lo tanto los dos últimos años de estudio están divididos en tres series: científica, económica y literaria. Yo salí de la última: es decir, recibía ocho horas de filosofía y literatura, y dos de química y física. 
Como en cualquier sociedad prejuiciosa, según la serie uno se ganaba ciertos calificativos que no siempre reflejaban la realidad. Los de ciencias eran los genios, nerds y competitivos; los del área económica, yuppies, ejecutivos, metalizados. Y nosotros, los bohemios, soñadores, revolucionarios y poco ambiciosos.
Lo cierto es que al final del año un anhelado paseo iba a integrar esos tres mundos.  Y así fue como en 1995 tuve mi excursión.
El Liceo Francés es el reflejo de la vida: un ámbito de contrastes muchas veces injustos. Yo estudiaba en el mismo salón con Driss Fassi, hijo del embajador de Marruecos, y con Jhon Castelblanco, el hijo de Facundo, nuestro adorado portero. A ambos les copié, porque los dos eran brillantes.
El caso es que a la hora de escoger el destino de nuestra excursión, necesitábamos que fuera un lugar que estuviera al alcance de todos para evitar discriminaciones. Por eso, optamos por irnos a San Andrés, pero de inmediato algunos mamertos de mi curso rechazaron la propuesta y prefirieron irse a Villa de Leyva a meter hongos y a fumarse el ripio del desierto. No sé cómo les habrá ido porque desde ese entonces más de uno no volvió a aparecer.
Los demás nos fuimos para la isla. Era la oportunidad perfecta para sentirse grande, olvidarse del karma del Icfes y del Bac, dejarse morbosear por los compañeros pavoneándose en tanga y para hacer todo lo malo, que es lo bueno, a la hora de la verdad.
Era el paseo soñado, pero me acuerdo de muy poco. Siempre fui líder (negativa según mis profesores) y con esa fortaleza para halar masas induje hasta los más juiciosos a dejarse seducir por la perversión de lo incorrecto.
Bebí lo incalculable. Tomé vodka, ron y aguardiente como si no hubiera un mañana. En la famosa tienda de Kela me fumé el primer bareto de mi vida. Vi pescados de colores, me metí al mar con ropa y de noche, me reí durante ocho días sin parar y me di mil besos a escondidas con Andrés Fonnegra, mi traga desde la niñez, quien me reveló al son del reggae que yo siempre había sido la suya. Fueron los primeros cachos de mi lista, porque entonces tenía un novio al que adoraba y al que ya habían expulsado por vago.
No existían los celulares, así que mis encuentros con Andrés eran planeados con una mirada. Nunca tuvimos sexo porque, así no lo crean, era virgen y aunque siempre fui una cabra, el sexo conservaba para mí un pudor asociado al amor. Algo que hoy valoro, aunque me arrepiento porque esa hubiera sido la ocasión perfecta para cumplir el sueño con alguien a quien amaba desde el kínder y que hoy recuerdo con inmenso cariño.
Mis papás no supieron de mí en tres días. No lograron ubicarme con los botones del hotel porque en mi permanente borrachera se me olvidó que existían. Boté 150.000 pesos, que eran una fortuna, y regresé con tres pares de zapatos incompletos, un guayabo que todavía no se me ha quitado, un casete de Lucky Dube y millones de suspiros con olor a cannabis.
Cuando volví a mi casa tuve que mentir porque tenía mucho que ocultar. Mi novio nunca supo nada, mis amigas tampoco y mis papás menos.
Solo yo lo viví, por eso lo disfruté y hoy me río. Lo único que pasa es el tiempo. Hoy, Andrés es un gran neurólogo y es posible que, después de este artículo, tenga que pedirle una cita para que me revise la cabeza.

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