1

Mi matrimonio empezó mal. El 8 de diciembre de 1980, Enrique y yo nos casamos. Mi mamá armó una fiesta descomunal, con toda la comunidad judía de Medellín. Enrique y yo estábamos aburridos y nos volamos después del bufé; nos fuimos en nuestro carro, un Renault 6 habano, nuevecito.

Enrique estaba aprendiendo a manejar y en un semáforo chocó por detrás a una señora. Ella se bajó y yo hice lo mismo. Estaba histérica y me puse a gritarle, con mi vestido de novia, en plena avenida El Poblado. La señora se asustó y se fue. Enrique y yo llegamos al apartamento y el matrimonio, por arte de magia, se enderezó.

2.

Fui condenada por la sociedad católica por sacrílega. Enrique y yo nos fumábamos un bareto los viernes por la noche, por razones que espero ustedes entiendan. Cuando el presidente Andrés Pastrana tuvo a bien nombrarme embajadora en Canadá, manteníamos una bolsa con yerba, del tamaño de un pan, en el congelador.

Sabíamos que en Ottawa nos sería imposible conseguir marihuana, por aquello de que yo era embajadora. Decidimos entonces contrabandear el paquete. Enrique le cortó las hojas a una Biblia gorda y grande, y adentro puso la yerba, que mandamos desde Colombia a Ottawa por el correo diplomático.

Cinco semanas después, el paquete no llegaba. A la sexta semana me llamó un agente de aduanas de Nueva York. “El container está retenido porque lo van a revisar”, me dijo. Le expliqué que no lo podían abrir porque pertenecía a un diplomático. El tipo no estaba muy convencido. Le conté entonces que yo había sido directora de la Dian, que conocía al director de Aduanas en Estados Unidos, Raymond Kelly, y que había trabajado con el agregado de Aduanas en Bogotá, Steven Haywarth.

El truco funcionó, pues ambos se conocían, y entonces dejó pasar el envío. Nos llegó la Biblia. Su contenido se fue al congelador, y nosotros seguimos con nuestra costumbre cada viernes. Esos son los matrimonios bien avenidos.

3.

Cartagena, año 2000. Visita de Madeleine Albright, secretaria de Estado del gobierno Clinton, quien venía a ver las mejoras hechas al puerto para interdicción de drogas, con recursos del Plan Colombia. A mí me invitaron porque era la directora de la Dian, que incluye Aduanas. Por entonces trabajaba mucho con los gringos, especialmente con la DEA y el Departamento de Justicia; también algo con el FBI y con el ICE (Oficina de Inmigración y Aduanas).

Llegué la noche anterior y me emparrandé con un amigo de Cartagena. Entré a mi habitación a las 3:00 de la mañana sabiendo que la levantada era a las 6:00: teníamos que asistir a un desayuno con ocho mujeres destacadas, entre ellas Piedad Córdoba y otras mamertas disimuladas.

Llegué al desayuno con un guayabo espantoso: los ojos para atrás, dolor en todo el cuerpo y la boca seca. Para completar, la luz del sol me daba en plena cara y no conseguí ni una cerveza que me ayudara a mejorar mi estado. Al salir del evento, nos tomaron una foto a las participantes. Cuando se la mostré a mi marido, dijo: “¿Qué es esa cara? Te ves muy pero muy enguayabada”. Y yo: “No, qué va”…

La comitiva estaba encabezada por el presidente de entonces, Andrés Pastrana, y Luis Alberto Moreno, embajador en Washington. El embajador gringo en Colombia, los tres comandantes de las Fuerzas Armadas, el director de la Policía y varios representantes del sector privado también estaban presentes.

En medio de un calor infernal, nos fuimos a conocer los muelles. Estábamos ahí parados esperando el show cuando, de pronto, aparecieron los antinarcóticos con sus perros husmeando. Al instante, tres canchosos se me acercaron a olerme la cartera. ¡Se me había olvidado que tenía dos baretos de la noche anterior!

Quién dijo miedo. Se me fue la sangre al piso, me puse verde, temblé y sudé. Afortunadamente, los policías jalaron a los perros, que se alejaron de mi cartera.

No recuerdo lo que pasó después. Años más tarde asistí a una charla con Madeleine Albright. Me acerqué a saludarla, y afortunadamente no me reconoció.

4.

Mi vida cambió cuando Enrique, mi esposo, murió de cáncer en 2004. Yo vivía en Candá y volví a ser soltera. Busqué novios en JDate, un sitio en internet para los judíos fracasados. ¡Y yo que pensaba que por ser judíos eran todos muy decentes!

En 2009, conocí a Morrie. Era médico, gran cualidad para un marido judío. Sin embargo, tenía un problema psiquiátrico terrible, aunque yo no lo sabía en ese entonces: sufría de trastorno fronterizo de la personalidad, borderline, y era excesivamente agresivo, celoso y violento. Nuestra relación era de pelea diaria y reconciliación inmediata. No podía hacer nada sin su aprobación. Me maltrataba, y yo estaba tan mal anímicamente que lo toleraba.

Decidimos vivir juntos —craso error— y el día de la mudanza se me perdió el teléfono. No tenía cómo comunicarme con Morrie para avisarle que llegaba. Estuve en su casa, con mudanza incluida, a las 6:00 de la tarde. Él no estaba; nunca llegaba antes de medianoche porque se la pasaba tomando.

Mi trasteo incluía muebles, ropa y libros que no cabían en su casa. Llamé a un cerrajero, que resultó ser israelí, vividor y ventajoso. Yo había despachado a los señores del trasteo, que me dejaron las cosas en la puerta de Morrie. El israelí me ayudó a abrir, entramos todo, y después intentó seducirme. Lo eché de una patada.

Cuando acabé, me tomé dos pastillas Zolpidem, para dormir, y me fui a la cama. Al rato llegó Morrie gritando, diciendo que iba a llamar a la policía por meterme a su casa sin permiso. No le hice caso. Me despertó al apuntarme con unas linternas, me hizo levantar, y solo entonces me di cuenta de que había llamado a unos tipos para trasladarme a un psiquiátrico. Me esposaron y me llevaron.

El lugar era supuestamente un hogar de paso, donde los pacientes esperaban máximo doce horas antes de ser remitidos a otros centros. Pero la verdad fue que estuve ahí tres días.

El sitio tenía una mesa, decenas de sillas y solo dos cuartos, uno de los cuales lo destinaban para amarrar con correas a los más rebeldes. Pasé tres días durmiendo en el suelo. Unos se acostaban en las sillas y los más afortunados, sobre la mesa. La comida era infame. No paré de llorar.

Cuando finalmente pude salir, Morrie se había robado el anillo de matrimonio de mi abuela, el computador, la televisión, el iPod y bastante ropa. Mandó el resto a una bodega y yo no podía sacar nada. Al final llamé a la Policía y lo acusaron de guardar mercancía robada. Me devolvió lo poco que me dejó, previo pago, eso sí, de 2000 dólares.

Desde entonces, corté todo contacto con ese señor y, por supuesto, con JDate.

5.

Deben entender que en el estado donde vivo ahora, Oregon, en Estados Unidos, la marihuana es legal. Yo quería comprar un poco y llamé a un contacto que tenía entonces, llamado Jerry. Vino hasta mi casa en un carro desvencijado. Estaba barbado, despeinado, con la camisa abierta. Me dio el paquete, pagué y se fue.

Después nos volvimos a ver y lo invité a una playa nudista. Nos volvimos novios. Ahora vivimos juntos. Siempre estaré con ese pothead, que me tiene en un pedestal y me ama. Y yo a él.

6.

Las aventuras de la playa nudista, a la que volví sola tres veces más, fueron un desengaño. No entiendo por qué todos los hombres que pasaban se sentaban a mi lado a hacerme insinuaciones. Y yo que pensaba que la playa era para ser libres y que cada uno dejaba a su vecino tranquilo.

Pero no: siempre se me acercaban, me invitaban a cenar y me ofrecían el paquete completo. Un tipo me invitó a una orgía y otro más quería sexo. No volví a la playa nudista. Capítulo cerrado.

7.

Una anécdota sobre mi hija mayor, Perla. Estábamos en Barranquilla, con mis padres, decidiendo a dónde podíamos irnos de paseo. “Puerto Salgar”, dijo alguien, y todos repetimos “Puerto Salgar”. Perla, que tenía 5 años, nos miró con cara de brava y nos reprendió con su lógica infantil: “Se dice salir, no Salgar”.

8.

Y otra sobre Pedro, que cambió de sexo y hoy es Camille. Cuando tenía 14 años, nunca salía de la casa. Solamente iba al colegio. Yo fui donde la famosa bruja Anaís Peña, que leía la carta astral. Ella miró la de Camille y me dijo: “Este niño tiene demasiada energía sexual. Que haga bastante deporte para desahogarse”.

Cuando llegué a la casa le conté a Camille. Ella me contestó con toda la seriedad que le daban sus 14 años: “Voy a gastar mi energía sexual pichando”. Punto final.

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