La dulcificación de los efectos colaterales del medicamento que me recetaba como parte del plan para reducir mi colesterol se me asemeja hoy en día a las tácticas de desinformación aplicadas por los estrategas republicanos para vender sus invasiones a Irak. La dichosa capsulita, cuyo nombre genérico es Orlistat y cuya marca más difundida es Xenical, puede tener en tu cuerpo el impacto de una bomba de la fuerza aérea gringa sobre los albañales de Bagdad. Ruidos temibles, gases con descarga, sufrimiento en las entrañas, incapacidad para controlar las evacuaciones. Lo peor son esos ataques inesperados que dejan la huella aceitosa de los lípidos sobre el blanco esplendoroso de tus calzoncillos de algodón.
A decir verdad, si uno deja de comer ciertas delicias puede terminar conviviendo con el Orlistat, pues bien se sabe que el ser humano se acostumbra a cualquier cosa. Lo paradójico es que con el paso del tiempo y el repaso de la literatura científica con la que intenta adoctrinarme mi hermano médico en pro de una vida saludable, terminé reemplazando lo que técnicamente es un inhibidor de la lipasa -o sea, de la enzima que facilita la asimilación de la grasa- por el consumo diario de cuatro cápsulas de grasa líquida. Sí, grasa pura, aunque usted no lo crea. Hoy soy el feliz promotor de los beneficios del Omega 3 en la forma de aceite de pescado, que me mantiene los triglicéridos y el colesterol en óptimo nivel, sin sacrificar los goces de la mesa alegre ni exponerme a riesgos escatológicos que prefiero olvidar con un punto final a este testimonio.

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