Hola de nuevo a todos. He leído sus comentarios en la página y también los que me escriben a mi twitter @andreladesoho y me alegra mucho ver lo mucho que les interesa mis historias. Veo que tienen muchas inquietudes sobre mi vida y preguntas que van desde cosas cotidianas hasta las más oscuras perversiones a las que me he enfrentado. Trataré de irlas respondiendo en mi blog: como ya saben estaré aquí dos veces a la semana. Trataré de contarles lo que más pueda y sus preguntas me ayudan mucho.

 
Empiezo por inquietudes como por qué no uso carro. La verdad estoy pensando en comprarme uno pequeño, un Twingo por ejemplo. Para mis servicios normalmente voy en taxi (incluso con el mismo taxista cuando puedo). No me gusta ser “boleta” y como también he comentado, le huyo al estereotipo de la prepago. No me verán nunca manejando una super camioneta llena de cosas, o no me verán en la calle con pantalones de cuero forrados o peliteñida a más no poder. No me verán nunca borracha en un sitio público, caída de la rasca, ni tampoco con carteras de colores extravagantes. Yo quiero pasar desapercibida en la medida de lo posible. Claro, cuando un cliente me llama, la cosa cambia porque ahí sí me visto como la mujer sexual que un hombre quiere ver y sé que me transformo. Me encanta ese proceso de elegir la ropa interior, las tangas ajustadas, el perfume adecuado, unos ligueros cuando me los piden. Me encanta probarme ropa y comprobar que hay cosas que destacan mi cuerpo, mis tetas, mi culo. Tengo unos jeans negros que me fascinan, no son nada extravagantes, pero dejan ver que tengo un culo trabajado en el gimnasio, duro, firme, y sé que me miran en la calle sin ser “una boleta”.

Ya les he dicho que soy dos mujeres: la estudiante y la prepago. Pero en las dos coincide la vanidad, la misma que tiene cualquier mujer. Por eso me cuido mucho, hago ejercicio. En mi ipad 2 tengo una aplicación que me va diciendo cuántas calorías tienen ciertas comidas. No me quiero volver obsesiva pero sí miro cuánto puede tener una ensalada, una pasta con queso, no sé. Me ha dado por cocinar en mi apartamento y por eso me fijo.

Me preguntan que si tengo muchas amigas. La verdad, mi mejor amiga es Natalia. Para quienes no saben, ella fue la que me metió en este cuento. Ella estudiaba conmigo en la universidad y además de ser muy bonita, es leal y buena confidente. Ella no juzga a nadie, además porque trabaja en lo mismo. Pero tener amigas en este trabajo es muy difícil. Las que hacen lo mismo –excepto ella- son envidiosas, resentidas, ventajosas. Yo tampoco me intereso en buscarlas. Tampoco soy de las que me voy de rumba con ellas porque las putas tienen la costumbre de juntarse muy en la madrugada a rematar la fiesta en cualquier chuzo. A mí no me interesa. Lo hice un par de veces en sitios de la zona rosa pero, odio decirlo, ellas se ven muy obvias, no ocultan lo que hacen ni cuando no están trabajando. Yo no.

Amigas de afuera, lejanas al negocio, tampoco tengo muchas. Claro, tengo compañeras de la universidad, amigas de mi infancia que a veces llamo, pero a nadie le cuento de mi trabajo porque sé que vendrán los señalamientos, los juicios y eso me da pereza. Prefiero evitar eso, no tengo por qué darle explicaciones a nadie.

Algunos de ustedes me escribió que si me molestaba la palabra “puta”. No me molesta. Curiosamente, cuando atiendo a parejas, la mujer más de una vez me pide que yo le grite a ella “puta” o “perra” mientras el esposo se lo está metiendo. No me molesta porque yo soy la primera en aceptar lo que hago, sé que soy prepago, que lo hago por dinero. ¿Por qué me va a molestar? Insisto en que cuando algún hombre me trata de juzgar, siempre invito a que critiquen a tanta gente que pide mis servicios. El negocio de las páginas de Internet de prepagos se ha incrementado simplemente porque la gente pide y pide más. ¿Quién debe juzgar a quién? Yo no juzgo a nadie. Detrás del “pecado” de acostarse por dinero hay más que el placer sexual. Tengo clientes que no han podido jamás acostarse con una mujer si no es así, pagando, porque nadie nunca les paró bolas. Tengo un cliente que es viudo y dice que se acuesta conmigo porque le acuerdo a su mujer. Tengo un cliente que solo me paga por ir a comer con él siempre a un restaurante en Usaquén que se llama Café Amarti. Es su favorito y nunca tiene con quién ir. Con él solo hablamos y hablamos. Ni siquiera es feo, ni viejo. Es un tipo normal que vive en soledad. Yo aparezco entonces para acompañarlo. Él sabe que soy prepago y me paga por horas. Muchas veces le he dicho que no me pague. Pero él insiste. Y hablamos de todo –porque soy buena conversadora y me gusta estar informada- y nunca me juzga ni me pregunta por mis clientes. Eso sí, a la hora de irnos, yo pido un taxi y me voy sola. No me gusta que ningún cliente sepa dónde vivo aunque más de uno se las ha ingeniado para seguirme y descubrir mi dirección. ¿Soy puta porque me pagan por ir a comer con un hombre? Sí. No me da pena. Igual de putas son las que andan con tipos por su plata, porque las llevan de viaje, les compran ropa y les dicen que no trabajen porque ya tienen toda la plata que quieren. Así como hay mujeres que se casan por amor, otras son unas interesadas que solo quieren pensar en su bienestar económico, ¿acaso ellas no son un poco putas también?

Para los que preguntaron por twitter, el sábado no trabajé porque no tenía ganas. En esos casos, simplemente apago mi celular. Le aviso a mi jefe (es una mujer). La llamo y le digo que no estoy disponible. A veces quiero estar sola y ver una película como ese día. Gracias a sus sugerencias, me vi “Qué pasó ayer”, me gustó mucho, me reí mucho y el protagonista, Bradley Cooper, es un papasito. Es una delicia de tipo, ojalá me tocará un cliente así algún día.

Y por último, respondo a quien me preguntó que si uso vibradores. Sí los uso. Tengo un consolador con pilas que vibra. A veces los clientes me piden que lo lleve porque les gusta verme jugar con él. Hay un cliente frecuente que me llama para eso. Llego a su casa en el barrio Santa Ana y me pide que me masturbe. Jamás tiramos. Sé que se siente culpable no sé con quién y por eso solo quiere verme. Lo cierto es que me froto primero con mis dedos por encima del clítoris. A veces humedezco mis dedos metiéndomelos a la boca y luego vuelvo y me froto allá abajo. Cuando veo que me voy mojando abro más las piernas para que me mire bien. El tipo quiere ver realmente que esté húmeda. Y ahí sí, empiezo a juguetear. A veces lo lamo como si fuera una verga y cuando está mojado de mis babas me lo meto. Esa sensación de vibración dentro de mi vagina es muy excitante porque es un placer diferente al de una verga normal. La vibración me produce entre cosquillas y un placer que se siente menos brusco a la penetración. Es algo delicioso también, más sutil, más suave y cuando sé que me voy a venir, además del vibrador también uso mis dedos para frotarme más rápido el clítoris. Así logro el placer máximo: los dedos afuera y el vibrador adentro. Ese servicio me encanta porque yo la paso bien, tengo orgasmos siempre y no tengo que acostarme con nadie. Mi cliente siempre se baja los pantalones y se pajea mientras me ve. A veces me chupa las tetas y me pide que me ponga en cuatro para verme cuando me toco yo misma en esa posición pero nunca me lo mete. Es rico. A las mujeres que me leen, que sé que son muchas, les recomiendo un buen vibrador para que hagan volar la imaginación con sus parejas o para que se consientan solas. Les mando un beso y no dejen de escribirme.

A final de la semana va una nueva historia, rieguen el chisme… Sigan mi blog Diario de una prepago en la comunidad de soho.co

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