Mi mejor amigo nunca me ha visto. La luz se fue de sus ojos azules cuando aún era un niño, algunos años antes de que lo conociera. En esa época adoraba pintar y podía hacer un dibujo completo en un solo trazo, sin levantar el lápiz. De repente, sus pinturas, sus prismacolor y sus pinceles desaparecieron. Los lugares que ocupaban en su cuarto y en su vida fueron llenados por una regleta y un punzón para escribir en braille.

Dean Lermen no dejó el colegio. Gloria, su mamá, y de quien él debió heredar buena parte de su extraordinaria inteligencia, jamás contempló la educación especial. Les pidió a los profesores que lo trataran como un alumno más. El de álgebra se llamaba Mario Mena Valencia, era un hombre gigantesco de piel retinta y marcado acento de Puerto Tejada.

—Señor Lermen, escriba con sus puntos esto —pidió el profesor antes de dictarle un ejercicio de factorización—. Ahora lo vamos a resolver en el tablero. Yo seré sus manos y sus ojos.

Ahí, frente a sus compañeros, Dean resolvió la ecuación y descubrió su amor por las matemáticas. También por la filosofía, la literatura y los idiomas. Tantas y tan dispersas vocaciones desembocaron en una decisión singular a la hora de escoger carrera. Dean quiso ser periodista y para lograrlo presentó uno de los mejores exámenes de admisión en la facultad de Comunicación de la Universidad Externado de Colombia.

Esa fue la primera vez que no me vio. Por una afortunada casualidad quedé a su lado en la primera clase del primer semestre en la facultad. Nos bastó cruzar unas palabras para convertirnos en amigos para siempre.

Él tenía 19 años y yo acababa de cumplir 17. Su sentido del humor y una cultura inmensa para una persona de su edad fueron el motor de una conversación que hoy, 24 años después, no ha terminado. De una clase fuimos a otra y de esa a una tercera.

Dean, Liliana García (una de las mujeres que más he amado en la vida), Claudia Betancourt, Germán Cárdenas, Alejandro Gómez y yo formamos un grupo de estudio que —después de algunas bajas tempranas— se mantuvo durante los cinco años que pasamos juntos bajo el amoroso alero del Externado.

La relación con Dean ha sido la más especial de todas. No necesitamos hablar para saber lo que está pensando el otro. Somos confidentes mutuos. Yo conozco sus amores imposibles y él los míos.

Aunque jamás se lo he dicho, supe cómo se le arrugó el alma hace años en un picadero de equitación. Dean se moría de amor por una amiga que esa tarde concursaba en una prueba hípica montando a Bacardí. El día de ese torneo, él estaba decidido a contárselo y los dos suponíamos que ella estaba esperándolo por el tono en que nos invitó.

Había decenas de caballos en la pista, pero mi amigo podía diferenciar desde lejos el galope de Bacardí. Superaron el primer obstáculo, perfecto. Continuaron en un trote suave hasta la zanja, el caballo trató de rehusarse, pero ella lo manejó con destreza y saltó justo en el segundo adecuado. Terminó con el mejor puntaje. Dean celebraba como un niño en la gradería, cuando un sonido lejano le cambió la expresión. A treinta metros de nosotros, ella recibía el apasionado beso de otro equitador.

—¿Nos vamos? —me preguntó. Los dos sabíamos que las explicaciones sobraban.

Esa tarde nos emborrachamos sin hablar del tema, como si jamás hubiera sucedido. Al fondo sonaba Silvio: Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Allí mismo, me enseñó a jugar ajedrez de memoria. Aunque hay un tablero especial para ciegos con los cuadros blancos en alto relieve y con piezas blancas planas en la punta y negras redondeadas, a Dean le parecen mejores las partidas sin tablero. De tal manera que cada jugador debe armar mentalmente el mapa del juego e irlo cambiando después de cada movimiento.

—Peón cuatro rey —empezó él

—Caballo tres alfil rey —repliqué.

En la jugada 15, me dijo que la torre no estaba donde yo creía. Me recitó de corrido cada movimiento y desde luego tenía razón. El 90 por ciento de nuestras partidas terminan con él diciendo jaque.

Si bien Dean era muy bueno en teoría de la comunicación, notable en sociología y el mejor en historia, muchos profesores pensaban que su carrera se complicaría cuando empezaran las materias visuales. Yo sabía que no. La ceguera física no había logrado marchitar su alma de pintor. Por eso, sus trabajos de fotografía y cine siempre estuvieron entre los mejores.

Veíamos las películas en la última banca y yo le susurraba las descripciones en los baches del diálogo. Dean captaba maravillosamente la esencia de cada filme y podía describirlo y analizarlo a la perfección.

Cuando terminó la carrera, Dean llegó a la dirección del Instituto Nacional para Ciegos (INCI). Allí trabajó once años sin tregua para que otros ciegos pudieran acceder a la educación y a la cultura. Como fruto de su trabajo quedaron centenares de libros hablados, ediciones en braille y programas de integración y rehabilitación. Su labor llamó tanto la atención en el exterior que fue designado como consultor de la Unión Mundial de Ciegos.

Cuando le pedí su autorización para escribir sobre él, estaba en Nueva York. En la Organización de Naciones Unidas buscando un acuerdo internacional para garantizar la protección de las personas con limitaciones en el mundo entero.

Él ve muy lejos y sabe que ahora tiene la oportunidad de mejorar la vida de millones de limitados, invisibles en este mundo globalizado.

Estaba en medio de una reunión crucial, quizás una de las más importantes de su brillante carrera. Sin embargo, Dean Lermen sacó tiempo para atender a su amigo, el modesto reportero que tuvo el privilegio de conocerlo y aprender a su lado.

Por pruebas como esas, por estar ahí cuando lo necesito, él ha sido y seguirá siendo mi mejor amigo.

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