Teníamos tres años, y éramos tres: ella, la niña, rubia, yo, la morena, y el niño.

El día en que descubrí el terror, yo estaba de estreno. Me habían regalado un molinillo de viento, plateado, rosa y azul. Bajé a la calle y encontré a mi amiguito. En los últimos días volvía a ser mi novio. Aquellos altibajos afectivos decidían quién era la que poseía el poder por unas horas: ni siquiera nos dábamos la mano; como idilio, resultaba bastante soso. La condición de novia consistía básicamente en el nombramiento honorífico.
Le permití que soplara y que viera cómo se convertía en una espiral. Se le dilataron las pupilas, y supe que en aquel momento hubiera hecho cualquier cosa que yo le pidiera. De modo que di la orden:
—Vámonos.
—¿A dónde?
—Nos vamos de casa.
Nos dimos la mano y corrimos más allá de la plazoleta. Tomamos aire y comenzamos el descenso por la cuesta. No quebrábamos ninguna ley, porque a nadie se le había ocurrido jamás prohibirnos que nos escapáramos de casa.
El túnel abría su boca cuadrada, y a la derecha los cocodrilos de corteza de las serrerías se mecían sobre el agua. Yo me detuve. Entre la cuesta y el túnel se extendían las rejillas; cubrían toda la superficie posible, y era imposible para mis piernas, cortas, saltar de un lado a otro. Mi novio, aún de la mano, se paró también.
Las rejillas parecían insectos gigantescos, dedos metálicos y negros. Más allá, en el fondo, se escuchaba un gorgoteo muy leve. Retrocedí. Había visto algo. Había vislumbrado el abismo.
Al otro lado de la rejilla estaba el mundo perdido, una tierra en la que el tiempo se retorcía, como se retorcían los huesos de la cabeza al nacer, y lo real se estremecía hasta perder su consistencia. Allí, separado de mí únicamente por una estructura metálica endeble, se encontraba el infierno. Si pasaba sobre él, me destrozaría. Mi amigo me miraba, sorprendido, porque nunca me había visto vacilar. Para él, el abismo resultaba invisible. Pero el monstruo había saltado de mis entrañas al fondo de la rejilla y se pasaba lentamente la lengua sobre los dientes, con un suave gorgoteo, esperándome.
Me senté en la acera y me eché a llorar. Mi amiguito se sentó a mi lado, y allí aguardamos, serios y solemnes, yo con la cara manchada de llanto, hasta que mi hermana vino a rescatarnos.
Poco tiempo más tarde hubo un segundo intento de fuga. En esa ocasión, escaparíamos los tres. Mi misión consistía en derrotar al monstruo, en terminar con él antes de que me esclavizara y saltara a mi cuello a través de todas las rejillas, antes de que creciera y se extendiera por todo el pueblo, por todo el mundo, bajo mi piel y bajo las calles.
Marchamos cuesta abajo, y mi amiga puso un pie sobre la rejilla. Yo tiré de ella. De nuevo el terror se había apoderado de mí. No sabía qué hacer, estaba ciega, temblorosa y con la garganta llena de llanto. Había perdido. El abismo se abría bajo mis pies con mayor fuerza, como un imán que guiara mis pasos, y sería así por siempre. Creí desmayarme, pero logré mantenerme en pie. Iniciamos el camino de regreso. Mis amigos me miraron con rabia, indignados por mi cobardía.
El monstruo del abismo se conformó con engullir mi niñez, y no exigió nada más a cambio. Sigue ahí, debajo de cada rejilla. Como pago, me basta cerrar los ojos al caminar sobre una salida de ventilación, levantar la nariz y fingir que nada pasa, que no hay nada, solo oscuridad y desagües. Y así lo hago, finjo que estoy segura sobre la coraza de metal que me separa del terror.

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