Roger Milla llegó a Johannesburgo poco antes de las 6:00 a.m. del 9 de junio de 2010, lo sé porque yo venía en su mismo vuelo. Lo vi poco antes de abordar en el aeropuerto de París y quise acercarme a hablar, pero él viajaba en primera y yo en económica, y ya saben cómo son las aerolíneas, que se esmeran en separar a los pasajeros de acuerdo con la clase en la que viajan. 

Pero fue aterrizar en Sudáfrica y encontrármelo a la salida del avión, pura suerte. Cruzamos miradas y yo me hice el que no sabía quién era; luego me le puse atrás y empecé a perseguirlo, nervioso, a ver qué pasaba. Pero era tiempo de Mundial de Fútbol, y Milla estaba en su casa, donde todos lo quieren, no en vano fue elegido mejor jugador africano del siglo XX. Así que, pese a haberse retirado 16 años antes, iba a ser una de las figuras del Mundial, y lograr algo con él no iba a ser fácil. 

La verdad, nunca me cayó bien ese señor que está ahora adelante de mí en la fila de inmigración. Para empezar, le hizo dos goles a René Higuita en los octavos de final de 1990, pero va más allá de eso. Puede ser resentimiento, pero desde que lo vi por televisión celebrar los goles de ese día en Nápoles, me dio la impresión de que era ese tipo de personas que andan con una sonrisa porque son figuras públicas y porque les da dividendos económicos, no porque les nazca. Una especie de Pibe Valderrama, pero camerunés. Milla fue compañero de Valderrama en el Montpellier, aunque esa es otra historia y además la estoy contando al revés, porque el club francés fue el último en su carrera, al menos el último serio.

 Nació en 1952 y despuntó temprano, con apenas 14 años, en el Eclair de Douala. Luego pasó al Leopard de Douala, con el que ganó una liga de su país. Fue allí donde decidió cambiarse su apellido original, Miller, por Milla, según él porque sonaba más africano. Luego, en el Tonnerre Yaoundé, fue elegido jugador africano de la temporada. Era 1976 y un año después se fue a Francia, pero algo pasó. La gran promesa africana se estancó, primero, en el Valenciennes, luego en el Mónaco y por último en el Bastia. Fueron en total siete temporadas grises que mermaron su condición de estrella, la cual tuvo la participación con su selección en el Mundial de 1982 como su punto máximo. Llegó 1984 y con 32 años, ya un veterano, halló nuevos aires ganando la Copa Africana de ese año y pasando al Saint-Etienne, casa de Michel Platini durante tres temporadas, pero que por ese entonces se encontraba en la B. Ahora que recuerdo, en 2010 tuve un romance de verano con la hija del médico del Saint-Etienne. Ella me contaba que su padre curaba las lesiones de Platini y de Milla, y yo la oía fascinado, pero esa sí que es otra historia. 

Del Saint-Etienne al Montpellier. En ese tiempo ganó otra Copa Africana de Naciones y fue elegido nuevamente mejor jugador de su continente. Era 1988 y si se hubiera quedado un torneo más, habría alcanzado a coincidir con otro grande: el recién llegado Éric Cantona. Pero corría 1989, tenía 37 años y era hora del retiro. Para hacerlo, escogió el lugar más remoto posible, la isla Reunión. Allí jugaba en un equipo semiprofesional, el Saint-Pierroise, como para no perder la costumbre, pero sabía que era un exfutbolista. Hasta la diminuta isla en el océano Índico llegó la llamada del ministro de Deportes de Camerún de entonces, Josef Joffe, quien le pidió que volviera para jugar con el país en Italia 90. Al hacerle caso, Milla cambió el rumbo de su vida para siempre. Le marcó dos goles a Rumania, dos más a Colombia y cerca estuvo con su equipo de meterse a semifinales tras perder 2-3 contra Inglaterra en uno de los partidos más intensos de toda la historia de los mundiales. Volvió a un mundial en el 94, y ya con 42 años perdió todos los partidos de su grupo, aunque se dio el gusto de hacerle un gol a Rusia. La última vez que pateó un balón como profesional fue en 1995, vestido con la camiseta del Pelita Jaya de Indonesia, club en el que también se retiró el argentino Mario Kempes.    

 Un grande Milla, sin duda, pero lo de que no es tan buena gente no me lo quita nadie, y no me pregunten por qué. No me crean a mí, créanle al peruano Rubén Díaz, que lo enfrentó en el Mundial del 82. Cuenta el defensor que en ese partido Milla le dio un cabezazo adrede que le rompió el tabique nasal. En cualquier otra circunstancia, la jugada lo hubiera sacado de la cancha, pero no en un mundial, así que le pidió al médico del equipo que le hiciera una curación provisional para poder jugar el segundo tiempo. Lo hizo por amor al equipo, pero también por venganza. Durante los siguientes 45 minutos, Díaz persiguió a Milla y, en palabras suyas, lo sacó a patadas de la cancha. La última de ellas se la dio en los testículos. Eran otros tiempos y por eso Díaz pudo terminar el partido, hoy le sacan amarilla a cualquiera por respirarle duro en la nunca a un rival.

Me estaba acordando de la anécdota en la fila de inmigración cuando llegaron un par de agentes y le dijeron a Milla que se saliera de ella y los siguiera para agilizar los trámites. Me indigné. Digo, muy figura y lo que quieran, pero qué, ¿lo van a dejar colar así no más solo porque sabe patear un balón? Además, me estaban dañando la experiencia. ¿Que tal que nunca más me lo fuera a cruzar?

 Se lo llevaron, pero no tan lejos. Alcanzaba a verlo al otro lado del hall del aeropuerto O.R. Tambo en el que me encontraba. Milla le sonreía al personal de inmigración, que además de sellarle el pasaporte le pedía fotos a las que él accedía sin problema. A esa distancia parecía una buena persona, no la misma que en 1991 viajó con la selección de Camerún a Londres para jugar un amistoso contra Inglaterra en Wembley y exigió que le pagaran unos 15 millones de pesos colombianos para salir a la cancha, argumentando que la gente había ido a verlo a él. Dicen además que durante el viaje cobró también unos tres millones por entrevista. Desde donde me encontraba me preguntaba si también estaría cobrando por foto.  

 

***

 

Mi fila no se movía. Por estar acreditado por la Fifa, tenía el privilegio de entrar a Sudáfrica sin visa, pero la espera sí tenía que mamármela. Eran las siete de la mañana y había tres personas por delante de mí, mientras que Milla ya enfilaba hacia el carrusel de las maletas. Era cogerlo ahí o perderlo. Yo había llegado al Mundial para cubrirlo como periodista, lo cual me daba algo de estatus y me ponía un escalón por encima del hincha raso, pero Roger Milla llegaba como imagen de Coca-Cola, uno de los patrocinadores del evento, que lo había escogido para su campaña gracias a esa celebración que lo volvió famoso y que hizo que todos en Colombia lo odiáramos: salir corriendo hasta la bandera del tiro de esquina y empezar a bailar.

 Además, para el Mundial era (aún lo es) embajador de Unicef, activista de una campaña para erradicar la malaria de África y miembro de una escuela de fútbol que durante el torneo iba a entrenar a 1000 niños. Todo esto, más varias conferencias que iba a dar le aseguraban a Milla una agenda apretada. De hecho, recuerdo haber asistido a una conferencia suya cerca de Mandela Square, que era como el centro social del Mundial, la copa que se jugaba cuando no pasaba nada en los estadios. Allí me crucé con Luis Chiriboga, presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol; Michelle Bachelet, actual presidenta de Chile; el excéntrico Serse Cosmi, técnico italiano de equipos como Perugia, Udinese y Palermo. Hasta logré hablar con el hoy entrenador del Manchester United, David Moyes, por entonces DT del Everton, que había ido a Sudáfrica como periodista. Le pregunté que si me daba una entrevista y me respondió que no. Fue lo único que nos dijimos, pero al menos di con él.

 Entonces me los encontré a todos, menos a Milla, a quien lo veía salir de algún evento, lo montaban en un carro y se lo llevaban quién sabe a dónde. Por buscar a Roger Milla fui al concierto de inauguración del Mundial en Soweto, un día antes de la patada inicial, y a la final entre España y Holanda, donde lo sentaron en el palco VIP junto a personalidades como Morgan Freeman, Plácido Domingo y Shakira. Yo, en la tribuna de prensa, cerca pero lejos, nunca pude dar con él. Parecía que después de Blatter y Messi era el personaje más solicitado del mundo del fútbol.

 Pero me estoy adelantando. Todavía es 9 de junio, sigo en el aeropuerto de Johannesburgo y sé que si no aprovecho la oportunidad corro el riesgo de volver a Colombia con las manos vacías. Me sellan el pasaporte justo cuando las maletas del vuelo de Air France han empezado a salir, así que salgo corriendo a donde él está, pero posando de tranquilo. Me hago el que espero mi equipaje pero en realidad aguardo a que dos maleteros se tomen una foto con él. 

A partir de ahí todo pasa rápido. Entre los nervios y la rabia no me doy cuenta de nada. Salen sus maletas, salen las mías. Yo las monto en el carrito, a él se las montan y empieza a andar hacia la puerta. Si ese señor sale del aeropuerto, lo habré perdido, así que acelero el paso, me despojo de mi actitud de “yo a ese señor que nos eliminó no le voy a hablar” y le digo una sola vez, fuerte y seco, “Roger”, como si lo conociera. Él voltea, hace cara de quién es este, y yo me acerco y le digo que venía en su mismo vuelo, que soy periodista y que quiero hacerle unas preguntas y tomarle una foto.

 No fue muy simpático, la verdad; en parte porque es su naturaleza, en parte porque le hablé en inglés y ese señor habla es francés. Le dije que era de Colombia, le mencioné a René Higuita y ahí medio sonrió. Trató de ser amable, le concedo eso, pero se le notaba la incomodidad. Me contestó algo en su lengua que nunca voy a saber qué fue y luego le pedí a uno de los maleteros que nos tomara la foto que ve usted en este artículo. En la rapidez del momento, y no me pregunte por qué, no me sentí orgulloso por estar al lado de una leyenda del fútbol, del verdugo de Higuita, del tipo que tiene el récord de ser el futbolista más viejo en anotar un gol en un mundial; lo único que alcancé a pensar es que no mide 1,85, como había leído en Wikipedia. Yo mido eso y al acomodarnos para la imagen noté que le llevaba casi media cabeza.

 Como he dicho, sabía que era probable que no me lo volviera a encontrar porque, pese a haber viajado a Sudáfrica por la misma razón, nuestros itinerarios iban por caminos bien diferentes. Lo último que supe es que fue presidente honorario de la Federación Camerunesa de Fútbol y que muy probablemente se postule para presidente de Camerún en 2016. Si llega a quedar, menos me va a dar bola en caso de que nos volvamos a cruzar, que no veo cómo. Eso sí, al menos me queda la foto.

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