Si necesitan purgarse, cualquier pastizal sirve para masticar sus males. Y si los atacan los nuches - el acné perruno - tratan las llagas con unas cuantas relamidas y una buena revolcada en la arena.
En cambio, los humanos somos esclavos de las enfermedades, los medicamentos y los estudios de universidades gringas (esos que descubren que comer chicharrón sí es saludable, hacer ejercicio no y tomar agua en exceso es malo, y que pronto serán desautorizados por otro estudio de otra universidad gringa). El acné adolescente es una de las primeras escalas de esa esclavitud para sobrevivir.
A los 16 años los barros me atacaron sin clemencia. Parecía algo inocente, como la primera cana o el incipiente bozo. Pero poco después mi armario parecía el neceser de una quinceañera, lleno de cremas, lociones y jabones. Cultivé caléndula en el patio de mi casa para hacerme vaporizaciones y me bañaba la cara con aguarrás y creolina. Vivía de los productos de belleza, de los rumores de peluquería y de la caprichosa voluntad de mis barros. En las fiestas y eventos sociales parecía un fantasma que daba saltitos de esquina a esquina, apenas mostrando en público el perfil de mi sombra. Evitaba los espejos y los reflejos fortuitos en ventanas y charcos. Así, a Roacután llegué totalmente vencido.
El problema principal con esta droga es para las mujeres, que no pueden quedar embarazadas mientras la consumen. Como no tenía que preocuparme por el riesgo de gestar un hijo con cola de puerco, me centré en los trámites burocráticos. Antes de comenzar tuve que hacerme exámenes de sangre y de orina, y responder miles de preguntas sobre alergias y trastornos. A partir de mi peso me recetaron una dosis diaria que no envenenara mi hígado; al parecer, un exceso de Roacután en seis meses es peor que una vida entera de aguardiente con limón. Comencé con 50 miligramos y terminé con diez, durante casi un año.
Los primeros meses fueron los más difíciles. Me sentía seco como una esponja y mi lengua parecía terciopelo. A veces parpadear era como cerrar una puerta oxidada y llorar -que por esa época es tan necesario - significaba deshidratación. En los paseos a tierra caliente hice una regresión a mi infancia, con camiseta, cachucha y Caladril entre la piscina, para que el sol no me manchara como un dálmata.
Con el tiempo vencí a mi archinémesis y sobreviví a mi adolescencia. Afortunadamente el ron, que no me prohibieron durante el tratamiento, me acompañó en las tardes más duras. Eso sí, si a los 70 años resulta que mi hígado dejó de funcionar, no me atreveré a culpar al trago. Invertiré mis 5 años de Derecho en demandar a una multinacional.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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